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El mercado sitúa las fiestas de San Froilán ante el final de una época

Pulpo á feira. XESÚS PONTE
Pulpo á feira. XESÚS PONTE

El Concello estudia cómo renunciar al control del precio de la ración que asumió a partir de los años ochenta sin dañar la feria

El problema de los precios del pulpo no es una novedad en lo que respecta a las fiestas de San Froilán. Muy al contrario, ha sido una constante, un Guadiana que aparece y desaparece con regularidad. Sin embargo, esta vez parece diferente, porque no se trata de algo coyuntural o causado por las protestas de clientes u hosteleros, sino por un cambio drástico en el mercado del pulpo que sitúa a la gran feria lucence ante el final de una época, la de los precios de la ración tasada por el Concello.

El Ayuntamiento, tras la renuncia de los adjudicatarios de la cuatro casetas debido a la subida del precio del pulpo y a la imposibilidad legal de modificar el precio de 8 euros por ración que recogen las bases, estudia ya las condiciones de una nueva subasta. Será el primer paso de cara a un futuro que debe compaginar la realidad de un mercado libre e incontrolable con la protección de la principal seña de identidad del San Froilán, las casetas y el pulpo.

La subidas de precio injustificadas obligaron al Ayuntamiento a comenzar a ejercer un mayor control a partir de los años ochenta

En estas circunstancias, es difícil de imaginar un pliego para la subasta de las casetas que no incluya un precio libre para las raciones, o al menos fijado en una horquilla tan amplia o con tantas posibilidades de ser modificado que no asuma de facto el precio de mercado. El control, de este modo, se vería reducido al número de casetas que salen a subasta y, si acaso, al peso mínimo de las raciones, como sucede ahora.

No sería, sin embargo, una novedad en el San Froilán, ya que no fue hasta los años ochenta del siglo pasado cuando las autoridades muncipales decidieron comenzar a controlar los precios. Lo hicieron ante la constante polémica que se generaba año tras año, siempre relacionada con los cobros desmesurados o el tamaño de las raciones.

El trajín con las subastas de los puestos también viene de lejos, ya que fue a principios del siglo XX cuando el Ayuntamiento de Lugo adopta el sistema de pujas para la adjudicación de puestos, tal y como recogen Teresa Pena Moreda y Fernando Arribas Arias en su documentado trabajo O polbo no San Froilán de Lugo.

No obstante, no sería hasta 1983, con la redacción de nuevas bases, cuando el Concello entra de lleno en el control de precios. Es año se obliga a los empresarios que querían montar caseta a firmar un documento en el que se comprometen a aceptar los precios estipulados para los días de fiesta. A partir de ahí, el control pasará a ser cada vez mayor y se trasladará con cierto rigor también al peso de las raciones, un aspecto que provocó multas y polémicas con los hosteleros y pulpeiros no pocos años.

Cuando se toma la decisión de ejercer una vigilancia más estric ta pocas voces se alzan en contra. Se venía de unos años de bailes en los precios difícilmente justificables: en 1975 la ración se vendió a 50 pesetas y un año después, se multiplicó por dos, hasta las 100; en 1979, los adjudicatarios de los puestos ya las subieron a 200 pesetas.

El Concello actuó, de este modo, para proteger a los lucenses y a los visitantes de ciertos abusos que solo se explicaban por la propia fiesta, pues no tenían justificación en la cotización ni en la demanda del pulpo: era un producto popular, con demanda escasa fuera de Galicia y que podía variar de precio en función de si la campaña había sido mejor o peor, pero con cambios poco significativos.

La situación actual es otra muy diferente, porque la brutal subida que está experimentando el producto no es circunstancial, sino estructural: el pulpo está de moda, la demanda se ha multiplicado y, sobre todo, ha entrado en el mercado de los productos precocinados de las grandes distribuidoras de alimentación. Profesionales con muchos años en el sector hablan incluso de especulación, de distribuidores y almacenistas acumulando grandes cantidades para ir dando salida a medida que crecen los precios.

Por ello, el Concello se encuentra ahora en una difícil situación, en un cambio de modelo que parece definitivo o que al menos no va a mejorar en los próximos años: debe intentar en lo posible proteger la seña de identidad del San Froilán, pero sin tener en sus manos un instrumento de control tan eficaz como antes, ante la imposibilidad de determinar la evolución de los precios. Tampoco es atractivo para los empresarios que la adjudicación de las casetas se haga año a año, puesto que la inversión en las instalaciones y las mejoras que estas demandan solo puede asumirse a largo plazo, si cuentan con una seguridad de permanencia. El tiempo, además, juega en su contra. Está en juego el futuro de la gran feria lucense.

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