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La familia de la Escuela Hogar de Chantada

Un grupo de internos de la Escuela Hogar de Chantada, con una de las monjas. EP
Un grupo de internos de la Escuela Hogar de Chantada, con una de las monjas. EP

Compañeros de las Mercedarias se reúnen el día 22 en una comida para recordar su infancia en este internado de Chantada

LUGO. Pasaron una buena parte de su infancia en un internado y, en muchos casos, lejos de sus padres y de su casa. Sin embargo, muchos de ellos guardan un recuerdo feliz de su estancia en el internado regentado por las Hermanas Mercedarias de la Caridad en Chantada, más conocido en aquellos tiempos -finales de los 60 y principios de los 70- como la Escuela Hogar.

Casi medio siglo después, varios de estos niños y niñas se volverán a ver el próximo día 22, en una comida que se celebrará, a partir de las dos y media, en el mesón A Veiga, en Chantada. Muchos saldrán desde Lugo, para lo que ya tienen autobús concertado.

Teresa Carballido fue una de las niñas que vivía en el internado. En su caso, estuvo allí desde primero de EGB hasta COU.

Muchos de los niños eran de A Fonsagrada, de aldeas de lejos de la escuela. Por eso, sus padres decidieron enviarlos a Chantada

«Aquello era como una pensión, solo íbamos a comer y a dormir. Estudiábamos en el colegio público de Chantada y pasábamos allí todo el año, desde septiembre hasta junio. Solo íbamos a casa en navidades, carnavales, Semana Santa y en verano», afirma Teresa, que llegó a Chantada procedente de Piñeira, una aldea de A Fonsagrada.

Muchos de los niños que vivían en el internado de Chantada procedían de A Fonsagrada y de Castroverde. Recaían allí porque, entonces, todavía no había transporte e ir a la escuela suponía un recorrido, en algunos casos, de 2 kilómetros diarios por caminos intransitables.

«De Piñeira, hubo años que vinieron diez o doce niños a Chantada. Pero aún eran más los niños que venían de otra parroquia, de Carballido, que llegaron a ser veinte. Nosotros fuimos para allí porque había una maestra de Chantada que estaba destinada en A Fonsagrada y fue la que nos informó, pero también había en el internado gente de Taboada, de la misma Chantada, Ourense, Monterroso o Palas, por poner un ejemplo», cuenta.

Teresa pasó doce años en la Escuela Hogar, cuya estancia era gratuita. «Solo teníamos que pagar el material escolar, pero nada más», detalla.

Mary-Fe Abuide vivió menos tiempo que Teresa en el internado: solo dos años. Con ella, estaban sus dos hermanas, que estuvieron tres años y un año. Las tres niñas eran de Castroverde y recayeron en la Escuela Hogar de Chantada porque sus padres marcharon a la emigración.

«La verdad es que no sufrí para nada esta separación. En aquella época, no era consciente de la separación de mis padres y mis recuerdos son todos positivos. Me sentía allí como en casa. Seguíamos una rutina pero no eran unas monjas muy estrictas. Eran jóvenes, tendrían unos 20 años y jugaban con nosotras al brilé. Los fines de semana nos daban 5 pesetas para comprar chuches y pipas y los domingos íbamos a un bar donde había máquinas recreativas. A veces, también nos llevaban las monjas de paseo», afirma Mary-Fe.

Las niñas estaban divididas en dos grupos: las mayores y las pequeñas. En el grupo de las mayores había dieciséis camas distribuidas en literas. También había otras dos habitaciones para niños.

«Éramos ciento y pico. Solo veíamos la televisión los sábados o cuando hacía mal tiempo. Jugábamos, estudiábamos y también ayudábamos a recoger la mesa o en la lavandería el fin de semana, que era cuando se lavaba la ropa. Sor Margarita nos ayudaba en las horas de estudio. La verdad es que eran unas monjas muy progresistas y nos contaban muchas cosas de la vida», recuerda.

En otros casos, la estancia en la Escuela Hogar dio pie a una futura relación de pareja. Eso les ocurrió a Elena Ferreiro y Gustavo Fernández. Ambos se conocieron en el internado pero no se hicieron novios hasta que él se vino de la mili. Ahora llevan ya años casados.

«Hacíamos muchas trastadas. Nos escapábamos para ir a fiestas o salir a Chantada a comprar algo. Las monjas, como castigo, nos levantaban muy temprano, a las siete y media, para ir a misa; nos obligaban a estar en el patio hasta el desayuno o también nos imponían más horas de estudio. Yo estuve cuatro años. Mi marido, cinco. Los dos tenemos grandes recuerdos», apunta Elena.

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