Un tribulete en los Puro Cora

El Puro Cora es periodismo en estado puro. Y además huele a tinta.
photo_camera El Puro Cora es periodismo en estado puro. Y además huele a tinta.

UN RECADO puede llegarte cuando menos te lo esperas. Por ejemplo el otro día fui con mi chica a tomar unos vinos y en vez de con un bolso salió con una plancha en la mano. Me dijo que era para reciclar en San Luis pero para mí que me estaba enviando un recado porque al final nuestro querido electrodoméstico nos acompañó de vinos y tapas toda la noche, como si de un hijo pequeño se tratase, que solo le faltó que lo acunase entre las rodillas.

A lo mejor quería decirme sin decir -que es una manera muy suya de decir la cosas- que tenía que comer más a la plancha y menos de cuchara. Ya una semana antes me preguntó al disponerme a abrir la nevera: «¿Cuando vuelves a tener cita con el endocrino?», que barrunto que algo quería darme a entender. Igual que Lois Caeiro, el director de El Progreso, cuando me miró hacia la tripa en los prolegómenos de los Premios Puro Cora, quizás para comprobar si miento más de lo imprescindible en estas crónicas. Eran esos momentos previos en los que te atiborras de canapés, por si luego la comida escasea, y pasas el tiempo entre saludo y saludo.

-«Hombre, yo a ti te conozco de algo. ¿Donde nos hemos visto hace poco?», me dijo alguien al que recordaba vagamente.

-«Seguro que en algún burdel de por aquí cerca, pero que conste que anoche no salí», y ya roto el hielo podíamos sin disimulo seguir abordando bandejas y levantando la mano para llamar al camarero por si se despistaba.

En estas citas nadie está a salvo de recados, aunque vayan disfrazados de alabanzas. Lo digo por la parte final del discurso de Alberto Núñez Feijóo. Una cosa es cumplir con el anfitrión como mandan las normas de urbanidad y otra meterle presión. Porque ojear o leer El Progreso, lo hacemos todos, pero eso de escrutar sus editoriales... A ver quién es el guapo que los sigue escribiendo, que la próxima vez a lo mejor vemos al presidente entrar en el Consello de la Xunta con El Progreso bajo el brazo por si no se ha captado el mensaje.

Tampoco me pasaron desapercibidos los recados de Doña Blanca Montenegro a favor de la prensa escrita -y que firmo íntegramente, en parte porque es la que me paga y yo soy de buena familia- y los del premiado, Andrés Aberasturi, al hablar de lo entrañable que era comer entre «las rotativas, que desprenden ese olor a tinta», que por un momento pensé que le iban a traer unos calamares. O cuando se refirió a los cíceros y los tipómetros con los que hace décadas se componían los periódicos. Muchos de los presentes desconocían esos términos, pero yo aún los recuerdo de mis años de facultad y en un acto reflejo levanté la mano como en la escuela, pero solo se dio por aludido el camarero, que vino solícito a reponerme con Ribeira Sacra la copa vacía.

Y es que los cíceros y los tipómetros forman parte de nuestras primeras enseñanzas en este oficio, aunque todavía no me explico como aprobé Tecnología de Segundo. Bueno, sí lo sé, porque mi amigo Manolo de Lugo, que empezó su carrera en El Progreso, se presentó por mí a hacer el examen, que éramos tantos en clase que no se dieron cuenta del cambiazo. Y si cuento esto ahora es porque ya ha pasado tanto tiempo que ha debido prescribir el delito... espero.

Por cierto, hablando de delitos, entre el selecto grupo de invitados solo eché en falta a un juez de uniforme. Había comisarios, militares, un obispo (que se parecía mucho a Rouco de joven), periodistas, alcaldes, diputados... pero nadie vistiendo una toga. ¡Con el juego que hubiera dado Pilar de Lara!, y que Lourdes, la de protocolo, la hubiese sentado entre José Blanco y Orozco. Eso sí que daba para una crónica.

La corbata de Aberasturi

El Puro Cora es parecido a los actos sociales del Casino de Pontevedra, solo que la gente no va con smoking. De hecho yo creí que se podía ir sin corbata porque Aberasturi presume de un cuidado desaliño. Cuando lo vi también a él con traje ya era demasiado tarde. Nos diferencian también los premios; el los gana sin presentarse y yo no gano uno aún presentándome a todos.

En algo sí nos parecemos. Él dice que es dueño de todos los errores de sus escritos. Me pasa lo mismo, solo que me sobran tantos que tengo incluso que prestar algunos.

(Publicado en la edición impresa el 7 de abril de 2014)

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