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Una leyenda a su pesar

Pazo dos deportes. El Ensino —que, como todo el mundo sabe, no es lucense sino numantino— se está jugando sus opciones de permanencia ante el Zamora, y va perdiendo. De pronto, ante el estupor de jugadoras y público, una mujer sale corriendo del túnel de vestuarios. ¿Es un pájaro? ¿Es un avión? No, es Cata Pollini, una de las mayores leyendas del baloncesto femenino europeo. A sus 43 años, llevaba tres temporadas retirada de las canchas y tenía ficha de jugadora sólo por no ocupar la de delegado en el banquillo ensinista. Su presencia llevó en volandas hasta el triunfo a un equipo que dos partidos después, certificaba su permanencia.

Si esto hubiera pasado en EE.UU. o lo hubiera protagonizado una de esas estrellas fugaces tan características del deporte actual, igual hasta se convertía en guión de un telefilme. Pero pasó en Lugo y ella era Pollini, y su reacción fue darle tan poca importancia que ni siquiera quiso conceder una entrevista. En realidad, lo raro hubiera sido que la diera: «No me gusta mucho eso de los deportistas mediáticos. Supongo que con mi carrera podría haber hecho mil cosas a ese nivel, pero no soy así, no es mi carácter».

Y no queda más remedio que creerla. Porque lo dice la jugadora que más veces ha vestido la camiseta de Italia, con la que participó en dos Juegos Olímpicos; que ha sido reconocida varias veces como mejor jugadora europea, o que fue campeona de la NBA femenina con Houston, entre otros logros ‘menores’ como más de una decena de campeonatos italianos, varios títulos europeos y otros cuantos españoles. Y porque, pese a todo ello, no hay en sus 196 centímetros de altura ni uno solo de vanidad o de soberbia.

Afronta los primeros minutos de entrevista con la resignación dibujada en la cara. No le apetece, no es su carácter. En la cervecería ‘Estrella Galicia’ elige un menú casi infantil: calamares, croquetas y setas a la plancha. «No tengo mucha hambre». Sólo hubiera faltado que la caña fuera sin alcohol, pero la cerveza es su debilidad. Ha llegado en chándal, como siempre. No es presumida, y se le nota. Las orejas son grandes y salidas y la nariz reclama una gran atención en el rostro enrojecido, más que la medio melena lacia que peina con raya al centro. No es atractiva, pero la mirada de sus ojos verdeazulados, directa, sin miedo, sin nada que ocultar, compensa. También la naturalidad a la hora de expresarse. Cuando se resigna y se relaja, no es difícil verla sonreír a menudo. Una vez que vence su aversión a las entrevistas, no hay temas tabú.

Y tiene nobleza. «Lo de volver en el partido contra el Zamora fue sencillamente una corazonada. Fue increíble, si lo preparas antes, no te sale tan bien», recuerda intentando
quitarse protagonismo. «En EE.UU. —explica a modo de disculpa— aprendí que si tú das lo máximo y pierdes es porque no has podido hacer más. Siempre te jode perder, pero a partir de ahí comencé a tomármelo con más filosofía. Antes era un sufrimiento cada vez que perdía. Además soy muy crítica conmigo, proba-blemente demasiado, y siempre pensaba ‘es mi culpa, es mi culpa’. Era una tragedia. Luego aprendí a analizar si he hecho todo lo que podía hacer. También en la vida soy un poco así, muy crítica conmigo misma».

Nacida en Vicenza, una pequeña ciudad del norte de Italia, comenzó haciendo natación, aunque se aburría. Luego unas amigas la llevaron hasta una cancha de baloncesto, y desde entonces no la sacan de ella ni a manguerazos. «Supongo que el deporte me ayudó. Estás en el instituto con 13 años, mides metro noventa y claro... Siempre he sido muy tímida y me cuesta hasta que cojo confianza». Aún sonríe cuando piensa en aquel chico que quiso sacarla a bailar. Pobre, con lo que le debió costar reunir el valor...

Casada con un periodista deportivo y amante de un estilo de vida sencillo, se siente una privilegiada por haber podido vivir de su gran pasión. Para el futuro quedan sus planes de convertirse en fisioterapeuta, para lo que sin duda le serán muy útiles los dos años de Medicina que estudió antes de dedicarse por completo al baloncesto.

El gusto por las cosas sencillas que aprendió en su ciudad y de sus padres es en buena parte lo que la mantiene en Lugo: «Siempre vivo un poco el día a día, no sé que haré el año que viene. Pero tengo mucho cariño al club y Lugo es una ciudad tranquila, se vive bien». Tranquilos, creo que tardaremos en perderla; su hija, de 10 años, no se quiere ir de la ciudad: «Es supercompetitiva y se le da bien el deporte. Es clavada a mí. Ella siempre me dice: ‘Voy a ser mejor que tú’. Ojalá, me gustaría». No lo tiene fácil, pero si lo consigue se habrá convertido en una gran mujer.

(En la foto, de Pepe Álvez, Cata mira y sonríe)

Una leyenda a su pesar
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