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¿Y qué es el amor?

EN UNA ENTREVISTA ATÍPICA, con muy poquito alcohol sobre la mesa para mi gusto, Carlos Barragán me preguntó la semana pasada, de parte de un amigo, qué concepto general del amor manejaba alguien como yo. Lo miré fijamente, incrédulo, y a continuación estudié mi copa de ginebra, medio vacía. Esto es la hostia, pensé. Y me acordé del letrero que Frank Sinatra tenía en su casa, sobre la barra de bar que había mandado levantar para no sentirse un extraño en su propio hogar: «Don’t think, drink».

En ese instante, solo deseaba saber quién había sido el hijo de puta amigo mío que había sugerido esa pregunta. Tenía varios candidatos en la cabeza. Cualquiera de ellos es bien capaz de boicotearme una entrevista. Los quiero por eso. «Ese amigo mío, tendrá nombre, ¿verdad?», le dejé caer al periodista de Highway Magazine. Pero el muy cabrón se aferró a sus secretos como si fuesen esas monedas justas que has reunido buscando en los bolsillos y los cajones para comprar un paquete de tabaco con el que salvar el día.

«¿Mi concepto general del amor, dices?», repetí para ganar algo de tiempo. Calculé de memoria que necesitaría un año, tal vez año y medio, antes de encontrar una buena frase con la que sacudirme al entrevistador. Farfullé varias veces, como si fuese idiota, mientras buscaba a oscuras. Estaba tan sobrio, que me sentí un niño que se levanta a media noche con ganas de hacer pis y tantea las paredes en busca de la llave de luz, sin hallarla. «Claro, el amor, ya entiendo», dije para mí, sin entender una mierda. Por fin encontré la vía para salir del avispero diciendo que el amor, contra lo que pueda parecer, solo tiene sentido si en algún momento se acaba. Eso lo hace de verdad vibrante y hermoso. A medida que construía la respuesta en voz alta iba pensando qué opinarían en mi casa de esta doctrina, y si tendría la maleta en la puerta de casa al regreso. A mi lado, aferrado al vodka, estaba Rafa Cabeleira, que me observaba con pena, como diciendo «ojalá salgas de esta, chuliño, porque te tengo cariño».

El concepto general del amor me explotaba en las manos dos semanas después de que, desde Colombia, un periodista de Radio Caracol me pusiese en un brete aun mayor. «¿Somos el olvido que seremos?», me espetó para romper el hielo. Casi me caigo de la silla. Por fortuna, estaba de pie. Este tipo de preguntas me persiguen desde que empecé a publicar. Es una ruina. En el fondo, demuestran que cuando eres escritor, y además no eres nadie, todos los interrogantes imposibles van a caer a tu lado.

César Aira me contó que él tomó conciencia de su papel en la literatura a través de sus sucesivos encuentros con periodistas. Según su teoría, cuanto más importante resulta un novelista, o un poeta, más fáciles son las preguntas que la prensa plantea. Bajo esa lógica, la dificultad extrema se concentra en los comienzos de tu carrera literaria, cuando los periodistas desean testar tu solvencia, y si mereces o no el cartel de ‘escritor’, con preguntas como «¿somos el olvido que seremos?» o «¿qué concepto general del amor manejas?». Por no hablar de una pregunta fundacional, que me dictan cinco o seis veces al año, desde que lo hizo por primera vez Manuel Jabois, después de despachar dos copazos de gintónic: «¿Tallón, cómo ha influido la homosexualidad en tu obra?».

En el caso del novelista argentino, al principio era habitual que se encontrase con interpelaciones como «¿qué opinión le merece el estructuralismo?», o «¿qué influencia han ejercido en su narrativa las corrientes de pensamiento de los años 60?». Si yo fuese César Aira, y hubiesen transcurrido tres décadas desde estas preguntas, hoy estaría todavía farfullando, y tratando de ganar tiempo con muletillas del tipo «¿el estructuralismo, he entendido bien?», o «¿no vamos a servirnos otras copas antes de entrar en harina?».

El interés por el estructuralismo, y otras mierdas por el estilo, constituían una señal inequívoca de que la prensa de entonces tomaba a Aira por un joven don nadie. Sí, escribía novelas, pero como una forma de error casual, que más pronto que tarde se corregiría con el silencio. Pero César siguió escribiendo. Además poseía talento, de modo que fue inevitable que se le reconociese. ¿Cómo? Con preguntas más sencillas. Las entrevistas adquirieron otro cariz. Ahora debía responder a cosas como «¿escribe con ordenador o a bolígrafo?», «¿fuma cuando está ante la página?», y hablando de página, «¿tiene miedo a la página en blanco?» La cosa iba bien. Últimamente advierte que está entre los grandes de la literatura, después de que en una emisora una periodista española le preguntase: «¿Está casado o soltero?».

¿Y qué es el amor?
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