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«Tengo la herencia de la longevidad y sé que volveré a Cuba»

Máxima Isabel Rodríguez
Máxima Isabel Rodríguez
Máxima Isabel Rodríguez, dejó su isla natal hace diez años para asentarse en As Pontes, donde nació el que fue su marido. Tiene 100 años y una vitalidad envidiable

ES TAN MENUDA que parece que podría desequilibrarse de un soplido, pero sus raíces son profundas. «Tengo la herencia de la longevidad. Mi abuela llegó a los 120 y una tía a los 110», dice con son cubano. Cumplió cien años hace tres meses, y no le dan miedo los números ni soplar las velas. «Sé que voy a vivir para volver a Cuba». Y esa risita, que recuerda aún a la de una niña pilla, lo confirma.

Está un poco sorda, reconoce. Pero es lo único que padece. «No tengo ninguna enfermedad. Ni colesterol», dice orgullosa una mujer que dejó su isla hace diez años para asentarse con su hija y su yerno en As Pontes, en la que fue la casa de su marido, Artemio Vivero, un emigrante que cruzó el Atlántico con 19 años rumbo a La Habana, donde abrió, junto a sus hermanos, la joyería La Isla. «Era muy bueno y trabajó mucho».

«Él vivía solo, yo iba a su casa a limpiar, cocinar y ahí fue donde cayó en la trampa y nos enamoramos», dice con gracia esta centenaria, que fue cajera en tiendas de ropa, costurera y empleada de una empresa tributaria. Y habla de un hombre que acogió a sus hijos -tuvo tres en un matrimonio anterior- como suyos.

Su vitalidad sorprende. Camina ágil, igual que sus recuerdos. «Me gusta coger calle», dice una medio pontesa afincada en A Vila. Le entretiene hacer crucigramas y todavía cose sin gafas. Visita Correos habitualmente para enviar cartas a sus amistades y a su «grandísima familia», que está repartida entre Cuba, Venezuela y EE.UU., y las acompaña de fotos siempre que puede. Ella misma las lleva en un pen a revelar. Tiene 16 nietos, 26 bisnietos y cinco tataranietos. «Recuerdo el nombre de todos».

Añora Cuba. Su «patria». Nació en el mismo pueblo que el famoso cantanta Benny Moré, en Santa Isabel de las Lajas, en la provincia de Cienfuegos. Y La Habana fue durante décadas su lugar en el mundo. Pero le encanta su nuevo hogar, excepto por el frío y el «chinchín», como llama a esa lluvia gallega que no cesa.

«Me gusta todo. Es un país muy bello. La gente es muy amable y la comida está muy buena», dice, aunque reconoce que aún prepara frijoles para teletransportarse entre sabores. Se declara amante de la Estrella Galicia, «lo más rico del mundo», pero el ron sigue ocupando su lugar.

«Me gustaría seguir viajando y viendo cosas nuevas», dice una mujer que no permite que las arrugas quiten vida ni los años ilusiones. Viajó a Cuba dos veces desde que se asentó en As Pontes. Y tiene deseos de volver a abrazar a los suyos, en esa isla que espera «se recomponga».

«Tengo la herencia de la longevidad y sé que volveré a Cuba»
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