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Sergei Prokofiev, el cerdo y la paloma

La semana pasada se cumplió el octogésimo aniversario del estreno del segundo concierto para violín de Sergei Prokofiev, gestado bajo extrañas circunstancias. El segundo movimiento de tan magna obra esconde una de las melodías más cautivadoras jamás compuestas

TAN SÓLO faltaban siete meses para que cristalizase en el aire tórrido de mediados de julio la más burda eclosión de ignorancia que pueda concebirse. Los asistentes al estreno mundial del segundo concierto para violín de Sergei Prokofiev, quien se encontraba también en Madrid aquel primero de diciembre de 1935, no imaginaban ni por asomo el cambio de escenario que experimentarían sus vidas transcurrido ese tiempo de gracia. Durante aquel año, víspera de nuestra debacle, el compositor viajaba acompañado por el violinista francés Robert Soëtens, que le servía de inspiración y apoyo para solventar dificultades técnicas de algunas de sus partituras. El concierto fue escrito de forma itinerante por imperativo de aquella gira, según relata en su autobiografía el propio compositor.

Las primeras notas de la obra anuncian ya el advenimiento de algo insólito y prodigioso que, sin embargo, sería reflejado en el segundo movimiento, un andante compuesto en Voronezh. Soëtens permanecía en el hotel ensayando algunos pasajes. De madrugada había nevado copiosamente, pero a media mañana, momento en el que Prokofiev se sentó en una terraza de una plaza desde la que se divisan el río y, al fondo, el mercado de Panerv, el cielo respiraba confiado la aparente bondad del añil.

Los transeúntes se apresuraban en sus quehaceres para evitar con la actividad el castigo de una temperatura que no parecía importunar al ucraniano, quien apuraba solitario su café con una indolencia beatífica. Justo cuando se disponía a levantarse apareció ella. Completamente desnuda, pero milagrosamente compuesta, aquella criatura tuvo a bien detenerse junto a Sergei. Su piel marmórea no se había dejado arrebolar, no mostraba signo alguno de estar aterida y el verde de sus ojos, que él describió como los de una aparecida, rasgaron el imperio níveo como si una pareja de colibríes eslavos se hubiese petrificado en medio de aquella estampa invernal.

El compositor se apresuró a cubrirla con su abrigo y a inquirir alguna información, pero ella, dueña de una voz extraordinariamente meliflua y serena, se limitó a asegurar que en aquel mismo instante el Buckingham Palace estaba levitando a dos metros sobre el nivel del Támesis, y que el mismo día que él falleciese también lo haría un cerdo y, para su consuelo, una paloma sería liberada. Preocupado por la suerte de aquella mujer, el compositor la alojó en su habitación antes de dirigirse sin dilación al teatro, donde ya se impacientaban Soëtsens y la orquesta. Al anochecer regresó con algo de comida, pero ya no estaba allí. El abrigo, del que había tenido la deferencia de prescindir, yacía fútil sobre la cama. Un botones le contó que probablemente aquella joven habría sido violada.

Muchos años después, en septiembre de 1989, se posó un ovni sobre las primeras hojas caídas de un parque de Voronezh. Varios niños aseguraron haber hablado con extraterrestres de cuatro metros de altura, tres ojos y que se hacían acompañar por un robot. La URSS estaba a punto de mudar de piel y de desgajarse por obra de la Perestroika pero, con oportuno escepticismo y calculada reserva, las autoridades se permitieron la licencia de demorar cinco días la comunicación de una noticia que la agencia Tass desperdigó por el mundo sin escamotear los más variopintos detalles. Los medios de comunicación occidentales se hicieron eco del suceso, que adquirió así considerable notoriedad.

Hoy nadie recuerda las huellas de aquella nave espacial. La nieve ha continuado sin inmutarse con su oficio, sin haber sido testigo de peregrinación alguna al lugar una vez que los periodistas y sus bártulos lo abandonaron. Me temo que, por razones que cada uno podrá inferir como desee, el relato de la pequeña Lucía dos Santos en aquella humilde Fátima de 1917 generó un fervor que, en cambio, le ha dado la espalda a otro niño: Volodia Startshev. Su ciudad merecía, después de haber contenido de forma heroica el avance nazi cuatro décadas antes, una atracción que le reportase salud a sus arcas, ya que la composición de un movimiento de un concierto para violín es premio exiguo en un mundo enfermo. Ovnis aparte, ya es hora de apreciar el valor de una gema cuyo creador, en efecto, falleció el mismo día que un cerdo, mientras una paloma volvía a volar tras cinco años de cautiverio.

Sergei Prokofiev, el cerdo y la paloma
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