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Integración entre fogones

Rebeca Novo y Víctor López, en la cocina de la prisión monterrosina. VICTORIA RODRÍGUEZ
Rebeca Novo y Víctor López, en la cocina de la prisión monterrosina. VICTORIA RODRÍGUEZ
Desde que trabaja en el centro penitenciario de Monterroso, la sonrisa de Rebeca Novo Rodríguez, una joven  monterrosina con discapacidad auditiva, se ha convertido en el ingrediente principal de una cocina cuya apuesta por la inclusión laboral y social va más allá de la población reclusa

Las paredes de cualquier prisión esconden cientos de historias personales. Tantas, que casi se pueden contar varias por cada uno de los internos que habitan entre sus muros. Pero en el día a día de un centro penitenciario también está la labor de sus trabajadores que, a veces, esconden sus historias propias y que, como en el caso de la joven monterrosina Rebeca Novo Rodríguez, también tienen mucho que ver con la superación y la lucha por integrarse en una sociedad que no siempre se lo pone fácil.

Rebeca es la tercera de cinco hermanos, de los que solo ella y la menor nacieron con una discapacidad auditiva severa que les impide hablar. Su afición por la cocina le viene desde pequeña, aunque no fue hasta cuando casi cumplió la treintena que decidió formarse en el ciclo de esta especialidad en el IES Sanxillao de Lugo.

Ahora, con 33 años, ha encontrado su lugar en la cocina de la prisión monterrosina, donde ya lleva uno trabajando.

No hace falta la traductora de signos para ver que Rebeca es feliz. Tampoco hay que ser un gurú para adivinar la complicidad que existe entre ella y su jefe, Víctor López Fente. "Una mirada basta para que nos entendamos", dice un hombre que cuando se puso por primera vez al frente de los fogones de esta prisión, a ella aún le faltaban cuatro años para nacer.

"Trabajar aquí es fácil. Mucho más que en el albergue de Portomarín donde lo hacía antes, porque aquí es Víctor el que se encarga todos los días de diseñar los menús", explica Rebeca a través de la intérprete de signos.

Un trabajo de ayudante de cocina que no debe de ser tan fácil, cuando la realidad es que de esos fogones salen más de 600 platos diarios, con menús equilibrados dietéticamente y adaptados a las particularidades de los internos, "porque los hay musulmanes, que no comen cerdo; vegetarianos, veganos, alérgicos, o con problemas médicos que exigen una dieta especial", señala Víctor López.

Junto a ellos dos, trabajan diariamente en las cocinas entre ocho y nueve internos que les ayudan en las elaboraciones. Víctor, curtido en mil batallas y que a lo largo de sus 37 años de profesión calcula haber elaborado unos "45 millones de platos", reconoce que la llegada de Rebeca supuso "una revolución, por la alegría que aporta con su eterna sonrisa y porque es incansable. Se ha convertido en el auténtico motor de la cocina", dice.

Para Rebeca, que siempre ha tenido en su familia un gran apoyo, lo más complicado a su llegada al centro fue "tener que trabajar con mascarilla, porque para mi era más difícil darme a entender y tampoco podía leer los labios de los demás. Pero la verdad, es que siempre me he sentido muy bien acogida", explica.

"Ejemplo de ese cariño que todos le hemos cogido es como la cuidan los propios internos. Siempre están pendientes de ella, vigilando que nada le caiga o que no se queme, porque su discapacidad le impide percibir determinados sonidos que podrían desembocar en un accidente", explica Víctor. Y es que, según reconoce, Rebeca es de ese tipo de seres "que nos hace a todos mejores personas".

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