Las múltiples causas de la disfagia que afectan a la deglución

La disfagia es una patología que tiene graves consecuencias sobre la capacidad de nutrición e hidratación del paciente siendo este un trastorno de la deglución que afecta al 8% de los españoles
Dos personas comen una ración de pulpo. AEP
photo_camera Dos personas comen una ración de pulpo. AEP

El próximo martes 12 se celebrará el Día Mundial de la Disfagia, un trastorno de la deglución y la alimentación que afecta al 8% de la población española. La disfagia tiene graves consecuencias sobre la capacidad de nutrición e hidratación del paciente, su salud general y calidad de vida.

Dos grandes grupos

La dificultad para tragar alimentos, e incluso la propia saliva, se cataloga en dos grandes grupos:

Disfagia orofaríngea, cuando el problema en la deglución se sitúa a nivel cervical y ocurre inmediatamente después de la ingesta del alimento. Se debe a enfermedades que afectan a la hipofaringe y a la parte superior del esófago, impidiendo la deglución, con lo que el bolo puede ingresar en la tráquea o en la nariz. Con frecuencia se da a causa de enfermedades que afectan al sistema nervioso central, como meningitis, encefalitis, alzhéimer, párkinson o esclerosis lateral amiotrófica (Ela). También a neuropatías periféricas, neoplasias, lesiones locales inflamatorias (abscesos) o por comprensión extrínseca (bocio).

Disfagia esofágica. En este caso, la dificultad se presenta para hacer llegar el alimento desde la faringe hasta la cavidad gástrica. Sus principales causas son espasmo esofágico difuso, estenosis péptica o anillo de Shazki.

Indicadores de la disfagia

Algunas de las señales y síntomas que alertan sobre la presencia de este trastorno son:

Babeo excesivo.

—Problemas al masticar y deglutir.

—Expulsar la comida de la boca por falta de control de la lengua.

—Escupir o rechazar la comida

—Un aumento del tiempo empleado en alimentarse, además del esfuerzo que supone, hasta ocasionar fatiga.

—Dificultad para controlar cualquier tipo de alimento.

—Infecciones respiratorias recurrentes y cambios en la respiración durante la alimentación.

—Signos de aspiración (ahogo, tos, atragantamiento…).

—Sensibilidad de contacto aumentada dentro o alrededor de la boca e intolerancia a ciertas texturas.

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