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Un filete con nombre

UNA TARDE DE 2001 me dieron con la puerta en las narices. Había subido las escaleras de una de esas casas de aldea que parecen hechas a pegotes, como si se hubiera usado para construirlas piezas de Lego olvidadas bajo la mesa o en los pliegues de un sofá, había llamado y por una rendija vi a la dueña de la casa bajar la cabeza cargada de pesadumbre y negar nerviosamente. Le había hecho una pregunta terrible: ¿era suya la vaca a la que le han encontrado el mal de las vacas locas?

Esto fue al principio, cuando se sabía tan poco que se creía casi cualquier cosa, cuando todas esas noticias en el telediario se ilustraban con el mismo ternero inglés temblequeante, que después de hacer insistentes esfuerzos por mantenerse en pie acababa derrumbándose, cuando a Badiola lo conocían tres.

En el momento en que una enfermedad se revela feroz siempre se hacen cosas espantosas que después se prueban inútiles. En los primeros tiempos del sida hubo personas que no se atrevieron a compartir el mismo aire que su amigo del alma o su pareja de décadas. Un hombre chino me contó en un autobús -durante una ruta eterna en la que cruzábamos Pekín entre empujones de decenas y decenas de viajeros- que solo lo había visto vacío durante los inicios de la neumonía asiática, cuando los muertos se multiplicaban en progresión geométrica y la gente hablaba entre sí casi aguantando la respiración tras la mascarilla, no fuera a ser justo ese el aliento mortal. «Un día nos decían que estaba en las fresas, dejábamos de comer fresas; otro día, que estaba en los lichis, dejábamos de comer lichis...», enumeraba meneando la cabeza, recordándose solo en el bus. Es terrible no saber.

A las vacas, las mataban todas. Enfermaba una e iban todas las de la misma explotación detrás. Cuando analizaban sus cerebros y veían que las otras estaban sanas era demasiado tarde para suponer un mínimo consuelo. En esas casas ya se había llorado mucho, de impotencia y de vergüenza porque en casos así uno se siente culpable como si hubiera tenido elección.

Pensaba en eso el otro día en una charla sobre la identificación de esta provincia con las vacas, sobre si se recurría en exceso a su imagen para ilustrar Lugo, sobre si esta sigue siendo una provincia de vacas. Precisamente pensaba en esa tarde en la que en lo alto de una escalera le hice a mujer una pregunta tremenda.

También en otros días cálidos, en la carballeira de Nadela, en la subasta de rubia gallega en la que se veían animales tan impresionantes que daban ganas de sacar la cámara de fotos y retratarse a su lado como si fuera un safari park. La primera vez que me tocó cubrirla no daba crédito. Jamás había visto vacas así y jamás había visto a nadie examinarlas con el ojo crítico de un especialista en arte que trata de descubrir si esa pieza es una refinada muestra de su estilo o una copia cuidada. Con algunas, por las que acababan pagándose cifras mareantes, no era la boca lo que se les hacía agua, era la mirada. En cuanto salían se dilataban las pupilas de los compradores: eran perfectas.

Lo más sobrecogedor eran los toros, claro. Toneladas desparramadas por el suelo, bufando parsimoniosamente a través del hocico anillado, capaces de crear vaho con la fuerza de su espiración aun en esos días calurosos. No era la única que los miraba con impresión, el estupor era la regla. No abandonaba a Diz Guedes, que se bajaba del coche preguntándose por dentro por qué no le habrían hecho conselleiro de cultura y se pasaba las siguientes horas claramente rumiando esa pregunta. Comparecía con jersey rosa anudado al cuello y unos mocasines de ante que sumían a algunos presentes en trances reflexivos: quién podría entender aquello. Pérez Rosón le acompañaba de aquí a allá, de cicerone ganadero, explicándole pormenores que yo creo que lo inquietaban. Cuando llegaban a la zona de los toros, se empeñaba en que alguien hiciese levantar al animal para que el conselleiro pudiera verlo de cerca. El toro no quería, Diz Guedes no quería, Rosón sí. Ganaba Rosón.

A tirones de la anilla tamaño pulsera del hocico el animal, el animalazo, finalmente se incorporaba. En esas, se ahogaba una exclamación. Un toro así de pie es de esas cosas que hacen que te lleves la mano al corazón. Pérez Rosón, acostumbradísimo, acariciaba al animal en el flequillo y animaba al conselleiro a hacer lo mismo. Este, presionado, acercaba dos dedos inseguros y los retiraba veloz. Pasaba la subasta intentando recuperar el ritmo cardíaco.

Pensaba en esto y pensaba también en mi carnicera, una mujer que, a veces, me dice el nombre, y hasta puede que la biografía, de la ternera cuyo filete me vende. Voy tirando con porciones de Parrulas, Palomas y Salerosas.

Así que sí, yo sí creo que esta es una provincia de vacas.

Un filete con nombre
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