Reformas pendientes

LA CONSIGNA CONTRA LA AUSTERIDAD fue una de las que circuló en la celebración del Primero de Mayo en países como Grecia. Sería necesario ponerse de acuerdo sobre qué entendemos por austeridad. De entrada, parece una demanda de sentido común y una necesidad urgente en países como España. En el catálogo de causas que nos llevaron a esta situación, tras las alegrías e irresponsabilidades de la economía financiera, para el caso de España no se puede obviar el desmesurado crecimiento de las administraciones públicas y sus gastos. Austeridad se traduce en la desaparición de gastos superfluos en las administraciones públicas; supresión de excesos en el gasto de representación, que se minimizan como ‘chocolate del loro’. Tantos loros sin control amenazan con dejar al país sin chocolate para alimentarse. Por austeridad entendemos el incremento de las partidas inversoras y la disminución del gasto corriente. En síntesis, austeridad equivale a que la dimensión, el gasto y la representatividad de las administraciones públicas se corresponda con la realidad de la economía del país. ¿Todo esto es aplicable al sector privado? Sería deseable sobre todo a las remuneraciones escandalosas, a las bonificaciones o a las jubilaciones de altos directivos de sociedades, como las del sector bancario, que cotizan en la bolsa. En España, los sindicatos mandaron ayer algunos avisos. Cierto que no será la reforma laboral la fórmula mágica para crear empleo, tal como afirmó el líder de CC.OO. Igualmente es verdad que la reforma laboral, a poder ser pactada, es una de las medidas que deben integrar un paquete serio frente a la crisis. De momento, no parece que le corra prisa a las partes, si a los nulos avances nos atenemos. Y ahí sí le toca al Gobierno ejercer como tal y adoptar medidas. Hay también pendientes medidas para impedir que se repitan algunos males que nos condujeron a la actual situación. 

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