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Yo quiero ser... como mamá y papá

Juan José López y Amira (izquierda) y José Manuel Fernández y Natalia. Foto: PEPE TEJERO
Juan José López y Amira (izquierda) y José Manuel Fernández y Natalia. Foto: PEPE TEJERO

SE LEVANTA EL telón en un día cualquiera de la vida de Marga Portomeñe y huele a teatro por todos los rincones. Tanto en sus obligaciones con Achádego, como con sus alumnos… o con sus hijas, Claudia y Sofía; ellas, como su madre, también quieren ser actrices. Con 9 y 6 años ya apuntan maneras. Las niñas nacieron casi pisando un escenario y se desenvuelven con una soltura impropia para su edad. A Marga le recuerdan a ella con sus mismos años. Ya entonces escribía sus propios guiones y representaba obras teatrales para su abuela y sus amigas. Ahora, ellas hacen lo mismo, y cualquiera que cruce el umbral de la puerta de su casa es susceptible de convertirse en su público.

Claudia, la mayor, ya ha interpretado sus primeros papeles en Achádego y también colabora con los grupos teatrales escolares que ha puesto en marcha su madre. A esta se le iluminan los ojos y con orgullo murmura: «Son capaces de meterse en cualquier papel». Sofía también sigue los pasos de su hermana.

En la vida de Marga, el teatro comparte espacio con la familia. Cuando se sube a un escenario, en primera fila, Claudia y Sofía disfrutan, y al mismo tiempo toman not ella su madre y no le pasan ni una, pero, por encima de todo, la admiran. Marga les ha enseñado todo lo que saben de este mundo.

Y aunque aún son muy pequeñas para decidir sobre su futuro, lo de ser actrices ya se les pasa por la cabeza, igual que le ocurrió a Marga. Un día así se lo confesó a sus padres. «Quiero ir a estudiar Arte Dramático a Madrid», les dijo, pero ellos no lo entendieron y terminó cursando Graduado Social en Santiago. Antes, el instituto había sido su mejor escuela. En el mismo centro en el que Luis Tosar y Jorge Coira hacían también sus primeros pinitos. Poco a poco, y casi sin saberlo, se estaba forjando la carrera que iba a marcar su futuro.

Ahora toca bajar el telón. La historia de esta familia sigue escribiéndose día a día. Alberto, el marido de Marga, también se ha unido al grupo de actrices y ya no es la primera vez que pisa un escenario. Su mujer se lo ha advertido: «¡Cuidado!, que lo del teatro engancha».

EL TATAMI

A Amira y a Natalia les ocurre lo mismo que a Claudia y a Sofía, pero con un decorado distinto. Ellas no han nacido sobre un escenario, pero casi sobre un tatami. Cuando tenían dos años el wushu se abrió ante ellas, y desde entonces no lo han abandonado. La historia volvía a repetirse. Sus padres, Juan José López y José Manuel Fernández, también se conocieron en un gimnasio, siendo niños. Ambos practicaban artes marciales y ya entonces decidieron que sus vidas profesionales iban a correr paralelas. Y así fue, hoy regentan un gimnasio en el que Amira y Natalia entrenan duro.

Con tan solo 5 años, Amira ya es cinturón marrón y campeona gallega de su categoría. «¡Quiero ser igual que mi padre!», dice orgullosa. Natalia marcha unos pasos por delante porque tiene cuatro años más. Se desliza por el tatami con una soltura excepcional y ya echa una mano en las clases de pre-wushu. Está orgullosa y ve en su padre el espejo en el que reflejarse.

A Juan José se le llena la boca de orgullo cuando se trata de hablar de los logros de Amira: con seis meses aprendió a nadar y al poco de dar sus primeros pasos ya estaba patinando y esquiando. Con un currículum así, está casi todo dicho.

Día a día, los cuatro, sobre el tatami, solo necesitan mirarse para darse cuenta que el wushu forma parte de sus vidas. A Natalia y a Amira les va como anillo al dedo el dicho de «de tal palo, tal astilla».

SAGA DE HOSTELEROS

A Cayetana García también le corre por las venas ese espíritu de hosteleros emprendedores que movió, primero a su abuelo y después a su padre, a alimentar un negocio familiar en el que ha crecido la pequeña. El Mesón de Alberto es el buque insignia en el que, indirectamente, conviven ahora tres generaciones.

Cayetana sale con rapidez del colegio porque ya es hora de merendar y tiene que atender su propia cafetería: Bifé. Instalada en la cocina de su casa, ella se transforma en una simpática camarera que se hace llamar Laura. Sus clientes más especiales, sus padres, son atendidos con auténtica profesionalidad. Cayetana toma nota y rápidamente les sirve con diligencia. Alberto, su padre, está orgulloso, aunque no le preocupa si continúa o no esta afición, pues tampoco se trata de imponer nada a las nuevas generaciones. Otras veces, Cayetana juega a ser cocinera como su tío Koki. Aún tiene 5 años, pero Alberto recuerda como empezó él, muy niño, para poder tener su primer sueldo para sus gastos. Los caprichos tienen un coste y «está bien saber lo que cuesta ganar el dinero», aclara. Es una cuestión de educación.

Por el Mesón de Alberto, Cayetana, el orgullo de su abuelo, campa a sus anchas. Carta y libreta en mano, juega a ser mayor. Es lo que ha visto desde que era bien pequeña y ahora quiere imitarlo. Hay muchos años de trabajo detrás de este negocio, que esta saga de hosteleros han conseguido levantar y hacerse con un nombre en el sector. ¿Quién sabe si Cayetana formará parte de esa tercera generación que tome el testigo?

Yo quiero ser... como mamá y papá
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