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Talking about Twitter

Cómo sería la cosa que hasta Jon Sistiaga me sacó una foto.
Cómo sería la cosa que hasta Jon Sistiaga me sacó una foto.

CUANDO LES iba a contestar que no, que se habían equivocado, que solo sabía manejar la máquina de escribir y que para hacer una copia todavía usaba el papel de calco, me dijo por teléfono: «El congreso es en Granada y por supuesto la organización corre con todos los gastos; billetes de avión, hotel, un conductor asignado para los desplazamientos por la ciudad, visita nocturna a la Alhambra, donde cenaremos»...

-«Siempre he sido un firme defensor de twitter y de todas sus aplicaciones informáticas como una herramienta imprescindible en nuestro oficio», creo que le contesté de carrerilla, y así fue como acabé empotrado en un simpósium de expertos mundiales. Mi primera intervención estaba centrada en su uso en zonas de conflicto, junto a Gervasio Sánchez y Jon Sistiaga. Enfrente un auditorio de más de cien personas, y en el centro, mirándome directamente a los ojos, Deb Roy, un jefazo de la compañía, que eso si que es empezar la faena «a porta Gayola» y sin saber siquiera por dónde se coge el capote.

Empecé tranquilo, como con un perfil bajo, con afán de no alardear, pero al poco ya estaba sobreactuando y hablando de Twitter como si fuese su inventor, de las aplicaciones que se adivinan en su futuro, de la evolución de la sociedad de masas... Miré para Roy, con sus cascos de traducción simultánea incrustados, y me dio la impresión de que empezaba a mover la cabeza, como buscando a alguien de la organización para preguntarle: «¿Quién coño ha invitado a este tío?», pero yo ya estaba lanzado, y no solo hablaba ya de Twitter, sino del futuro del periodismo, de las grandes corporaciones informativas, del advenimiento de la República...

A pesar de todo me invitaron a comer, que en Granada son muy hospitalarios, incluso con cierta clase de huéspedes. Todos íbamos con unas bolsas idénticas de la organización. Parecíamos una convención de vendedores a domicilio, y allí coincidí con Pedro Sánchez, valor emergente del PSOE, tuitero y ponente.

La sobremesa se me hizo algo larga y como había también programa nocturno me salté la jornada de tarde para ir a descansar al hotel, que fue donde me di cuenta que me habían dado el cambiazo de bolsa y con ella había perdido mi cargador de Iphone. De vuelta al certamen, ya hacia las ocho, comenté lo que me había pasado.

-«¿Ah, pero era usted el de cargador del Iphone?», me dijeron.

Me empecé a temer lo peor.

-«Pedro Sánchez ha debido coger su bolsa por error. Hemos colgado un mensaje en Twitter a modo experimental para ver cuánto tardaba en aparecer su dueño, pero nada... hasta ahora, claro. Y eso que hemos sido trending topic mundial con 39 millones de tuits solo en la jornada matinal».

Vamos, que me vino a decir que desde Granada a Japón pasando por la Polinesia todo el mundo se había enterado gracias a Twitter de que se había encontrado un cargador de Iphone. Todo el mundo menos yo, su propietario y supuesta autoridad mundial en la materia. No me dolió tanto el ridículo como los 40 euros del nuevo cargador que compré al llegar al hotel. Ya se lo recordaré a Pedro Sánchez cuando sea presidente del Gobierno.

BOABDIL TUITERO. Como habían prometido, hubo visita nocturna a la Alhambra; el anochecer sobre el Albaicín, los Palacios Nazaríes, el Patio de los Leones... Estaba abstraído, pensando en cómo habría cambiado la historia si Boabdil hubiese colgado el hastag ‘#ayuda’ y el tuit ‘ahí viene la cabrona de la Reina Isabel’ cuando me presentaron al lucense Carlos Portela, subdirector de Caviar de Río Frío, que ofrecía una degustación. Yo era más de asaltar las bandejas con ibéricos, hasta que me dijo que cada una de aquellas latitas minúsculas que yo despreciaba valían 73 euros, y como me seguía doliendo lo de los 40 euros del cargador empecé a perseguir a los camareros con disimulo.

Lo de la noche granadina ya mejor me lo callo. Es que nos pusieron unas pulseras para acercarnos al mostrador en plan ‘aquí me vayan poniendo los gintonics’, yo seguía a lo mío y...

El sol brilla mientras me llevan al aeropuerto al día siguiente. Atrás queda Granada. ¡Qué gente! Sobre la montaña escarpada se dibujan los perfiles de la Alhambra.

-«No me extraña que Boabdil llorase», pienso en voz alta.

Mi chofer es un cachondo.

«Tampoco es para tanto. Como cualquier otra Alhambra».

Lo voy a colgar en Twitter.

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