Todo tiene su momento

«NA ALDEA vívese moi ben. Na capital están todos tolos». Así se expresaba hace unos días uno de los pregoneros de la Moexmu, elegido para representar a las comisiones que organizaron en las tres últimas décadas esa feria de muestras. Lo afirmó con la contundencia que solo otorga la certeza de saberse en posesión de argumentos muy firmes. Sin eufemismos ni circunloquios inútiles. Después de semejante presentación, quiso explicarse. Aclarar, al menos, las razones que alimentaron un juicio tan categórico. El hombre precisó que no deja de sorprenderse con lo que se ve ahora por las calles de las ciudades. También en las barras de los bares o en las colas de los supermercados. En todas partes. Individuos que no despegan la vista de las pantallas de sus teléfonos. Tipos entregados a la conversación silenciosa con sus cacharros, pero poco o nada dispuestos a intercambiar cuatro palabras con la compañía que tienen al lado. Lenguas quietas y dedos que vuelan.

Después de años de trabajo en el sector de la hostelería, reconoció que es incapaz de comprender una actitud tan desviada. Gente que incluso deja enfriar el café que acaba de pedir mientras se alimenta, absorta, con la ambrosía intelectual que recibe a través de su móvil. A sus ojos, esa forma de comportarse es propia de chalados. Un diagnóstico rotundo que, acertado o no, quizás falla a la hora de identificar a los afectados por ese presunto desequilibrio. La dependencia se ha ido extendiendo como la cobertura de los propios teléfonos. A día de hoy, ese brote de pasión desmesurada por las pantallitas no se circunscribe sólo a los ámbitos urbanos. Podemos encontrar adictos en la Praza Maior de Lugo o en cualquier aldea remota de esta provincia. Ni siquiera el perfil de los prosélitos de la tecla se limita a una franja de edad concreta. Hay abuelos casi tan enganchados como sus nietos. O más. Cada uno a su manera.

Resulta curioso ver a parejas que apenas se dirigen la palabra porque ambos están demasiado ocupados para practicar un modo de relacionarse tan antiguo como el palique de toda la vida. A veces ni siquiera se miran. Es de suponer que aprovechan las recargas de batería para solventar los preceptivos arrejuntes carnales. Todavía no se ha desarrollado ninguna aplicación para saldar de forma eficiente los asuntos de alcoba.

Como era de esperar, algunos ya han bautizado ese tipo de comportamiento. Al parecer los anglosajones han decidido llamarle ‘Phubbing’ al acto de relegar a un segundo plano a quien nos acompaña de cuerpo presente para prestar más atención al smartphone. Para los que derivamos lingüísticamente del latín, ese nombrecito que le han puesto suena un tanto raro. En castellano o gallego podríamos traducirlo como ‘mala educación’. Así de simple. No hace falta complicarse tanto la vida.

Por supuesto, etiquetada la patología, empiezan a surgir los remedios. La próxima semana estará disponible una aplicación para que el personal compruebe su grado de adicción al móvil. El planteamiento no deja de ser paradójico. Se propone el uso de una herramienta del teléfono para desengancharse de todas las demás. El caso es que mercado no va a faltarle. Los expertos afirman que el 71 por ciento de los usuarios, con edades entre 18 y 45 años, sufre algún tipo de dependencia. El porcentaje se eleva hasta al 85 por ciento en el caso de los adolescentes.

Ese tipo de dependencia puede resultar incluso peligrosa. Fue motivo de asombro que en Semana Santa el helicóptero de la DGT trincase a un conductor en la Nacional VI mientras leía un libro al volante de su coche. Sin embargo, basta con fijarse un poco para ver que hay mucha gente que se atreve a ir jugando con el teléfono mientras conduce. La animalada es parecida y las posibles consecuencias similares, pero la imprudencia con el móvil ya no sorprende tanto. No está de más recordar que todo tiene su momento. Enviar chorradas intrascendentes con el guasap o incluso la lectura de una obra maestra de la literatura universal.

Sería un fracaso injustificable

La Xunta está dispuesta a revisar caso a caso para que ningún buen alumno se vea obligado a dejar sus estudios universitarios por motivos económicos. El gobierno gallego estaría incluso dispuesto a aumentar la partida destinada a gastos imprevistos para hacer frente a ese problema. Es evidente que en estos momentos no sobra nada en las arcas públicas, pero seguramente poco dinero irá mejor invertido. Permitir que un estudiante notable tenga que dejar su carrera por falta de liquidez sería un fracaso rotundo e injustificable.

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