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No todos somos Charlie. EFE
No todos somos Charlie. EFE

DEBE SER QUE ya, por no saber, no sé ni envejecer. Dicen que a medida que nos hacemos mayores, a la vez que se nos acentúan las rarezas, las personas tendemos a ser más comprensivas y tolerantes, menos radicales en los planteamientos. Por la experiencia, que se supone sembrada de añicos de antiguas certezas rotas. Mi problema es que, a ratos, voy tan escaso de certezas como de comprensión. De ganas de comprender, más bien, algo que se parece mucho al cansancio.

Esta semana estoy leyendo y oyendo hablar mucho de tolerancia, pero cada vez me cuesta más llenar de convicciones propias los vacíos que encuentro en unos discursos encorsetados por lo político, religioso y socialmente correcto, incluso concedo que con el amparo del sentido común. Voces respetables y cuerdas que me hablan, sin embargo, de una sociedad, de una idea de sociedad, que no por deseable me parece menos irreal. Yo no me reconozco en ese mundo que describen, en ese Occidente de la tolerancia y la convivencia intercultural sin fricciones al que se supone que pertenecemos y que, justo ahora nos enteramos, es por el que todos y cada uno de nosotros luchamos a diario, porque todos los días somos Charlie.

Tengo muy claro que los asesinos de Al Qaeda o del Estado Islámico o de Boko Haram no son el islam, como sé que los fundamentalistas judíos que alientan la masacre en Oriente Medio no son el judaísmo, como sé que los sacerdotes cristianos que abusan de niños no son el cristianismo. Pero también sé que sí que forman parte de ellos, y en algunos casos una parte no menor. Y que esos fundamentalismos han mamado de los pechos de los mismos dioses, de los mismos textos dicen que sagrados; son, en última instancia, hijos del matiz, de la interpretación.

Ante la masacre, la decapitación, el asesinato en masa o la evidencia de la violación sistemática, la reacción es inmediata y reiterativa: eso no es el islam, el judaísmo, el cristianismo verdaderos. Y está bien, nunca sobra recordarlo. Lo que me crea dudas son los silencios, el de antes y el de después.

Porque bajo el manto del islam, por ejemplo, se amparan sin mayores reproches algunas de las dictaduras religiosas más estremecedoras que conoce este siglo XXI, como las de nuestros siempre alabados aliados árabes de Arabia Saudí, Qatar o Kuwai, cuyas mujeres y niñas son simple mercancía porque así lo determinan sus imanes. Aliados que se han convertido, con los petrodólares que el resto les pagamos, en los principales financiadores del radicalismo islamista que estamos criando en el seno de nuestras propias sociedades, en mezquitas e instituciones religiosas levantadas al amparo de una tolerancia que en modo alguno es recíproca, y que se han convertido ya en los principales viveros de combatientes y terroristas.

Me gustaría, sin ir más lejos, escuchar a esos clérigos que dicen representar al islam mayoritario y pacífico defender a diario los derechos humanos, universales y sin excepciones, y la democracia como valores supremos de la convivencia.

Algo, por ejemplo, que tampoco parece tener muy claro la mayor parte de la jerarquía católica en este país y de otros muchos del mundo cristiano, todavía anhelante de que las leyes que a todos deben someternos se sometan a su vez a su verdad, cuando menos peculiar, por ser respetuoso. Unas creencias que todavía sirven de escudo para amparar a pederastas y violadores, para mantener a la mujer en un plano de inferioridad, para discriminar a homosexuales o para justificar leyes que no tienen otro sentido que perpetuar sus privilegios.

Me gustaría, sin ir más lejos, escuchar a esos obispos que se dicen herederos de Cristo defender en sus púlpitos el derecho supremo de cada persona a creer en lo que le dé la gana, incluso a no creer en nada.

Creo que ya va siendo hora de que todos ellos y sus dioses, sean cuales sean, vayan haciendo algo por ganarse esa tolerancia que exigen de los demás, porque de momento tanto la historia como el presente a quienes señalan como causantes de las mayores aberraciones es a ellos. Y a mí comenzar a sentir ese respeto recíproco, ese compromiso compartido, me ayudaría bastante. Aunque solo fuera para envejecer de un modo menos confuso, para recomponer mi certeza de que o todos somos Charlie, o pronto no lo seremos ninguno.

Artículo publicado en la edición impresa de 'El Progreso' de el domingo 11 de enero de 2015.

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