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Una foto en la nevera

AÚN CONSERVO LA americana. Es azul, de cuatro botones y bolsillos rectos, y hubo un tiempo en el que le tuve mucho cariño. En la fotografía que desde hace unos días me hace estremecer cada vez que voy a abrir la nevera, la americana apenas se aguanta sobre los breves hombros de un chavalín de veintitantos años que tiene un cierto aire a mí. Creo que debo de ser yo, porque la tía buenorra que aparece al lado es la misma que ahora come lechuga en la mesa de mi cocina.

Las fotos de cualquier tiempo pasado fue mejor sujetas con un imán a las puertas de los frigoríficos son el anuncio oficial de que el verano llama a la puerta, como los anuncios de bikinis del Corte Inglés. Yo no alcanzo a ver cómo se pueden perder diez años a base de lechuga, pero lo dejo correr por solidaridad con todos aquellos que todavía creen, los pobres, que son los kilos, no los años. Y por no liarla, porque la situación de régimen cíclico no es la ideal para discutir con nadie.

Yo tengo la genética de mi lado. Entre el escuálido tipo de la foto de antaño y el de la que aparece sobre estas líneas no habrá más de setenta gramos de diferencia. Sin embargo, el de ahora parece en comparación destartalado, viejo, amenazando ruina. Tampoco es que el de antes fuera para tirar cohetes, pero conservaba al menos cierta dignidad. Son los años, ya digo.

Pero la imposibilidad natural para acumular grasa y el madurado desinterés por acumular músculo me permiten mantenerme a salvo de uno de los mayores riesgos que existen en nuestro tiempo, la dieta solidaria o por parejas, otro clásico de estos días.

Dejé pasar esta semana sin hacer demasiada sangre del sinsabor de un amigo que reclamó sacarina para el café, que ya hace falta ser inconsciente para hacerlo delante de mí, conociéndome. No me cebé porque me dio lástima. Desde hace un par de semanas, confesó el muy pringao, es uno de los rehenes de la dieta de moda este año, la dieta Dukan. «Adelgacé cuatro kilos en una semana», me soltó orgulloso para intentar frenar el puteo que ya adivinaba por mi mirada cuando lo de la sacarina.

Luego me explicó algo relacionado con no se qué fases, las proteínas y las verduritas ricas, ricas, todo en bufé libre. Fue justo antes de confesar que ya estaba en la etapa de readaptación de la dieta, porque tampoco es cuestión de pasarse y porque un poco de bollería de cuando en vez o una botellita de vino no pueden hacer tanto daño. Fue justo cuando dibujé la sonrisa que le condenaba a esta página. Que conste que antes busqué en los manuales de psicología aplicada el efecto de las coles de Bruselas y el güisqui de malta en la crisis de los cuarenta y en la alopecia prematura, por si podía estropear algo, pero no los hallé.

Y no es de lo peor que conozco. Sé de tipos cuyo concepto de ponerse a régimen para el verano es beber las cañas con gaseosa y no pedir pan con la tapa de callos.

Sé que en este mismo momento hay muchas personas en modo dieta. Allá ellas, pero que no esperen compasión por mi parte -exclúyanse las personas a las que le va la salud en la apuesta-. El que esté gordo, que lo asuma o que se joda, como yo llevo toda la vida sufriendo la discriminación social de quien camina sobre sus huesos.

Yo, que siempre aspiré a la confortabilidad de la vida burguesa y la barriga cervecera, voy camino de atascarme en los números de un obrero de principios del XX y el físico de un adicto a la metadona. El precio que he tenido que pagar ha sido alto, porque en esta sociedad es de mal gusto gastar bromas a las personas pasadas de peso. Todo el mundo se cuida muy mucho de hacer comentarios que puedan parecer ofensivos al respecto, pero hay veda abierta permanentemente para putear a los delgados.

Ya no me molesta, son muchos años de andar en esto. Pero lo que me sigue sacando de mis casillas es la poca imaginación de la gente, el nulo esfuerzo mental que asume la mayoría cuando de gastarnos bromas supuestamente graciosas se trata. Con los cuatro tópicos de siempre nos despachan los muy graciosos: cuidado que hace viento, pareces la radiografía de un silbido, no haces ni sombra, no te dan de comer en casa, y para de contar. Exijo mayor esfuerzo. Si no les alcanza para guardar fidelidad a la lechuga, al menos que se estrujen el cerebro. Es el órgano que más energía consume: si se utilizara más, quizás no fuera necesaria tanta dieta.

Una foto en la nevera
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