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Redactora de El Progreso na sección de Local. Especialista en información da área municipal. Tamén podes seguirme na miña conta de Twitter.

Cambio disfraz por vestido

TODA MI VIDA he odiado el Carnaval. De la fiesta más pagana solo salvo el lacón y los grelos, con todo lo que les acompaña en esos platos bien apretados donde el chorizo y los garbanzos encajan como piezas de puzzle. Sospecho que esa poca pasión carnavalera tiene su explicación en la timidez -aunque bien mirado, nada como disfrazarse para romperla- y en que nunca encontré la gracia, o el don, al vacile. Llámenme sosa. Contribuyó mucho también esa tortura infantil que consistía en confeccionar el disfraz con tus propias manos. Los colegios todavía la mantienen, no puedo explicármelo. 

El caso es que sospecho que hay bastante gente como yo, al menos en esta ciudad, porque el Carnaval sigue siendo festivo en el calendario, pero en la práctica de fiesta le queda poco. Si quitamos los concursos y las fiestas de los colegios -la tortura hay que lucirla-, no queda más que el desangelado desfile que organiza el Concello y el entierro de la sardina, en el que la asociación Pepe Barreiro pone todo su empeño pero no reúne ni a medio centenar de personas. Hasta Montirón ha dejado de celebrar el Carnaval. No puede haber señal más clara de que la fiesta tiene un pie aquí y otro allá. 

Y como dicen que un clavo quita otro, propongo, ahora y desde aquí, que el Concello elimine el festivo local de Carnaval y lo sustituya por el viernes de Arde Lucus. La idea no es mía, sino de mi parrandero compañero de mesa. Sospecho que las carnavaladas le van mucho más que a mí, pero claro, si al lado ponemos una fiesta donde los hombres van en faldas, con los bajos frescos y luciendo pierna, y además el programa oficial incluye bacanales, no se puede comparar. No hay más que ver las calles de Lugo en Arde Lucus. 

La progresión que ha tenido la fiesta de recreación del origen de la ciudad en quince años -los cumple ahora- es tan brutal que intuyo que la idea de sumarle un día más al fin de semana tendría adeptos. El Concello ya ha dado un paso este año, adelantando la programación al jueves, y seguramente los establecimientos y actividades que hacen negocio en torno a la fiesta se sumarían encantados a la idea de hacer festivo el viernes. El Arde Lucus está ya tan asimilado al euro que, hasta una de esas farmacias auténticas que todavía no se han convertido en bazar y vende calzado ortopédico, muestra estos días en el escaparate ¡sandalias para el Arde Lucus! 

Es posible, además, que sumar un festivo más no supusiera mucho coste para el Concello, porque, aunque la labor de este es crucial, el desembolso económico que hace no es muy elevado. El Arde Lucus es la mejor muestra de fiesta realizada por el pueblo. Su exponencial crecimiento y su rápida consolidación se debió, si no totalmente, casi, a la manera en que los ciudadanos se implicaron desde el principio. Ya sea a través de las asociaciones de recreación histórica, que durante muchos meses investigan y trabajan para presentar algo nuevo en cada edición; de los colegios, que mueven carros y carretas, o de la gente anónima que se lanza a la calle caracterizada. O lo intenta, porque, digan lo que digan, en la calle se mezcla rigor histórico y disfraz. 

Una parte del éxito es la complicidad de la gente y otra, la fecha. ¡Quién no tiene ganas de fiesta a finales de junio! Los exámenes han acabado, los trabajadores están de vacaciones o en la cuenta atrás hacia ellas, el calor ha llegado y los días son interminables. 

Claro que no todo es crecer y no vendría mal repensar algunos aspectos relacionados con la fiesta. Hasta ahora no ha dejado de mejorar, pero ya hubo algún susto grande, como el incendio en el campamento hace tres años. La seguridad en un evento que reúne a miles de personas y que convierte calles en embudos es fundamental, y la ciudad no va sobrada de medios. La plantilla de bomberos está muy limitada y la asignación de efectivos policiales se complica por su peculiar organización (son seis turnos, cuando en la mayoría de ciudades hay tres) y por los problemas internos del cuerpo, con sectores enfrentados. 

Algunos restaurantes callejeros también han sido motivo de queja en los últimos años, por los cobros abusivos en algún momento, que hasta dieron lugar a alguna denuncia. Lugonovo propone que se regulen, como se hace con el pulpo y los cachelos en las casetas del San Froilán. 

Otra cuestión es el tema tapas. La fiesta está al caer y en las redes sociales ya hay quien, con sorna, invita a disfrutar de las tascas estos días porque, una vez empiece el Arde Lucus, los pinchos y, sobre todo los aperitivos de cocina, desaparecerán, advierten. Quizás los hosteleros también vayan entrando en razón pero, por si acaso, beban y coman.

Cambio disfraz por vestido
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