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A quienes estén escuchando

Secretos. AEP
Secretos. AEP

AÚN NO HAN cesado en Lugo los coletazos de aquella psicosis que durante un par de años o tres nos complicó el trabajo a los periodistas de esta ciudad. Eran tiempos de macrocausas y multisumarios, y de repente la gente dejó de hablar por teléfono, ante la sospecha de que todos estaban pinchados. Había unos cuantos, no vamos a decir que no, un centenar, que para un lugar como este son más de los que el sentido de la proporción permite asimilar, pero cada uno con su propósito y su orden judicial, justificada o no, eso ya se verá en su momento.

El caso es que cualquiera que tuviera una información mínimamente relevante, y a veces ni eso, gente con la que hasta antes de ayer habías estado hablando con total seguridad y confianza, de repente se empezaba a comunicar con elipsis y metáforas, en un torpe intento de encriptado básico, de andar por casa, que a cualquiera que estuviera escuchando le provocaría más risas que problemas. Yo mismo, a veces con preocupación y otras ya de puro cachondeo, saludaba con un «buenos días, ¿qué tal?» a mi interlocutor y «a quienes estén escuchando».

La cosa tenía su coña al principio, pero hubo momentos en que llegué a temer por mi hígado: el teléfono que hasta entonces era más que suficiente para solucionar la mayoría de los asuntos, ahora solo te valía para quedar en tal o cual bar, que ya habían perdido sus nombres y se habían convertido en «en el de la última vez» o «donde estuvimos con fulanito». Luego resultaba que ibas allí con todo el secretismo del mundo y mi interlocutor de turno y yo nos pasabamos la mitad del tiempo saludando a uno o a otro, porque esto es Lugo y no Beirut, pero preocupaba menos.

Lo más extraño de todo es que, salvo honrosas excepciones, la mayoría eran personas perfectamente normales, ciudadanos respetables y hasta modélicos, desde luego más que yo, sin nada que esconder, de esos que se ponen nerviosos al presentar la declaración de la Renta porque han metido como gastos de autónomo una factura de 73 euros de gasolina de un viaje que no era de trabajo. Pero era la psicosis, y por este pueblo entonces no eras nadie si no estabas imputado o no tenías el teléfono pinchado. Yo llegué a la conclusión de que a la gente, al final, lo que le motivaba era sentirse partícipe de algo mínimamente ‘secreto’, de una situación de algún modo emocionante que la sacara de su normalidad, aunque ni en los delirios de los investigadores y jueces más delirantes, que los hay, pudiera situarse en los límites cercanos al delito.

Afortunadamente, sobre todo para mí, llegó el Whatsapp. Y con él, la falsa seguridad de que no se podía pinchar. No es verdad, la única ventaja que tiene sobre un sms o un email es que no queda almacenado en ningún sitio ajeno a los propios teléfonos usados, por lo que si se borra a tiempo una conversación no deja recuerdos, y que la compañía que lo gestiona todavía no ha mostrado el grado de colaboración perruna con las autoridades que presentan otras empresas de telecomunicaciones, pero si tienen tus conversaciones intervenidas el Whatsaap no soluciona gran cosa. De todos los modos, bienvenido sea, y por mucho tiempo, porque, al menos en mi caso, se abrió una vía de comunicación que me ahorró muchas horas de barra.

Digo todo esto porque no acabo de comprender muy bien el escándalo que se está montando a cuenta de las informaciones sobre el espionaje masivo de las comunicaciones por parte de las agencias de inteligencia, que es un nombre bien cachondo para llamarlas porque de inteligentes tienen más bien nada, como se está demostrando constantemente. Hasta para los investigadores más pedáneos hace ya tiempo que la mayor parte de su trabajo se limita a procesar la información extraída de un pinchazo teléfonico, que te lleva a otro y otro, sin que el trabajo de campo y los contactos que antes lo eran todo tengan ahora otro espacio que no sea residual.

Los espías espían, es lo que tienen. Pero estoy convencido de que sacarían información mucho más útil dedicándose a revisar blogs, perfiles de Facebook, Twitter o cualquier otra red social utilizadas por la mayoría del modo más impúdico, que a cruzar metadatos sobre horas, duración y lugares de millones de llamadas. Cada uno es libre de perder el tiempo como quiera, pero así se divertirían más.

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