Sasamón

Sí se pueden poner puertas al campo. Como prueba, este arco de San Miguel, lo único que queda de un pueblo hoy desaparecido. ¿Un milagro o una alucinación?
Arco de San Miguel de Sasamón
photo_camera Arco de San Miguel de Mazarreros. VÍA MAGICAE

Está desierto a estas horas Olmillos de Sasamón, un pueblecito tan bien cuidado y tan bien conservado como la mayoría de los del norte de la provincia de Burgos, una zona digna de ser visitada detenidamente, patria chica de Félix Rodríguez de la Fuente (nació en Poza de la Sal) y lugar de prolongadas y placenteras estancias de Miguel Delibes (veraneaba en Sedano, aquellos largos veraneos de antaño). Pero no está Olmillos tan totalmente desierto como creyó el viajero, pues en un banco delante del castillo, transformado en hotel de cuatro estrellas, hay una parejita arrullándose, ella llamativamente rubia. Sólo se oye un zureo de palomas. Como no quiere ser un intruso ni romper tan idílica estampa, decide apartarse y seguir viaje.

Sasamón acrecienta la pulcritud habitual en la comarca. Antes de los romanos se conocía como Segisama o Segisamone, que significaba la más fuerte. De ahí que segisamonenses (también sasamonenses) sea el gentilicio de sus casi mil habitantes, Augusto decidió tomarlo como base para la sumisión de los cántabros, y aquí llegaba desde Asturica (Astorga) un importante ramal o prolongación de la Vía de la Plata.

Pero el viajero no es muy dado a historias y se limita a lo suyo, que no es otra cosa que ver y contar lo que ve. Y lo primero que ve en Sasamón es la monumental iglesia de Santa María la Real, nada menos que la tercera en tamaño de la provincia de Burgos, incluida la catedral; tiene dos magníficas portadas góticas, la principal y la de San Miguel, delante de las que pasa un buen rato, deleitándose en sus abundantes motivos digamos escultóricos. Después, se gira para contemplar una bonita y antigua fuente y el edificio del ayuntamiento. Tampoco vio a nadie en el rato que pasó en Sasamón, Quizá porque era la hora de comer, aunque él ayunase.

A un kilómetro, en las cercanías del río Brullés, el objetivo principal de la visita, el arco de San Miguel de Mazarreros. La iglesia a la que pertenecía y todo el poblado desaparecieron tras integrarse este en Sasamón a finales del siglo XV. Fascinante y bellísimo este sobreviviente arco gótico, testigo de un tiempo del que es el único vestigio. No da a ninguna parte y, por lo tanto, da a todas: llegas a él por el campo, lo pasas y sigues por el campo.

Cuando se iba, apareció una pareja de ingleses en un coche, se bajaron con una jaulita y soltaron para que paseara lo que el viajero creyó que era un conejito, pero resultó ser una chinchilla, con la que hacían todo su largo viaje.

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