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Lo que el covid nos ha enseñado en nueve meses

Enfermera realizando una prueba de covid. JORGE PETEIRO (EFE)
Enfermera realizando una prueba de covid. JORGE PETEIRO (EFE)
Esta crisis sanitaria comenzó desechando la importancia de las mascarillas, con solo un tipo de pruebas diagnósticas y limitando los síntomas diferenciales a solo tres

Las incógnitas sobre el covid-19 siguen siendo muchas pero otras se han ido despejando por el camino. El esfuerzo colectivo por conocer, prevenir y tratar esta nueva enfermedad, con la gradual incorporación de evidencia científica, ha dado la vuelta en los últimos meses a algunas creencias que se tenían inicialmente. No serán las últimas, pero por el momento esta selección muestra algunas de las cosas que se asumieron y que se han ido descartando, modificando o afinando.

1. Contagio ▶ Del contacto de superficies a los aerosoles

Inicialmente se creía que las vías de contagio del nuevo coronavirus eran dos. Una, la de las gotas, que expulsamos al toser, hablar, estornudar... y que podrían alcanzar a otra persona que se encontrara a menos de dos metros de distancia; de ahí la insistencia en mantener esa medida de seguridad, porque en un contacto más próximo las gotas caerían al suelo por su peso. Otra vía de transmisión era la del contacto de superficies, tocar algún elemento en el que hubiera presencia del virus (una mesa después de que alguien haya estornudado, el móvil que ha estado usando un enfermo...) y llevarse después la mano a boca, ojos o nariz. Con el tiempo esa segunda vía se ha probado plausible pero poco probable. En julio el Lancet publicaba un estudio que concluía que las posibilidades de que se produjera transmisión por esa vía eran muy pequeñas en la vida real. Sin embargo, ya en los primeros meses de la pandemia se sumó otra vía: la de los aerosoles, gotitas minúsculas que expulsamos al respirar o hablar, tan pequeñas que pueden quedar flotando en el aire durante horas. Esta es una vía de transmisión reconocida y confirmada, ya no se duda de que el covid-19 se pueda contagiar así pero sigue habiendo cierta división entre la comunidad científica sobre qué peso otorgarle. Para muchos, es la principal; es decir que la mayoría de casos se contagian de esta manera y sería lo único que explicaría, por ejemplo, eventos de superpropagación. Para otros, aún admitiéndola, sigue siendo secundaria. No cabe duda de su importancia y la recomendación de ventilar es más constante que la de desinfección de superficies.

2. Afección ▶ De enfermedad respiratoria a más secuelas

Inicialmente se creía que el covid-19 era una enfermedad que afectaba casi en exclusiva al sistema respiratorio. Los pacientes graves desarrollaban neumonías bilaterales que, si se complicaban, podían requerir de la atención en Uci. Pronto se empezó a ver que en esos casos se desataba una respuesta inflamatoria tal que, en realidad, tenía muy variadas consecuencias. Se detectaron problemas cardiológicos, vasculares, digestivos o neurológicos. Por tanto, sigue considerándose una enfermedad eminentemente respiratoria pero se tiene claro que su afectación va más alla.

3. Síntomas ▶ De tres definitorios a un ramillete

Al comienzo de la pandemia se consideraban síntomas de covid-19 tres y solo esos tres: fiebre, tos seca y dolor de garganta. Con el tiempo se han ido reconociendo muchos otros y, hoy en día, la lista muestra un ramillete variado de manifestaciones. Se siguen considerando diferenciales algunos como la pérdida de gusto y olfato, pero también se sospecha de covid, por ejemplo, a una persona con diarrea y fiebre. Se popularizaron cuadros que mostraban cómo distinguir covid-19, gripe y catarro común en función de si se tenía fiebre o febrícula, tos seca o productiva, congestión y estornudos o dolor de pecho y de garganta. Hoy se tiene claro que son inútiles, hay casos de covid con mocos, con congestión y sin fiebre o febrícula.

4. Aislamiento ▶ De 14 a 10 días y seguirá revisándose

El período de aislamiento —el tiempo que debe permanecer un caso positivo en su domicilio y sin contacto con otra gente— comenzó siendo de 14 días. Desde el momento en el que se iniciaban los síntomas y hasta que se estimaba que esa persona ya no podía contagiar a otras tenían que pasar dos semanas. Sin embargo, cuando no se pudo encontrar virus vivo, es decir aún con capacidad infectiva, en ningún paciente pasados nueve días esas medidas se empezaron a cuestionar. Diferentes estudios muestran que es dos días antes del inicio de síntomas y cinco días después cuando una persona infectada es más contagiosa. A consecuencia de eso, Francia redujo el aislamiento obligatorio de los positivos de 14 a 7 días. En España se pasó de 14 a 10. Estados Unidos y Alemania estudian la posibilidad de reducirlo a solo 5. Se cree que sería una medida positiva para la economía y que además favorece el cumplimiento porque cuando los pacientes empiezan a encontrarse mejor tienden a romper el aislamiento y salir de casa.

5. Tratamiento ▶ De la hidroxicloroquina a corticoides

Una nueva enfermedad obliga a los médicos a trabajar con estudios preliminares, percepciones y conclusiones sacadas de la observación propia y la de colegas. Con el tiempo, ciencia más robusta las confirma o desmiente. En este caso, hay fármacos que se quedaron en el camino porque no aportaban ningún valor añadido aunque en su momento ocuparon esperanzados titulares. Por ejemplo, la hidroxicloroquina, principio activo de un antipalúdico del que Trump cantó mil alabanzas, que centró un escándalo en una revista de indudable prestigio y que se usó de forma generalizada en todo el mundo, ya no se administra. Tampoco la imervectiva, otro antipalúdico o la azitromicina, un antibiótico al que se suele recurrir ante otras neumonías víricas, por ejemplo las de la gripe, para evitar que, sumada a esa, se dé otra bacteriana. Efectiva en la gripe, no se considera que haga el mismo papel en la infección por este nuevo coronavirus.

El cambio más importante es el de la administración de corticoides a los pacientes graves, aquellos que ingresan con neumonía bilateral. En el caso del Hula se empezaron a administrar bastante pronto porque el equipo covid consideró, a tenor de su experiencia y la de otros colegas, que podría ayudar a contener la desproporcionada respuesta inflamatoria que se observaba en esos casos. Las dudas sobre su conveniencia se basaban entonces en que, en el caso de otras neumonías víricas como la de la gripe, podían resultar perjudiciales. Hoy se han probado eficaces y se administran tanto en los hospitales como en las residencias de ancianos. También se da desde el inicio del ingreso —y en el caso de pacientes no hospitalizados pero considerados de riesgo— heparina para reducir el riesgo trombolítico. A los pacientes en unidades de críticos se les coloca en prono (boca abajo), algo que tampoco se hacía inicialmente, porque mejora su ventilación.

6. Mascarilla ▶ Del no hace falta al siempre en público

Las recomendaciones sobre el uso de la mascarilla quizás sean las que más claramente han dado un giro; es decir, se ha pasado a decir exactamente lo contrario de lo que se decía. Inicialmente, el mensaje era que no era preciso su uso, que resultaba innecesario. Se mantuvo así mientras había escasez, que fue al principio muy evidente, con farmacias llenas de carteles de que no había mascarillas disponibles y constantes quejas de sanitarios que no tenían forma de protegerse ante la escasez de medios. Se empezaron a ver algunas caseras, se reutilizaban mucho más allá del período recomendado de uso y hasta se llegaron a confeccionar batas con bolsas de basura. Ahora la mascarilla es obligatoria para su uso en público y, en entornos sanitarios, es necesario que sea, como mínimo, quirúrgica, obligando a desechar las de tela en ese ámbito porque no se tiene claro si su capacidad de filtración está asegurada.

7. Capacidad ▶ Del contagian todos a la superpropagación

Inicialmente se creía que todos los infectados contagiaban a otros de forma homogénea, en la misma proporción. Sin embargo, se ha comprobado que no es así y que una elevada proporción de positivos no transmiten el virus a nadie, mientras que pocos individuos son responsables de decenas y decenas de casos. Son los llamados superpropagadores y los focos donde se producen esos brotes, eventos de superpropagación. Se dan cuando coinciden varias circunstancias: una elevada capacidad para contagiar porque esa persona emite más carga vírica que otros infectados, un evento concurrido preferentemente en un sitio cerrado y mal ventilado y que esa cita tenga lugar dentro de la ventana de infección del caso índice.

Otro cambio con respecto a la capacidad infectiva se produjo con los niños pequeños. Fueron considerados como vectores de contagio, pero ha resultado que, en realidad, tienen poca capacidad de infectar a otros y, de hecho, el sentido del contagio suele ser de adulto a niño y no al revés.

8. Asintomáticos ▶ De no infectar a ser pieza clave

La razón por la que al inicio de la pandemia se sopesó la posibilidad de que solo las personas con síntomas fueran capaces de transmitir la enfermedad fue que eso era lo que había pasado con el SARS (siglas en inglés para síndrome respiratorio agudo severo), enfermedad provocada por otro coronavirus, primo hermano del que nos ocupa, el SaR-Cov1. Pronto se observó que no era así y que, de hecho, como ocurre en otras enfermedades infecciosas, son los asintomáticos los que más contribuyen a extenderla porque, al no verse enfermos, hacen vida normal con sus contactos habituales. Ahora los cribados tienen como objeto encontrar a asintomáticos precisamente por ese motivo.

9. Pruebas ▶ De solo PCR a la rapidez de los antígenos

La prueba diagnóstica por excelencia del covid-19 sigue siendo la PCR, pero ya no es la única sensible y específica. Inicialmente la capacidad era tan limitada con respecto a la abrumadora demanda que se seleccionaba mucho a los pacientes a los que se le pedía y fue preciso reclamar ayuda a laboratorios fuera de los hospitales. Ahora la capacidad diagnóstica se ha multiplicado y, además, se ha añadido la posibilidad de hacer un test rápido y eficaz a los pacientes con síntomas, que es el de antígenos. Los que se utilizan en la actualidad no tienen nada que ver con los primeros que llegaron, una partida completamente defectuosa con una fiabilidad tan baja que no se pudieron usar. Los de ahora son tan sensibles como una PCR si se hacen en los primeros cinco días de síntomas del caso sospechoso, permiten conocer el resultado en 15 minutos y eliminan la dependencia del laboratorio. El siguiente paso será una prueba igual de rápida y fiable que no exija una muestra nasofaríngea para que no sea precisa la intervención de personal sanitario para recogerla.

10. Vacunas ▶ De una larga espera a tenerla en meses

La vacuna que se logró desarrollar en menos tiempo hasta ahora fue la de las paperas y tardó cuatro años. Pese a los anuncios esperanzados de muchos políticos sobre la del covid la comunidad científica era más contenida, aún siendo conocedora del impresionante esfuerzo colectivo que se estaba haciendo, del presupuesto, de la predisposición a aligerar la burocracia y, sobre todo, del trabajo investigador contra reloj. Finalmente queda claro que se contará con más de una vacuna en menos de un año, un hito sin precedentes, aunque se tardará tiempo en que haya suficiente población a la que se le haya administrado como para asumir que se cuenta con inmunidad de grupo.

Lo que el covid nos ha enseñado en nueve meses
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