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El último vals con la Vecchia Signora

Gigi Buffon se despide de su equipo, la Juventus, un club que honró y honrará para siempre con una trayectoria que deja algo más que paradas antológicas, récords y títulos, porque deja el mejor legado posible: el de ser un ejemplo de deportista

Gigi Buffon, tras un partido con la Juventus
Gigi Buffon, tras un partido con la Juventus

Lágrimas por quién se va. Orgullo por quién se queda para siempre en el corazón y en la sempiterna memoria colectiva. Tristeza por no ver nunca más al ídolo bajo el cielo, pegado a la hierba, con unos colores que parecen una piel nunca mudada. Alegría desmedida por saber que has visto cada domingo a un mito con tu camiseta, la que tu también llevas en el interior de las venas, con glóbulos teñidos de negro y blanco. El sábado, el aire en Turín será distinto. Estará compuesto por partículas especiales, esas que aparecen por todos lados llenas de cánticos, de honor, de gestas, de desilusiones, de euforia, de victorias y de derrotas. Todo eso compondrá cada átomo del Juventus Stadium. Como antes lo hizo con Zoff, Gentile, Bettega, Sivori, Boniperti, Platini, Baggio o Del Piero, como lo hará con Chiellini o Marchisio. Como solo el fútbol es capaz de hacer con sus símbolos cuando solo media el corazón y los sentimientos y no el dinero.

Sonará fuerte en C'é sono un capitano. Con la potencia del espíritu de 41.000 personas. Las gradas se lo cantarán a Gigi como antes lo hicieron con 'Pinturichio'. Será ante el Verona para Buffon como fue ante el Atalanta para Alessandro. Aquella tarde, coronada con un gol del mito de Treviso, Gigi lo esperó a ras de césped cuando fue cambiado por Simone Pepe. Fue el primero en chocarle la mano sobre el campo y darle un beso en la mejilla. Un gesto sencillo para dos jugadores que siempre pertenecerán al escudo de la Juventus.

Porque Gigi está a la altura de los más grandes en la Juve. Buffon jugó 472 partidos con el del sábado como bianconero -640 en la Serie A-, cuenta con el récord de más minutos seguidos imbatido con 974, fue galardonado cinco veces con el título de mejor portero del año y 25 títulos en su haber, entre ellos nueve Ligas y cinco Coppas (incluída la ganada con el Parma en 1999).

Pero Gigi no llegó desde el equipo primavera, como Marchisio, ni a los 17 años como Pinturichio. Lo hizo desde Parma gracias a Florentino Pérez. Nunca desprenderse de un jugador franquicia fue tan productivo. Nunca la salida de un genio como Zidane supuso tanto y tan bueno para un club. Nunca los millones de Florentino le dieron dos mitos a otro. Porque con los billetes de Zizou llegaron un tal Pavel Nevded -que forma parte del staff de la dirección deportiva del club- y Gigi en 2001.

Pero el de Carrara nunca fue bianconero de niño, no tuvo camisetas negras y blancas ni soñó con títulos en Turín. Pero uno no siempre nace de una manera. El ser humano es capaz de cambiar su destino, su personalidad, su forma de amar y de ver las cosas. Y Gigi lo hizo con la Juventus de forma incondicional.  En las buenas, como en los nueve scudetti (si, nueve, porque los juventinos jamás se desprenderán de los dos ganados 'sul campo' y negados por otros), o en los cuatro dobletes. Pero también en las malas, como en las finales perdidas y, sobre todo, en un descenso a la Serie  B que aceptó y se quedó con valentía y respeto, sin huir con el rabo entre las piernas como otros que antes habían firmado amor eterno.

Aquello fue el paso definitivo en el viaje hacia las entrañas de la afición bianconera. La grada aprecia cuando sus jugadores no se arredan, cuando afrontan las derrotas y los retos firmes y orgullosos, con el pecho por encima de la cabeza, con el futuro colectivo por delante del individual. Gigi jugó con Del Piero, Nevded, Chiellini, Birindelli, Camoranesi, Marchisio o Trezeget en Rimini, Arezzo, Cesena,  Modena o Trieste. Eso jamás se olvida. Queda unido a la carne, como una marca genética.

Porque esos, como Gigi, son los verdaderos héroes. No los que marcan dos goles en una final antes de venderse a otro por una gloria efímera y un puñado de billetes. Los héroes son los que se levantan del suelo con los mismos colores, se sacuden el polvo y curan las heridas para volver a luchar con los suyos, sin que importe nada más que poner una sonrisa donde antes había llanto.

Y Gigi lo hizo. Se puso bajo palos en la Serie B y en años de mediocridad antes del éxito. Lo hizo cuatro temporadas desde el retorno en campañas de fracasos, con plantillas sin calidad y técnicos de paso. Lo hizo después con Antonio Conte para retomar lo que ha sido la Juve desde siempre, lo hizo con el brazalete tras la retirada de Del Piero, y comenzó una dictadura local que todavía dura.

Pero la historia de Gigi con el fútbol no es solo la de uno de los mejores guardametas de la historia (el mejor que yo haya visto), es una historia de respeto, de valores, de deportividad, de ejemplo de deportista. Pocos han dejado de reconocerlo. El Bernabéu, escenario gigantesco, agradeció su imagen de caballero del balompié con un aplauso multitudinario, como antes lo había hecho con Del Piero en una noche de Champions.

Con Gigi no hay enemigos. Ni aunque seas ultra de la Fiore, club siempre rival irreconciliable. No hubo disensiones entre los miles de personas que acudieron al funeral del capitán de la Fiorentina, Davide Astori. Todos aplaudieron sin parar a Gigi cuando cruzó la Piazza de Santa Croce y subió la escalinata de la basílica. Lo corearon una y otra vez, lo animaron para que su mirada triste por la muerte de su amigo fuera un dolor común.

Los seguidores de la Fiore reconocieron las palabras de Gigi sobre Davide, sus lágrimas sinceras en el minuto de silencio bajo los acordes de 'Le rondini', de Lucio Dalla, en el partido en Turín ante el Udinese. Ese era Gigi. El que escribía a sus compañeros tras cada lesión, el que ofrecía el aliento tras cada decepción, el primero en dar un abrazo al derrotado y tender la mano al vencedor en señal de reconocimiento y respeto. Un ejemplo de todo, un tipo único, un patrimonio del fútbol que el sábado dejará un brazalete viudo y una portería de luto para bailar el último vals con la 'vecchia signora'.

Pero dejará un legado mucho mayor, el del recuerdo de los que lo hemos visto, de los que lo hemos sentido como propio, de los que hemos apreciado cada gesto suyo, cada palabra suya, cada parada suya, cada partido y cada mano milagrosa.

Para todos nosotros el brazalete nunca estará vacío, porque Gigi se conservará eterno en nuestra memoria, conservado en formol, dentro del hielo para volver a llorar y reír con él siempre que queramos.
Grazie mille Gigi, mai piu senza!!! 

El último vals con la Vecchia Signora
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