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Un hogar con un futuro prometedor

Ángela, Malena, Micaela y Mitch, frente a su casa de Rebardille, en A Faeira
Ángela, Malena, Micaela y Mitch, frente a su casa de Rebardille, en A Faeira
La aldea pontesa de Rebardille, en la parroquia de A Faeira, ha recibido la llegada de una nueva familia. Ángela, Mitch, Malena y la pequeña Micaela han llenado de vida este rincón idílico y hasta ahora abandonado, donde sus nuevos moradores quieren poner en marcha un proyecto de agricultura y ganadería ecológica

LA VIDA DA MUCHAS vueltas, nunca se sabe qué va a ocurrir o en qué lugar acabará uno hallando la felicidad. Esa es una reflexión a la que ha llegado una curiosa familia que encontró en el recóndito lugar de Rebardille, en la parroquia pontesa de A Faeira, su auténtico hogar.

Ángela Teixeira, nacida en Ferrol, emigró con sus padres a Suiza a los diez años. Atrás dejó al resto de su familia, amigos y todo lo que para ella era importante. Su adaptación a la emigración no fue fácil, siempre sintió ese vínculo especial y «la morriña», recalca, por Galicia.

Pese a ello siguió su vida, de un lado al otro del mundo, aprovechando cada momento. «Empecé a tener interés por el buceo y me fui a Honduras a hacer varios cursos. Más tarde terminé marchándome a Tailanda para dedicarme de forma profesional a ello, y fue precisamente ahí donde conocí a mi marido», trata de resumir Ángela, quien suma aventuras y desventuras a cientos.

Su pareja, Mitch Meijer, holandés de nacimiento, también se dedicaba al mundo del buceo. Si bien, durante su juventud, aceptaba cualquier trabajo que le pudiese reportar dinero para seguir recorriendo mundo. «En Australia trabajé en plantaciones de plátanos, en granjas de ovejas y vacas. En Israel también recogí frutos», va enumerando un hombre activo y con grandes inquietudes por aprender.

Con la llegada de su primera hija, Malena, tomaron la decisión de trasladarse de Holanda a Egipto para tratar de ganarse la vida haciendo lo que más les gustaba. «Vivíamos en una ciudad turística y seguíamos dedicándonos al buceo, como instructores y grabando películas para vender a estudiantes y turistas», relata Ángela, al tiempo que recuerda como su trabajo les restaba tiempo para criar a Malena. «Estaba demasiado en la guardería, esa fue una de las cosas que nos motivó a venirnos para Galicia», recuerda, esa y «la pena de que sus abuelos no pudiesen verla crecer».

Antes de llegar a As Pontes, los nuevos habitantes de Rebardille vivieron en Tailandia, Honduras, Holanda, Egipto y Australia

Fue así como esta familia llenó de nuevo sus maletas y se asentó un tiempo en Valdoviño, donde la familia de Ángela conservaba una vivienda. «A Mitch le encantó Galicia y fue entonces cuando tomamos la decisión de buscar una casa en el campo para comprar. Estuvimos mirando opciones en Irixoa, Monfero, Cerceda, Melide...», cuenta Ángela, mientras confirma que la aldea abandonada de Rebardille, en As Pontes, fue la que más se adaptaba a lo que andaban buscando.

Y es que esta familia, que ha seguido creciendo en As Pontes con la llegada de Micaela, quería disponer de una casa lista para vivir, que estuviese ubicada en un entorno natural y que tuviese algo de terreno para cultivar, y que además no estuviese muy alejada del casco urbano.

«Para nosotros era importante que Malena pudiese ir en autobús al colegio. Esa era una de las condiciones, pero en realidad salimos ganando. Vivimos en plenas Fragas do Eume, tenemos a un paso el lago de As Pontes y nos sentimos muy cómodos y apoyados por los vecinos», añade la trotamundos ferrolana, que asegura que a sus familiares también les ha encantado su particular paraíso.

Con todo de cara, aunque sorteando algún que otro bache por el camino, ahora están centrados en poder sacar adelante su gran sueño. «Queremos poner en marcha un proyecto de agricultura y ganadería ecológica», explica Mitch, que es a fin de cuentas el que a base de ensayo y error está volcado en la iniciativa.

Para empezar cuentan con varias vacas cachenas, gallinas de la raza Mos y una extensión de terreno en la que el holandés dedica sus horas con diferentes plantas y hortalizas. Cuentan también con unas colmenas y conejos, «que de momento es lo que nos da de comer», dice entre risas, consciente de que aún no pueden vivir del campo como les gustaría.

«Esta vida es bonita cuando hace buen tiempo, pero cuando llueve y hace frío se hace muy cuesta arriba», añade sin dejar de sonreír, porque tiene claro que no cejará en su empeño de triunfar.

«No sabes las vueltas que puede dar la vida, ni dónde acabarás, pero nuestra idea ahora es luchar por esto, tratar de sacarlo adelante y que funcione», confirman al unísono, más que satisfechos por poder vivir en un entorno idílico y con un futuro prometedor por delante.

Un hogar con un futuro prometedor
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