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Literatura para saxofón

Para Claude Debussy el saxofón era un «animal» de la familia del viento cuyas costumbres desconocía, un animal a medio camino entre la «dulzura romántica del clarinete y la ironía del contrafagot». Por desgracia, su timbre todavía despierta hoy ciertos recelos.

UN BUEN amigo me contaba hace años que siendo niño no soportaba el timbre del saxofón. Por fortuna esa patología remitió en cuanto fue intercalando algunas obras jazzísticas en la rutina de sus audiciones. Sin duda fue el jazz, aproximadamente cien años después de la construcción de la primera unidad, el responsable de popularizar y rescatar del rincón del patito feo al instrumento inventado por Adolphe Sax. No hará falta que les cuente que, para variar, el señor Sax se despidió definitivamente de la luz del día sin un duro en el bolsillo. Los hitos más significativos de la improvisación con saxofón los protagonizaron Coleman Hawkins en 1939 al grabar por primera vez Body and Soul sin exponer la melodía, es decir, solo improvisando sobre los acordes; Charlie Parker al elevar mil pisos el listón interpretando a una velocidad endiablada todas las posibilidades armónicas que el estilo bebop le ofrecía; y finalmente John Coltrane al explorar con mayor profundidad si cabe el potencial de la armonía y las escalas para verterlo en un fraseo torrencial inaudito en su época —y que Eric Dolphy, otro gigante, me perdone—. Todos los músicos de jazz del ayer, del hoy y del mañana son herederos de ese triunvirato estelar, pero no nos detendremos ahora en sus logros sino que daremos cuenta, en cambio, de algunas partituras para saxofón de diferentes ámbitos y épocas. 

El brasileño de Porto Alegre Radamés Gnatalli no era un compositor al uso de música clásica. Su posicionamiento fronterizo entre lo popular y lo erudito —término con el que se conoce en Brasil a la música clásica— le llevó a afirmar que para él tenían tanto valor Pxinguinha como Heitor Villa Lobos. El primero de esa dupla genial fue además saxofonista, responsable de introducir los vientos del jazz en el choro tradicional y autor, para gloria de la especie humana, de Carinhoso, una de las mejores composiciones de música popular de todos los tiempos. Amargura, esta vez de Gnatalli, es otra perla de hondura, pero, ya que nos ocupamos del saxofón, la recomendación de hoy es su ‘Brasiliana nº 7’. Tiene la belleza de un caballo esbelto sorprendido en un arroyo, y con esa pose debería escucharse: bebiendo placenteramente sin preocuparnos a cuál de las dos orillas pertenecemos.

El ‘Concertino de cámara para saxofón alto y once instrumentos’, compuesto por Jacques Ibert en torno a 1935, es una obra grácil en la que romanticismo y sentido del humor se besan la boca sin recato. La escucharemos con cierta nostalgia, como si de fondo contemplásemos una película de otro Jacques, Tati, sin ponernos de los nervios. Tan o más recomendable es su concierto para flauta, cuyo segundo movimiento, más impregnado del caramelo impresionista de sus compatriotas Ravel y Debussy, merece un momento de paz en nuestras vidas para su deleite. También Debussy tuvo que ocuparse del saxofón —aunque por un encargo algo engorroso de la saxofonista Elise Boyer Hall— en su ‘Rapsodia para saxofón y orquesta’. Tardó veintitrés años en concluir la obra, cuya duración no sobrepasa los diez minutos, y de cuya orquestación tuvo que ocuparse Roger Ducasse al sobrevenirle la muerte. Tanta demora quizá se debiese a que el compositor, después de haber visto a la señora Hall en directo, juzgase que le parecía «algo ridículo ver a una señora vestida de rosa tocando un instrumento tan torpe». A pesar de contar con algún pasaje hermoso, no es esta una obra a destacar de un genio que, ya mayor, no encajó bien el aterrizaje de aquel instrumento que, sorprendentemente, tendría un importante auge diez años después de su muerte.
Avivado por ese caldo de cultivo favorable y, a diferencia de Debussy, enamorado del instrumento, Alexander Glazunov compuso, a principios de la década de los años treinta del siglo pasado, su ‘Cuarteto para saxofón’, una maravilla sedosa que en nada recordará a los aficionados al jazz a las sabrosas y libertarias andanzas de David Murray y su World Saxophone Quartet o a las de Julius Hemphill con su sexteto de saxofones. Escuchando con sumo placer ‘Otis’ Groove’, grabado por esa formación en 1991, imagino el empacho que se hubiese cogido por aquel entonces el pobre de mi amigo si tuviese que vérselas con un disco entero protagonizado por seis saxofones sin acompañamiento. Se hubiese muerto en el acto o curado para siempre.

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