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Simulacros

Menos mal que el verano por aquí dura lo que dura y padecemos una emoción controlada con los cuatro rayos que nos caen. Aunque el calendario se esfuerce en cambiarnos las estaciones y el fondo de armario, el lucense medio asume su condición de individuo invernal permanente sin rechistar demasiado. No llegamos a esos centroeuropeos que disponen de mantas en las terrazas para tener una relación con la calle más cercana y arriesgada, pero ahí andamos en lo nuestro, emulando a París, a Berlín y a toda esa urbe de interior que necesita una salida al mar y no sabe por dónde. La idea para los próximos veranos es aprovechar el río Miño, a la altura del Club Fluvial, por las dos bandas. O la competición por el simulacro, que es el destino moderno de toda ciudad que quiere ser algo en el siglo XXI.

Los centros comerciales ya hace tiempo que se ganaron el título de templos del simulacro. Hay uno en Alicante que por fuera es un armatoste acristalado como el de cualquier parte del mundo, pero por dentro hay reconstruido un típico pueblo levantino en cartón piedra.

Lo más sorprendente (o lo más racional, depende cómo se mire) es que ni siquiera pretende aprovechar las fachadas falsas para tener comercios en su interior. El pueblo simulado existe como miniatura a gran escala, como ejemplo macabro de lo que te estás perdiendo a tamaño natural por no ir al casco antiguo de la ciudad.

El nuestro ya saben que alberga un mosaico inventado y protegido con tanto esmero que más de un turista se llevará una impresión equivocada. Si lo que se buscaba era el recochineo redondo, deberían reproducir la fachada del Gran Teatro como entrada a la multisala; para dejar claro que el pasado de una ciudad es el que se inventa la propia ciudad.

La playa de París o las zonas de baño (de sol) en Berlín están difundiendo un ejemplo erróneo de escala mundial: el río como copia recatada del esparcimiento frente al mar. El baño no se permite en el propio río, sino en piscinas incrustadas en el caudal simulando, eso sí, que el agua es la misma.

Sin tangas, topless o nudismo, prohibidos por una ley municipal, los ríos sirven de decorado para emular la actividad playera y permitir cierto reflejo de lo que, en estas ciudades de interior, sólo ocurre en los anuncios. A las playas de mar, por petición popular, las urbanizan, y a las de río, por decencia, les quitan la libertad de andar con la poca ropa que a uno le plazca.

Es el triunfo del wrestling frente a los bofetones de siempre.

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