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Redactora de El Progreso na sección de Local. Especialista en información da área municipal. Tamén podes seguirme na miña conta de Twitter.

En la cama de un hospital

NUNCA HE ESTADO hospitalizada pero, como casi todo el mundo, he tenido experiencias cercanas, y casi siempre me han dejado sensaciones agridulces. No hay nada como pasar unos días en un hospital, aunque sea como acompañante, para ver la grandeza y los defectos del sistema público de salud. Pasarlos como paciente tiene que ser otra cosa. El dolor, la incertidumbre, el miedo, la esperanza o la desesperanza en carne en propia no pueden ser las mismas que las del familiar o amigo que acompaña, por muy próximo que sea y por mucho que sienta.

Las horas en un hospital dan mucho de sí y ponen frente a uno toneladas de humanidad, entendida esta por afabilidad, sensibilidad y espíritu de ayuda. De la otra humanidad, de la más literal, también hay mucha, sobre todo cuando se comparten el día y la noche con otra persona en camisón y el culo al aire, y lo que se tercie, ya sean ronquidos o acompañantes que no tienen el don de la discreción y del silencio cuando las circunstancias no piden otra cosa.

La información y la atención que se da a los usuarios del sistema público de salud muchas veces es mejorable

En un hospital es fácil encontrar empatía y profesionales con mayúsculas, entregados y sabios, pero casi en la misma medida uno puede tener la mala suerte de encontrar justo lo contrario. Y a lo mejor en el peor de los momentos. La barrera entre sanitario -entre médico, más bien habría que decir- y paciente sigue siendo infranqueable en muchos casos. Lo único bueno es que la percepción de muchos usuarios es que este problema tiene mucho que ver con la edad del galeno. Esto es, con la época en la que se formó, con el callo que dejan años de ejercicio y con una carrera laboral generalmente hecha. La sensación es que las nuevas generaciones llegan con otra actitud, que para mucha gente es tan importante como la aptitud. Un médico mediocre a lo mejor no acierta, pero la garantía de que lo haga el mejor médico del mundo tampoco es absoluta si el ejercicio no va acompañado de lo que se supone imprescindible para diagnosticar y tratar: preguntar, escuchar, observar...

Y no, no siempre es un problema de servicios saturados y de falta de tiempo. Porque en una misma área hay profesionales que hacen renegar del sistema y profesionales que reconcilian con él. Y sucede en áreas con una presión asistencial tan brutal como medicina interna, geriatría y oncología.

Son muchos los ejemplos pero hay uno muy revelador y que pasa a diario: el modo y la cantidad de información que se da al paciente. Hay médicos que entran en la habitación sin un hola y que tras ver al enfermo salen como si les quemaran las suelas sin apenas informar, ni de la situación, ni en qué plazo cabe esperar las pruebas, ni cualquier otra cuestión menor o mayor que puede preocupar al paciente o a su familia. Admitamos que, como en la viña del señor, hay gente con la que es muy difícil tratar, que siempre tiene algo por lo que quejarse o la amenaza de la denuncia en la boca, o que no guarda las formas. Pero eso no es lo habitual, por lo que, mientras esa situación no se da, el usuario tiene derecho -algo que a veces se olvida- a recibir toda la información que desee y a recibirla en las condiciones adecuadas, de forma privada y no en el pasillo o con otro enfermo al lado. Sin que se sienta violentado por preguntar, por aportar datos que a lo mejor pueden ser importantes para la evolución del caso o por plantear las dudas que le suscita un determinado tratamiento o proceso y las alternativas que puede haber a él.

Hay médicos igual de saturados que otros que, literalmente, se sientan, excuchan y explican

La prueba de que todo esto es posible es que hay sanitarios que lo hacen. Hay médicos que se sientan, literalmente, que escuchan, explican y se ponen en el pellejo del otro. Médicos igual de saturados que los demás, pero más humanos y profesionales.

La edad es a veces un condicionante -no siempre, ojo-, por lo antes explicado, pero seguramente lo es más el hecho de que, una vez que un sanitario consigue una plaza en el sistema público, tiene trabajo asegurado de por vida. Ya no tiene que volver a preocuparse por esta cuestión. Profesión corporativista donde las haya, es prácticamente imposible que un sanitario sea apartado.

Quizás es también esta una de las razones por las que muchos profesionales reaccionan con un hermetismo total cuando un usuario intenta trasladarle aquello que falló con el único propósito de evitar que le suceda a otro y de mejorar la eficiencia del sistema. Desde el desajuste que produce el retraso de una medicación en un enfermo demenciado, en el paciente de la cama de al lado, en sus acompañantes y en el personal de planta a la perturbación que produce en todos ellos el hecho de que un paciente así, alterado las 24 horas del día, comparta habitación con otro enfermo. Cuando a lo mejor en la misma planta hay habitaciones vacías, caso real. A lo mejor hay una razón para que sea así, pero resulta muy difícil de entender, y menos si no se explica.

El paso por un hospital sirve para ver, sin necesidad de ser gestor, que hay aspectos que se pueden mejorar sin más coste para el sistema, o incluso con ahorro, y que suponen beneficio para enfermos y trabajadores. Para empezar, esa sensación que, con intención o sin ella, a veces sutilmente se transmite de que el usuario está recibiendo un servicio poco menos que de beneficencia, que no le da a derecho a decir ni pío, en vez de un servicio por el que paga. Y si él no, alguien lo hace. Guste o no, para eso estamos en un estado de bienestar. O se supone.

Artículo publicado en la edición impresa del domingo, día 5 de abril de 2015.

En la cama de un hospital
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