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El tercer golpe

"La mesa adecuada quedó libre y pense que la noche llegaba con un golpe de suerte"

DESEMPAÑÉ las gafas y vi su bufanda roja al fondo. Quise ver más, pero el pelo le tapaba la cara, dejando asomar una nariz arqueada y elegante. Sujetaba una Vedett, mientras escuchaba a un amigo sentado enfrente. Una música electrónica amortiguaba las conversaciones, afuera nevaba y el último tranvía se llevaba los ruidos del día. La mesa adecuada quedó libre y pensé que la noche llegaba con un golpe de suerte.

Jesús nos aburría con su despido en la Seat y Jose le escuchaba o, como yo, sólo fingía, adivinando que mi atención estaba en otro lado. El chico de la bufanda parecía concentrado, como si algo serio estuviese en juego. Pese al murmullo de conversaciones oí que hablaban de un festival en Rennes. Entonces, encontré la manera. «Sabéis, creo que empiezo a distinguir el acento francés del belga», interrumpí a Jesús, soltando cebo. Me respondió con una carcajada. Aquello iba bien. «Estos chicos de aquí al lado», susurré. «Les he escuchado, diría que son franceses». «¡Venga ya!» se mofó, y con desparpajo catalán se giró para preguntárselo, animado con la idea de dejarme en evidencia. «Oui!», contestó el amigo. Mi suerte continuaba. Sospechando la trampa, Jesús me miró molesto, pero para entonces, ya me había alejado bajo aquella mata de pelo negro.

Tardé dos Vedett en saber que se llamaba Gaëtan, y hubo que cambiar el Fontainas por el Belga para encontrar un lugar a salvo de Jesús. Tenía la piel blanca como el pan y me fascinaba ese corte en medio de la nariz, una ranura en la que deslizar una moneda. Me habló del taller de su padre en Nantes, de ese chico español que le besó en una carrera ciclista, y del piso alquilado frente a la Parvis, por momentos me perdía y entendía palabras sueltas, pero me gustaban esos ojos brillantes de catarro y quería quitarle la bufanda y pedir otra cerveza. Mi segundo golpe de suerte fue mi francés, tan terrible que debía hablarme al oído. De pronto, alguien se abría camino a la barra, y le empujaba. Entonces, notaba su olor a nieve, y el tacto frágil de los momentos bellos.

Al salir, su amigo esperaba en un portal. Los otros se habían ido. Gaëtan cogió mi móvil, escribió su número y lo deslizó en mi abrigo. Se anudó la bufanda, y se marcharon. En el Noctis, recibí el tercer golpe, y no fue de suerte. Aquel Nokia comprado en Matonge no había grabado y, jurando contra todas las tiendas del barrio africano, me sentí estúpido por creer que la felicidad podía ser tan fácil. Bebí la última mirando la torre de Albert, muerto de frío y lamentando que la bufanda, la nieve y esa nariz se quedasen en un principio. Pensé que quizá las únicas historias perfectas son las incompletas. No quería dormirme. Dormir sería dejar que llegase mañana y mañana aquello sería sólo algo que pasó, algo tan sencillo que se podría contar con palabras. Aguantando el sueño, pensaba en ese tercer golpe, sin imaginar que la suerte no me había fallado, sólo se retrasaba y muy pronto vendría para quitarme el derecho a ser yo quien se inventase los finales.

El tercer golpe
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