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Desastroso camino a Santiago

La mitad del viaje de Lugo a Santiago ya se puede realizar por la autovía A-54, pero a partir de Palas de Rei y hasta Lavacolla todavía es necesario utilizar la N-547, una vieja carretera de sinuoso trazado, en mal estado de conservación y con decenas de límites de velocidad que hacen que el desplazamiento hasta la capital gallega resulte lento y tedioso.

DOS AÑOS y tres meses después de que se abriera al tráfico el tramo de la A-54 que va de Guntín a Palas de Rei —se inauguró el 20 de octubre de 2015— viajar de Lugo a Santiago continúa siendo un suplicio para los miles de usuarios que diariamente recurren a la N-547 para completar su recorrido hasta la capital gallega. Hasta pasar el casco urbano de Palas de Rei, los tramos abiertos de la A-54 permiten a día de hoy no tener que utilizar la vieja carretera, pero una vez que la autovía se interrumpe, a causa de esas obras que algún día deberán completar la infraestructura, los usuarios se ven condenados a utilizar la N-547 que, como mal endémico, presenta un sinuoso y complicado trazado cuyo diseño se remonta al Plan Nacional de Carreteras 1984-1991 y en el que, curiosamente, también se incluía la otra alternativa que aún hoy se utiliza para viajar a la capital gallega, la N-634 por Curtis, que en la práctica tampoco supone un ahorro significativo en el tiempo de viaje.

Pero volviendo al punto kilométrico 38 de la N-547, donde se sitúa la rotonda en la que desemboca la A-54 después de pasar Palas, y analizando los 50 kilómetros que desde allí restan para volver a coger la autovía en Lavacolla, la carretera a Santiago presenta dos partes claramente diferenciadas que, prácticamente, coinciden con el límite geográfico entre las provincias de A Coruña y Lugo. Así, mientras que en el tramo lucense la mayor problemática se plantea a causa de un asfalto destrozado, desde Melide a Lavacolla los mayores escollos son la elevada densidad de límites de velocidad, la mayor parte a 70 y 90, que llega a crear confusión entre los conductores, y las largas y lentas travesías para cruzar localidades como Melide, Arzúa o Pedrouzo.

Pero la peor parte del recorrido está, sin duda, en los seis kilómetros que discurren entre la mencionada rotonda que da acceso a la autovía en Palas, hasta el kilómetro 40,5 de la N-547, justo en el límite provincial.

En este trecho, el usuario se enfrenta a un firme deteriorado, roto y bacheado, que no solo perjudica la seguridad y avance de los vehículos, sino que también provoca que la señalización horizontal se vuelva prácticamente invisible.

La situación se vuelve especialmente grave entre los kilómetros 39 y 40, en una zona sinuosa a la altura del núcleo de San Pedro de Meixide. Las quejas por el deficitario estado de este punto vienen sobre todo por los cientos de usuarios que diariamente viajan entre Melide y A Ulloa, lo que los obliga a atravesarlo hasta cuatro veces en el día.

Para estos conductores, vecinos de la zona, los profundos baches suponen "unha trampa" y sea cual sea el sentido hacia el que se circule —si se hace hacia Palas existe un doble carril— la profundidad de los grandes baches no solo puede provocar averías mecánicas en los vehículos, sino que, según relata un conductor que pasa diariamente a la zona, "ao intentar evitalos prodúcense maniobras que facilmente poden desembocar nun accidente". A estos males, hay que añadir que la carretera atraviesa en este trecho varios núcleos rurales, por lo que resulta habitual la presencia de peatones en unos arcenes que, por otro lado, resultan impracticables.

Continuando hacia Santiago y justo al atravesar el cartel que informa que se entra en la provincia de A Coruña, el estado del asfalto mejora notablemente, pero el viaje se vuelve, una vez que se atraviesa el casco urbano de Melide, lento y tedioso.

La razón es que a lo largo de los 30 kilómetros que todavía restan desde ese punto hasta llegar a Lavacolla, los conductores se encuentran con decenas de señales con distintos límites de velocidad. Esta medida se tomó en su día para intentar proteger a los peregrinos en aquellos puntos en los que el Camino se cruza con la carretera, pero en la práctica, la solución se traduce en "hasta 32 limitaciones inferiores a 70 kilómetros por hora hasta llegar a Santiago", según denunció en su día la Asociación de Empresarios Terra de Melide (Asetem).

El conductor se enfrenta así a momentos en los que no sabe ni a qué velocidad circular, tal es la cantidad y proximidad de señales que le indican 50, 70 ó 90, lo que también le obliga a continuos frenazos y cambios de marcha que no hacen sino ralentizar la marcha.

En definitiva, un viaje hasta Santiago que, aunque se realice en un moderno coche del siglo XXI, más bien parece un triste peregrinaje a través de infraestructuras de otras épocas.

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