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Virginia Jato Pérez. La última de una hermandad lucense

El pasado día ocho del presente año nuevo fallecía, sin nunca estar enferma, en Santiago Virginia Jato Pérez a la edad de 103 años. Era la última de una familia numerosa de largo arraigo en la ciudad de Lugo. Nacida como sus doce hermanos en la localidad de Laxosa, guardó con fidelidad la memoria de los innumerables acontecimientos, anécdotas incluídas, que a las proles numerosas suelen ocurrirles.

No fueron pocos. Al comienzo del siglo XX las aldeas de Galicia estaban superpobladas de niños. Cuando adolescentes, algunos empiezan a pensar que la emigración es la única esperanza de mejorías. Tal fue el caso del mayor de los Jato, Ramón, que con quince años y sin maleta se embarca camino de Cuba. Por parejas, en pantalón corto y con dos docenas de chorizos como equipaje, le siguen sus cuatro hermanos. En Victoria de las Tunas (Cuba), los cinco, comandados por el ‘adelantado’, permanecen veinte años trabajando y ahorrando para volver a Laxosa con el firme propósito de mejorar la vida del resto de la tribu familiar. No se instalan en Laxosa sino en Lugo. Sucesivamente, pero todos a una, van creando empresas familiares a lo largo de la década de los años treinta. En el sector del comercio, por la cantidad y por la calidad, se convierten en una marca muy popular. Trece emprendedores, como se diría hoy, en una ciudad con muralla se hacen notar porque sí.

De todo ello, la más joven, Virginia, toma nota, establece su propio negocio. Admira a sus hermanos mayores, guarda con siete llaves las cartas llegadas de Victoria de las Tunas; por donde quiera que vaya cuenta a cuantos encuentra en el camino la historia de su familia; al cabo la de tantos gallegos como emigraron a las Américas en busca de mejor vida. Una historia que narra la vida de tantos y tantos niños que reflexionan sobre sí mismos, «Eu son Balbino, un neno da aldea, un ninguén coma quen di» (Neira Vilas), que les duele emigrar, «Deixo amigos por extraños,/ deixo á veiga pó-lo mar,/deixo, en fin, canto ben quero.../ ¡Quen pudera non deixar!» (Rosalía), que sueñan con retornos y opulencias, «volverán, deixan raíces na terra» (Castelao), para sí y los suyos.

Con la historia de su familia, Virginia nos ofrecía una prueba de que los humanos somos memoria, recuerdo y recuento; con ciento tres años a la espalda se extinguió dulcemente unha existencia que atesoraba los recuerdos de Laxosa, Lugo, la emigración, la guerra..., a lo largo de tantos años. Ahora ya siente realizada su mayor aspiración: descansar al lado de su ahijada, Dolores Vila Jato. In memoriam para ellas.

Virginia Jato Pérez. La última de una hermandad lucense
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