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La otra vida de los árboles

Manuel Arias, con algunas de sus piezas en su hogar de Foilebar. PORTO
Manuel Arias, con algunas de sus piezas en su hogar de Foilebar. PORTO
A sus 89 años, Manuel Arias Olmo da una segunda vida a los restos de robles o castaños que encuentra en sus paseos por O Incio. Estos acaban convertidos en relojes. Sus formas son un capricho de la naturaleza, lo que hace de ellos piezas "únicas"

PASEANDO POR el campo Manuel Arias Olmo encontró su afición e inspiración. A sus 89 años (cumple 90 en unos días), crea relojes, entre otras piezas, con restos de árboles, que, gracias a este vecino de Lama Redonda, en la parroquia de Foilebar (O Incio), tienen otra existencia.

Una buena parte de su vida estuvo ligada al mundo de la madera y continúa así tras su jubilación. Todo comenzó hace más de doce años, cuando un día fue a recoger castañas. "Vin os restos dunha árbore e dixen que de aí se facía un reloxo", recuerda. De esta forma empezó a montar los primeros relojes -sus principales obras-, pero también alguna percha, espejos, ceniceros o mesas.

Son piezas "únicas", pues nunca se encuentran dos trozos de madera idénticos. "Pódense facer 50 portas iguais, pero un reloxo é único. Nunca hai outro igual e chaman moito a atención", cuenta el octogenario. Trabaja principalmente con roble y castaño, "os máis bonitos e do que hai máis aquí". Para él, "onde hai a madeira máis vella é o máis bonito, canto máis feos son os restos máis bonitas serán despois as pezas".

Las formas que les da la naturaleza son caprichosas. No hay más que ver un resto que acabó convertido en cenicero, el cual parece estar envuelto por una serpiente. Recuerda también un reloj con forma de jabalí y otro que parece tener un perro. "Teñen a forma que ten o madeiro, eu non lles fago a forma. Son formas que me gustan", apunta el octogenario, quien conserva con cariño estas piezas especiales.

Encontrarse estos restos de árboles es "unha casualidade, onde menos o penses hai unha, é a natureza a que fai esas cousas". Nunca sale exclusivamente a buscarlas. Las halla cuando, por ejemplo, va de caza o a pasear. "Sempre que vexo un madeiro que me gusta o levo para a casa", añade este inciense.

Para él crear relojes es una "distracción", por lo que algunos días puede dedicarle dos horas y otros nada. "Paso máis de gana facendo isto que botando a partida no bar", dice entre risas.

Dar vida a una de estas piezas lleva su tiempo y la edad no es un impedimento. El primer paso es "cocelas unhas dúas horas para quitarlle a cáscara". Tras dejarlas secas, les retira con paciencia la cáscara, las prepara y barniza. La esfera del reloj es elaborada con piedra, en la que dibuja los números e instala el mecanismo. Los de pequeño tamaño los acaba "enseguida", pero los de mayores dimensiones pueden llevarle "dous días". Ahora mismo se encuentra preparando un reloj de campana, en el que lleva invertido horas y poco a poco le da vida.

Una parte de sus trabajos se pueden ver año tras año en la Feira de Artesanía e Etnografía de O Incio, en la que participa desde su primera edición. Es la "única" a la que asiste para exponer sus obras, aunque "téñenme chamado doutras e non vou".

El octogenario realizó ya decenas y decenas de trabajos, las cuales acaban en manos de familiares y amigos. Asegura que algunas no las da por ser especiales, pues son "recordos" que quedarán para sus descendientes. Unos recuerdos únicos en los que Manuel Arias deja grabada su huella.

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