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Una foto normal

En el mundo hay, ahora mismo, aproximadamente sesenta conflictos armados activos (...)

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LA OTRA mañana, mientras el sinsentido nos rodeaba, me topé en mi ordenador con una foto de hace años de mi hijo pequeño. Está en pijama en el jardín, apoyado en una murallita, mirando el mar.

En el mundo hay, ahora mismo, aproximadamente sesenta conflictos armados activos, de mayor o menor intensidad; conflictos que en lo que va de año han supuesto casi setenta y seis mil muertos. Decenas de miles de menores son reclutados como soldados y obligados a luchar en esas guerras. Según los últimos datos disponibles, casi mil doscientos millones de niños de entre cinco y catorce años deben trabajar. Más de doscientos sesenta millones están desescolarizados: como la cuarta parte de la población europea. Un catorce por ciento de los menores de cinco años sufre desnutrición: en una de nuestras aulas de infantil habría tres o cuatro. En 2015, el quince por ciento de la población joven de la OCDE —o sea, unos 40 millones de personas— no trabajaba ni estudiaba ni estaba en formación —los famosos NiNi—; en parte porque en los últimos ocho años han perdido el diez por ciento de sus puestos de trabajo.

Según el Banco Mundial, a pesar de que la población viviendo en condiciones de extrema pobreza ha disminuido sustancialmente —cosa de China, principalmente—, todavía hay más de setecientos millones de personas que subsisten con menos del equivalente a dos dólares al día. Eso es más del diez por ciento: en uno de nuestros cumpleaños, dos invitados. Lógicamente, coincide casi exactamente con el porcentaje de población que se considera pasa hambre.

Ahora mismo hay en el mundo más de sesenta millones de desplazados forzosos. De los cuales unos veintiún millones son refugiados. De estos, han sido reasentados menos de doscientos mil.

Mi hijo, cuando la foto, estaba sano, vestido, al lado de casa, querido y contento. Y acababa de desayunar. Además me tenía a mí y al resto para contarle qué era todo aquello, para llevarlo, para llamar su atención y para ir un paso detrás de él por el camino. Camino por el que intentaremos que aprenda a disfrutar de cuantas más cosas mejor —incluidos Stevenson, el blues, la playa y el cubo de Rubik—. Y no solo eso, sino que pasaba allí unos días porque lo habíamos decidido libremente, y porque además tengo un trabajo con un sueldo que me permite hacerlo.

Y, aunque queda un poquito ñoño decirlo así, pensaba que las únicas batallas que merecen la pena y yo querría librar son las que buscan que esa foto llegue a ser normal para cualquiera.

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