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JOSÉ LUIS CASERO: "DORMIR MENOS NO NOS HACE MÁS DIVERTIDOS SINO MÁS CANSADOS Y MENOS PRODUCTIVOS"

Huso bélico para el siglo XXI

España dejó de regirse por Greenwich en los 40 al adoptar Franco la hora de la Alemania nazi. El país llega tarde a la adaptación a su meridiano natural y al debate sobre la racionalización

Es posible que sus familiares de mayor edad, quizás su abuelo, consideren la una como la hora ideal del almuerzo, que se acuesten con las gallinas, que contemplen con estupefacción sus salidas a las nueve de la noche para ir de vinos sin cenar, y que nunca logre entender sus horarios de entrada y salida del trabajo. Es posible que toda la familia achaque toda esa incomprensión a la edad y es muy probable que se equivoquen.

Su abuelo tiene un horario europeo, infinitamente más común en el continente que el suyo. Es el suyo la excepción, es el español el único, el que no coincide con ningún país del continente, ni siquiera con aquellos a los que se atribuye un parecido muy claro. En Italia no se come a las dos y media, sino a la una. Los portugueses no reservan mesa para cenar a las once y media porque la cocina está ya cerrada para entonces. 

Son precisamente las generaciones de españoles más viejos los que vivieron a otro ritmo, justo el que muchos quieren recuperar ahora. Hasta los años 40 España se regía por el huso de su meridiano natural, de aquel en el que se encuentra si se observa cualquier mapa: el de Greenwich. En la Segunda Guerra Mundial, Franco decidió que los relojes españoles se adelantaran una hora para adecuarse al meridiano de Berlín, el que regía la hora de centroeuropa, incluida la Alemania nazi. Era la hora que Hitler había impuesto en todos los territorios ocupados y, aunque España era neutral, la adoptó dócilmente. La medida se iba a deshacer después, pero tal cosa nunca ocurrió. Al contrario de muchas decisiones franquistas, desde nombramiento de calles hasta levantamiento de estatuas, esa no se echó abajo y España convirtió en permanente una hora que no se corresponde con su luz solar.

El meridiano de Greenwich pasa por Castellón, dejando a toda la península al oeste. De hecho, Galicia, al estar en la parte más occidental de la península, podría incluso acogerse al siguiente meridiano. En realidad, es como si durante el invierno los relojes de los gallegos estuvieran dos horas adelantados a la luz solar. En la actualidad, en España, cuando el sol se encuentra en su punto más alto, las manecillas no marcan las 12.00 horas, sino las 13.30. Sin cambiar ni un ápice, guiándose por los ritmos ya establecidos y sin mirar el reloj, con el mero hecho de hacer que España se rigiese por el meridiano de Greenwich se pasaría a cumplir con el horario europeo. La comida, rito que los españoles suelen cumplir de dos a tres, se haría entre las una y las dos. Lo mismo pasaría con la cena.

Como este es el clásico dilema del huevo y la gallina resulta complicado saber si fue el cambio de huso lo que implicó la modificación de usos o si esos hábitos hubieran cambiado igualmente. Pero lo hicieron y se revela en todo, a todo llega tarde España. Se entra más tarde a trabajar, el prime time televisivo empieza más tarde, los comercios y bares abren hasta más tarde, se va a la cama más tarde. La economía también llega tarde a los ránkings de productividad y el propio país llega tarde al debate sobre conciliación, un proceso que se fue abriendo en Europa de norte a sur.

Pocas empresas se rigen ya por los llamados horarios racionales y pocos trabajadores tienen opciones para elegir la jornada que más les conviene y les permite mantener cierto equilibro entre su trabajo y la dedicación a su vida personal. La situación es complicada para muchos pero muy especialmente para las personas con hijos a su cargo, sin pareja y sin red familiar cercana. En ese caso, cuadrar jornada laboral y cuidado familiar es encaje de bolillos.

El caso de María del Carmen Muruais es un ejemplo claro. Tiene cuatro hijos, de 15, 12, 9 y 8, que cuida sola. Trabaja para varias empresas de limpieza y ruega para que sus hijos no caigan enfermos, una posibilidad que desmoronaría su precarísimo equilibrio diario. La conciliación real es casi un sueño y solo pide tener "horarios flexibles". Esa posibilidad ya supondría un verdadero cambio para ella.

Huso bélico para el siglo XXI
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