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A la sombra de sus velas

Jakob Brederveld y Hanny Vlaskamp en su embarcación
Jakob Brederveld y Hanny Vlaskamp en su embarcación
Vidas embarcadas y mil historias a bordo descansan estos días en el Puerto Deportivo de Rodeira a la espera de una nueva aventura

Una quietud total, una experiencia completamente diferente donde hasta el vaivén del barco hace todo aún más relajante. Eduardo Cecilio Cordero del Valle lo tuvo claro hace algo más de un año: tenía que largar amarras. "Aquí estoy feliz, este es mi espacio, mi mundo. No entiendo otra forma de vivir", dice este curtido lobo de mar, tumbado en una de las colchonetas que tiene a ambos lados de la camareta. Su cara es un fiel reflejo de la tranquilidad en la que vive sumergido, sin ojeras, con una enorme sonrisa y los ojos bien abiertos. En traje de baño, con un polo y en calcetines pasa el día este marino coruñés. Nada echa de menos ya de sus años trabajando en Fenosa, su último oficio, el cual dejó tras sobrevivir a un tumor en el hígado. "Me daban 11 meses de vida y aquí estoy", cuenta con una sonrisa de oreja a oreja. 

"Hay a quien le gusta plantar patatas y es feliz con eso. A mí ni me gusta ni sé hacerlo. Esta es mi verdadera pasión", aclara mientras se acomoda en su asiento. Lo cierto es que nada parece perturbar la rutina de este ex oficial de la marina. Su día a día es de lo más sencillo y, al contrario de lo que algunos piensen, no tiene nada de aburrido. "Siempre hay algo que reparar", puntualiza entre risas. Normalmente cocina a bordo. Ese mismo día había preparado unos osobucos en la olla exprés para él y sus amigos. "Lo de ducharme y demás lo hago en el club, que es más cómodo", explica.

Eduardo Cecilio Cordero del Valle: "Tras descubrir el cáncer me dieron 11 meses de vida y aquí estoy"

Allí, amarrado en el Náutico de Cangas, matiza que no entiende qué es el miedo y que, a pesar de haber tenido experiencias a bordo que imponían bastante -hace cinco años, en la costa de Vizcaya, con un ventarrón increíble y olas de más de cinco metros-, lleva conviviendo con el mar desde muy niño. "Soy de A Coruña", dice orgulloso. "De hecho, si me apuras, echo de menos el mar de verdad. Esto es un lago, aquí el mar está en calma siempre". Lo único que parece no hacerle tanta gracia es que se le enganche la driza un día de viento, le obligue a soltar la caña y el barco pierda el control. Esto mismo le pasó una vez en Barro. "Íbamos dos y aun así nos costó bastante".

Eduardo Cecilio Cordero en su barco


Y es que no hace falta ser un Robinson Crusoe para decidirse a desafiar al mar. "Con este tipo de vida se conoce a mucha gente. Me gusta el ambiente de los pantalanes, tanto en verano como en invierno", esclarece este arquetipo de caballero de mar. "Todo el mundo me dice: ‘jolín, qué suerte tienes’", ilustra Eduardo, poniendo cara de circunstancias. Lo cierto es que su mayor fan es su hija de nueve años, que no se pierde ninguna oportunidad para ir en barco con él. Desde coger la caña hasta dormir allí dentro, parece haber heredado ese amor de su padre por el mar. "Duerme en el camarote de proa ella sola y nunca se ha mareado", comenta muy orgulloso. 

Hanny Vlaskamp: "Les mandamos postales de vez en cuando para que sepan que seguimos vivos"

Aunque suela recibir muchas visitas, el capitán de Estich (así se llama su barco), disfruta mucho de su soledad. "Es como vivir en la calle, te enteras de todo". Eso sí, lo que no tiene lugar a dudas es que la embarcación debe ser a vela, nunca a motor. "Lo otro es como conducir por el agua. Con la caña sientes el barco, sientes como coge la ola. El que lo prueba está ya enganchado de por vida". 


Empezó de pequeño, viendo los barcos en los puertos, cuando un día se vio viviendo con las estrellas de techo y de colchón el fondo del mar. Ahora su pasión es esto: navegar. "Bueno, navegar y las mujeres. Antes era al revés, ahora me he dado cuenta de que es más fácil tener un barco que una mujer".



Los que no dudaron ni un segundo que navegar iba a ser su rutina y el barco, su casa, son Hanny Vlaskamp y Jakob Brederveld, una pareja de holandeses que pasan ahora unos días en Rodeira. Allí aguardan antes de dar el gran salto: cruzar el Atlántico.

Eduardo Cecilio Cordero: "Ahora me he dado cuenta de que es más fácil tener un barco que una mujer"

Ni Villar, el autor del súmmum de cualquier navegante, ¡Eh, petrel!, habría imaginado que, casi rondando los ochenta, esta pareja decidiría llegar al otro lado del 'charco' a vela. Desde Holanda hasta el Caribe. Entraron en Galicia por A Coruña y ahora descansan un par de días para cargar provisiones y marcharse a Portugal. De allí a Madeira y desde el archipiélago portugués, con cinco paradas de por medio, llegarán a Barbados. Una vez en las islas del Caribe, conquistarán las Bermudas. Desde allí emprenderán el camino de regreso a su casa, en Rotterdam, parando en las Azores, Francia e Irlanda. "La verdad es que nunca había soñado con ir al Caribe, pero puede que este sea el momento", manifiesta Jakob en un inglés con un acento que bien podría ser británico, mirando a su pareja con los ojos bien abiertos y una sonrisa que denota cierto nerviosismo.

Tanto Jakob como Hanny han dejado atrás a toda una familia. Ella, a dos hijos y cinco nietos; él, a dos hijos y dos nietos. "Les dijimos que en un principio estaríamos un año, pero ya sabían de sobra que sería más tiempo. Les mandamos postales de vez en cuando para que sepan que seguimos vivos", cuenta Hanny entre risas. Solo les diferencia que él aprendió a navegar a los siete años, gracias a su abuelo, y ella a los 40.

Jakob Brederveld: "Nunca había soñado con ir al Caribe, pero puede que este sea el momento"

No hace más de una década ninguno de los dos habría imaginado que acabarían juntos atravesando océanos contra viento y marea. La pareja, a la que unió su pasión por el mar, derrocha ilusión por esta nueva aventura que trazan juntos, día tras día, a bordo de Jonas, un ketch (dos palos) obra del armador holandés Frans Maas.

Desde entonces, cada lugar que visitan es objeto de fotos para subir a su blog (brederveld.com/blog). Averías, comidas y descubrimientos inusuales se recopilan en ese cuaderno de bitácora online que actualizan continuamente. "Para unos pensionistas como nosotros, este es el viaje de nuestras vidas y queremos recordarlo todo", afirman ambos.

Ahora, con valentía, esperan afrontar esos meses de viajes sin descanso a la sombra de sus velas.

A la sombra de sus velas
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