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Una chimenea en las narices

Mari Luz López tenía "mucha prisa en encontrar un piso", cuenta, cuando en 2007 compró el 4ºE del número 51 de la Avenida das Américas-Marqués de Ombreiro. Le llamó la atención que en la terraza hubiera tres chimeneas con la boca a dos metros escasos de altura, pero dice que no llegó a imaginar lo que podía suponer. "Si sé que hay este problema no compro ni loca", afirma siete años después.

El problema es que, lógicamente, por las chimeneas salen los gases del garaje, de la caldera de la calefacción y de las cocinas y evacuan directamente en su terraza. En invierno el problema es el hollín que se pega en las paredes, las ventanas y el suelo, y en verano, el olor a comida. "A veces llegan hasta las escaleras del edificio", explica desesperada. Y eso que hay puertas cortafuegos.

La terraza tiene una chimenea a cada lado -una de ellas, a menos de un metro de la ventana de la cocina- y la tercera, a poco más de dos metros del salón. Mari Luz no puede abrir ninguna de esas ventanas ni en verano ni en invierno, solo puede tender la ropa fuera si hace mucho calor -«para que se seque rápido y quitarla cuanto antes», explica- y antes de volver a entrar tiene que limpiar bien el calzado si no quiere llenar la casa de pisadas negras. Tampoco puede colocar un toldo porque tendría que cambiarlo cada año, dice, ni disfrutar de ninguna manera ni en ninguna época del año de la terraza, que por lo demás es estupenda. Grande, reservada de miradas indiscretas y con unas vistas estupendas: las torres de la catedral, el valle del Miño y, al fondo, los montes. E, ironías de la vida, en un punto intermedio entre la ciudad y el río, las torres de O Garañón, promovidas por Ricardo Iglesias, el mismo empresario que, tiempo después y en sociedad con otro, impulsó el edificio en el que vive Mari Luz. "¿Así que es el mismo constructor?", pregunta sorprendida cuando se le hace notar la casualidad. "Pues habrá que llamar a Besteiro para que venga arreglar esto", dice.

La aprobación de licencias en el Concello de Lugo se eterniza y en algunos casos la exigencia del cumplimiento de la norma se lleva al extremo

Hasta hace dos días, Mari Luz vivía ajena a los tejemanejes políticos y judiciales. Desconocía que Pilar de Lara, terror de políticos y empresarios, amplió la investigación de O Garañón a este edificio de la Avenida das Américas. La jueza trata de averiguar si el Concello dio trato de favor a Iglesias porque el inmueble fue promovido, al igual que las torres de O Garañón, cuando José Ramón Gómez Besteiro era concejal de urbanismo, y obtuvo licencia de primera utilización pese a tener varios defectos que presuntamente incumplían la normativa y afectaban a la seguridad y a la salud, según se describe en un escrito anónimo que llegó al juzgado de De Lara. Uno de ellos era, supuestamente, la altura insuficiente de una de las chimeneas de la terraza de Mari Luz. El Concello reconoció que no cumple la normativa, que se hizo "uso de la excepcionalidad" amparándose en que "las circunstancias ambientales permitían garantizar el movimiento y disolución rápida de los gases que evacuasen las chimeneas". Efectivamente, los gases se mueven y se disuelven, pero en la terraza de Mari Luz y, en menor medida, en la del vecino.

La situación es tan extravagante que si no se ve no se cree. Que a un arquitecto se le ocurriera tal solución, que un funcionario la diera por correcta, que el promotor tuviera las agallas de poner a la venta un piso con semejante problema y que alguien osara comprarlo. La justificación técnica de la excepcionalidad aparenta, además, tan burda, que lo raro sería que cualquier juez la dejara pasar.

Pero lo que en verdad resulta increíble, a ojos de hoy, es que los técnicos municipales se atrevieran a firmar la licencia porque, aunque no ha pasado ni una década, su actitud ha cambiado radicalmente, según explican quienes tramitan permisos en el Concello.

Hay profesionales que aseguran que siempre hubo, y sigue habiendo, colegas que tienen hilo directo y consiguen sacar adelante los proyectos en menos tiempo y con menos problemas que la mayoría, pero eso no es lo habitual, dicen. Las licencias se eternizan y en algunos casos la exigencia del cumplimiento de la norma se lleva al extremo. Licencias de apertura que se frenan porque la placa de minusválidos no lleva el color exacto que marca la legislación y solicitudes para cambiar un ascensor en un edificio de viviendas, o para hacer una rampa en una tienda, que tardan meses son algunos ejemplos. El gobierno suele aludir a la falta de personal, pero las causas de que los servicios de urbanismo y arquitectura del Concello de Lugo vayan a ralentí parecen más complejas. Y es una certeza que las investigaciones judiciales han creado un estado de paranoia que no ayuda. El tiempo dirá -confiemos- si estaban justificadas y si han servido para algo.

Una chimenea en las narices
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