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Cristina Casal: "Los alumnos muy responsables son los que más sufren"

Cristina Casal, psiquiatra. SEBAS SENANDE
Cristina Casal, psiquiatra. SEBAS SENANDE
Vómitos, trastornos del sueño e incluso crisis de angustia están entre las manifestaciones del estrés en los estudiantes.

Sus padres esperan mucho de ellos, sus profesores esperan mucho de ellos y ellos mismos han subido su listón de autoexigencia a lo más alto. En estos momentos, los alumnos lucenses de segundo de bachillerato, cuyo futuro se empezará a decidir en las pruebas de Abau que se celebran entre el martes y el jueves de la próxima semana, sienten un peso enorme sobre sus hombros. Y con solo 17 o 18 años no resulta fácil soportarlo. 

Ante una presión tan elevada, lo normal es sufrir ansiedad en mayor o menor grado, y alguna de las manifestaciones que la acompañan. "Los chicos pueden presentar vómitos, pérdida de apetito, trastornos del sueño e incluso crisis de pánico, con sensación de falta de aire y opresión en el pecho", explica la psiquiatra Cristina Casal, responsable en Lugo del Programa de Transición a la Vida Adulta del Sergas, que atiende a jóvenes de entre 16 y 21 años. Son síntomas que en algunos casos estarán limitados en el tiempo, pero que en otros permanecerán. 

Los perfiles más afectados son, tal y como matiza esta profesional, "los de los alumnos más responsables y preocupados. Aquellos que quieren enfocar sus estudios a una carrera determinada y sienten que hay muchas expectativas depositadas en ellos". Ese es el tipo de jóvenes que más habitualmente sufre estos problemas, ya sea en secundaria o durante sus estudios superiores: "Sí, es algo que le pasa con frecuencia a los estudiantes con muy buenas notas. La inmadurez propia de estas edades ayuda a que sea así, porque tienden a pensar que es todo o nada. No solo vale sacar un diez en un examen, pero en muchos casos aún no han adquirido las estrategias mentales necesarias para flexibilizar las cosas". 

La demanda de atención psiquiátrica para adolescentes no ha dejado de crecer desde septiembre

La flexibilidad mental la otorga la experiencia y estos chicos "no son niños, pero tampoco adultos. La adolescencia es una etapa complicada, de cambios. Es un momento de transición, inestable... y eso los hace muy vulnerables". 

Por si la presión que ejerce el sistema educativo y la revolución hormonal no fuesen suficientes, este año los jóvenes también deben hacer frente al escenario dibujado por la pandemia. Un entorno que para esta franja poblacional es claramente hostil, según confirma Cristina Casal, "los chicos, digamos desde los 13 años, han llevado mucho mejor el confinamiento que la vuelta a la normalidad. Ellos necesitan ir alejándose de sus familias y estar con su grupo de amigos para definirse, y eso ha sido muy complicado. Están en la edad de buscar parejas, de compartirlo todo con sus iguales... y no han podido". 

Esta situación ha tenido una repercusión clara: desde septiembre u octubre, Cristina Casal ha visto como crecía el número de sus pacientes, tanto en la sanidad pública como en la privada. "Creo que todos los profesionales hemos percibido este aumento de la demanda asistencial. Nos han llegado, sobre todo, casos de trastornos alimentarios, porque cuando no pueden manejar lo que pasa a su alrededor, una de las formas que los chicos encuentran para tomar el control es hacerlo sobre su peso, sobre lo que comen. También hemos visto más gestos autolíticos, incluyendo en este concepto desde autolesiones a intentos de sucidio. Pero era algo totalmente esperable, porque vivir una situación estresante como la que hemos soportado este año acaba por afectar a todos los niveles". 

La pandemia debería hacer reflexionar y cambiar un poco los objetivos educativos

El covid no ha hecho más que magnificar una tendencia que se venía observando claramente en los últimos años: el aumento de la demanda de atención psiquiátrica en estos grupos de edad. "Esto solo es un reflejo de como ha evolucionado la sociedad –alega Cristina Casal–. Las exigencias se han multiplicado en todos los niveles y al mismo tiempo hay una superprotección en las familias". 

La solución, en casa, pasa por "estar ahí, saber escucharlos y mostrarse sensibles a lo que les pasa pero, al mismo tiempo, no resolvérselo todo. Hay que prestarles atención y orientarlos, pero no dárselo todo hecho ni hacerles creer que las cosas siempre les van a salir bien. Los padres también tienen que entender que hay que respetar su intimidad, pero sin dejar de estar pendientes de los riesgos que puedan correr, y que los adolescentes necesitan límites y que debemos ponérselos". 

La psiquiatra también aprovecha para proponer una reflexión sobre el sistema educativo: "Estaría bien cambiar un poco los objetivos de enseñanza y darse cuenta, sobre todo después de una situación como la que hemos vivido, que no solo importan los resultados académicos. Los jóvenes están haciendo un aprendizaje de vida, y lo que esta les va a exigir es que sean capaces de afrontar retos y dificultades".

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