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Leer con los cinco sentidos

Ver, degustar, oler, tocar y oír son formas de acercarnos al mundo que nos rodea. También las novelas exprimen estos modos de percepción para introducirnos en un espacio ficcional. 
Escena de la película basada en 'Ensayo sobre la ceguera'. EP
Escena de la película basada en 'Ensayo sobre la ceguera'. EP

Vivimos con los sentidos. Con estos creamos la realidad y nos hacemos eco de ella. También la literatura rastrilla una tierra baldía y, con ayuda de unos personajes, siembra un instante actual, tantas veces interpretado por el lector como pretérito. Existe –es verdad– un sexto sentido, pero a él me referiré en otro momento pues, como una reverberación del futuro, permite al novelista introducir en el presente las inquietudes de un tiempo posterior. Si, tal y como sucede en la vida, los relatos se sirven al mismo tiempo de estos cinco sentidos para captar el mundo circundante, muchas obras literarias inciden en alguno en particular. 

A este respecto, son interesantes los textos construidos a partir de la negación de la mirada. Un ejemplo paradigmático lo constituyen las connotaciones simbólicas de Ensayo sobre la ceguera de José Saramago. Algo similar sucede en el texto de H. G. Wells: El país de los ciegos, cuyo protagonista huye de la penumbra para evitar que le extirpen los ojos. En la ardiente oscuridad, obra teatral de Antonio Buero Vallejo subvierte el aspecto negativo, dando paso a una visión optimista, y convirtiendo a los videntes en los auténticos ciegos, en una mudanza de la connotación tradicional. Un acontecimiento análogo podemos descubrirlo en el relato La catedral de Raymond Carver, con un protagonista invidente que logra la lucidez de otro personaje, o en El túnel de Ernesto Sábato, cuya trama existencial sobre la soledad intrínseca del ser humano se completa –no podía ser de otra manera– con la incorporación de un personaje ciego, el marido de María Iribarne, más sensato de lo que parecía en un primer momento. Aunque se trata de una lectura bastante diferente, se podría incluir en este grupo Nieve de Maxence Fermine que, desde la mirada, nos conduce a una comunión literaria con todo lo demás. 

Si bien la vista podría parecer el sentido más idóneo para la profundización literaria, nuestra capacidad olfativa cobra importancia en 'El perfume' de Patrick Süskind

Si bien la vista podría parecer el sentido más idóneo para la profundización literaria, nuestra capacidad olfativa cobra importancia en una novela de gran repercusión mediática: El perfume de Patrick Süskind, un relato de asesinatos que plasma de forma conveniente, a través de los olores, el contexto histórico del siglo XVIII. Su originalidad explica el éxito que ha tenido entre el público de diferentes edades, lo que ha provocado incluso el interés de los lectores y lectoras adolescentes, a quienes se lo suelo recomendar. 

El PerfumeDel mismo modo que la ceguera pone de relieve, por contraposición, las carencias del sentido de la vista para comprender la realidad, también de los protagonistas sordos podemos aprender la importancia del silencio. Tal es el caso de El corazón es un cazador solitario de Carson McCullers o El abanico de seda de Lisa See, una muestra de comunicación sin palabras, de un lenguaje secreto. No puedo, llegado a este punto, pasar por alto un enigmático cuento de mi admirado Kafka, El silencio de las sirenas, incluido en la antología del mismo título. En el relato del checo, las sirenas no cantan y su silencio se convierte en otra forma de seducción, pero es que, a mayores, el autor se plantea la posibilidad de que ellas se hayan dejado conquistar por la mirada del héroe. Las lecturas de sus textos, una vez más, críticas y crípticas. 
Pero la suavidad o la aspereza del mundo resultan perceptibles de forma involuntaria. Por eso el tacto es el sentido que resulta menos fácil de escudriñar literariamente y, sin embargo, aparece tratado en suficientes novelas.

El tacto es a veces una forma de no tocar, un anhelo y una imposibilidad, como maneras de acrecentar el deseo. Así sucede en 'Las bellas durmientes' de Yasunari Kabawata 

Tal es el caso de Seda de Alessandro Baricco, en la que este tejido funciona como una metáfora de las delicadas sensaciones cifradas en el relato. El tacto es también a veces, una forma de no tocar, un anhelo y una imposibilidad, como maneras de acrecentar el deseo. Así sucede en Las bellas durmientes del japonés Yasunari Kabawata, texto en el que unos ancianos viven su erotismo a partir de la memoria, recostados junto a unas hermosas mujeres a las que únicamente pueden observar. 

No menos complicado resulta poner en palabras un sabor. Sin embargo, el gusto cobra especial expresión en La vegetariana de Han Kang, escritora de origen coreano que se ha convertido en una nueva autora de referencia de lo kafkiano. Se trata de una novela en la que la comida, el arte y el erotismo se aúnan en una sugestiva –aunque por momentos especialmente dura– reflexión sobre el poder del instinto, la naturaleza del arte y las relaciones humanas.

Menos profunda, aunque sí exuberante en las alusiones culinarias, se entiende El gourmet de Muriel Barbery, autora sobradamente conocida por La elegancia del erizo. Tan dignas de mención resultan Amélie Nothomb con su Biografía del hambre en que novela y confesión autoral se dan la mano, y Hambre de Knut Hamsun, protagonizada por un hombre hambriento, cuyas peripecias la sociedad ignora. 

Y ya que tampoco esta vez he podido dejar de citar –como un eco de muchos ecos– al judío eterno, recuerdo ahora un relato de Kafka titulado El artista del hambre que, una vez más, nos sumerge –tal sus silenciosas mujeres marinas– en un torbellino seductor. Su experiencia biográfica, la de una enfermedad que le dificultaba la deglución, se combina con un lúcido enfoque acerca de la indiferencia que vamos perpetrando sobre otros seres humanos. Como siempre, insuperable. 

Leer con los cinco sentidos
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