jueves. 13.05.2021 |
El tiempo
jueves. 13.05.2021
El tiempo

¡Ojo con el chucho!

EL SUYO ES UNO DE LOS ÚLTIMOS CASOS que han trascendido de ataques de perros a personas en la provincia de Lugo. Dolores Sánchez Rodríguez se recupera junto a su marido, Manuel Fernández, en la casa de campo que poseen en Arroxo, en el municipio de Baralla, del ataque por parte de un bull terrier —suelto y sin bozal— que la derribó en la calle, provocándole la rotura de un brazo y una costilla.

Sucedió hace casi un mes mientras paseaba con Manuel y con su pequeña perra, Linda, a pocos metros de su vivienda, en el barrio de Montirón. Quizás por ello, "aproveitando que estamos coa casa en obras, preferimos virnos para a aldea uns días e alonxarnos un pouco de todo o que nos recorde o mal rato que pasamos", cuenta el marido, que excusa que no sea su mujer quien hable porque, dice, "todo isto afectoulle bastante". Además del gran susto, las lesiones físicas son molestas para Dolores, "que leva para varios meses de convalecencia, de feito aínda acaba de empezar a durmir na cama, apoiada sobre coxíns, porque ata agora tiña que facelo sentada nun sofá porque non aguantaba as dores", añade.

La pareja muestra su indignación porque el mal trago que están pasando "podería terse evitado só con que o can fose preso pola rúa, como é obrigado, atado". Una negligencia por parte del propietario del animal que en este caso se vio agravada por el hecho de que, tras el incidente, éste se dio a la fuga, aunque posteriormente consiguieron localizarlo e interpusieron la correspondiente denuncia. A la espera de cómo se resuelva el proceso, Manuel pide únicamente que "a xente non teña este tipo de cans por moda, por parecer diferentes, se non saben como telos ou non son responsables. Este can cruzou a rúa libremente hacia nós e fixo o que lle deu a gana. Primeiro golpeume a min e sentino como un auténtico mazazo, e despois á miña dona, que caeu ao chan". Independientemente de las medidas que se puedan tomar contra el propietario del bull terrier, Manuel se lamenta de que "a nós o mal trago xa non hai quen no lo quite, gústanos moito pasear coa nosa cadeliña, case a diario, e a partir de agora non imos ter tranquilidade. Sempre che queda un certo temor", se lamenta.

Angustia se percibe también en la voz de Mariluz Gallardo, a la que le cuesta aún contener las lágrimas al recordar el amargo momento que pasó junto a su padre, Alfonso, de 83 años, el pasado 3 de junio, sólo un día después del percance que vivió la vecina de Montirón. En este caso, la agresión se produjo en Escairón (O Saviñao) en la zona arbolada de A Devesa, un lugar que Mariluz y su progenitor elegían a menudo para pasear con Neska, una perra mestiza. Ése fue uno de esos días. El animal estaba esperando a que sus amos le lanzasen la pelota, uno de sus juegos favoritos, "cuando un pit bull que estaba no sólo suelto, sino solo en la zona, se abalanzó sobre ella". El resultado fue fatal para Neska, que murió a causa de las mordeduras del otro animal, mientras que Alfonso también se llevó su parte al intentar apartar al pit bull. Sufrió varias mordeduras en una mano, de las que todavía se está recuperando, "y seguramente no fue más porque se encontró con el reloj, que debió protegerle, ya que quedó hecho añicos en el suelo", cuenta su hija.

Mostrando la foto de Neska, Mariluz se lamenta de su pérdida "porque era un animal muy cariñoso al que queríamos mucho y nos ha afectado de verdad su pérdida. Además, mi padre padece alzhéimer y la compañía de la perra era realmente positiva para él, estaban todo el día juntos". La misma persona que se encargó de recoger el cadáver de Neska tras la agresión, ya que Mariluz llevó inmediatamente a Alfonso al hospital, les ha regalado un nuevo cachorro "con el que estamos muy contentos, pero no por ello reemplaza a nuestra perra", dice su dueña, que afirma con contundencia que "las cosas no pueden seguir así. Las personas que tienen perros deben controlarlos y si es necesario que endurezcan más las leyes para los propietarios de razas peligrosas. De algún modo tienen que exigirles más responsabilidad, porque la vida no tiene precio y las secuelas que deja un ataque tampoco. Yo creo que no volveré nunca a A Devesa, el susto fue demasiado grande", termina.

El próximo mes de julio se cumplirán tres años de la agresión, pero Miguel Quintana dice que "aún sigo cruzando de acera cada vez que veo venir a un perro de frente", aprovechando que tiene una capacidad de reacción de la que no gozó aquel día de verano con un pastor alemán —en la comunidad autónoma gallega esta raza no está catalogada entre las potencialmente peligrosas—. Miguel no lo vio venir. Regresaba a última hora de la tarde de pasar una jornada en la piscina y volvía, cruzando una zona de monte, a casa de sus padres. De nuevo un perro suelto y solo fue el responsable de un ataque injustificado. Recuerda que "no sé de dónde salió, cuando me di cuenta lo tenía encima y noté como si me quemaran el brazo". Fue su sensación, aunque lo que realmente estaba sufriendo era las repetidas mordeduras del animal en su antebrazo derecho. Las entradas de los colmillos le provocaron varias heridas de poca longitud, pero sí de considerable profundidad, de las que tardó en recuperarse más de un mes, además de otras de menor consideración en la cadera. "Mis vacaciones se fueron al garete, porque no podía hacer prácticamente nada con el brazo derecho, ¡me tenían hasta que dar de comer! Además, este tipo de heridas no se pueden suturar demasiado ni tapar, porque hay que dejar que supuren, así que para la vida diaria se hace muy molesto", explica.

Ahora dice no tener miedo, pero "la precaución ya no voy a dejar de tenerla nunca, me pasó una vez e intentaré que no suceda nunca más", añade. En cuanto a la otra parte, la de los propietarios, cree que "el problema es tanto legal como de los propios dueños. Por una parte, creo que hay determinadas razas de perros que directamente no debería estar permitido que se tengan y, por otra, hay mucha gente que no tiene conciencia de las normas, que no se siente en la obligación de cumplir la ley, ni siquiera en un aspecto tan básico como es que los perros deben ir siempre atados", y concluye que "se está jugando con algo muy serio, porque a mí ese perro se me subió encima y me mordió en el brazo, pero si hubiese sido un niño lo habría alcanzado a la altura del cuello o de la cabeza y el resultado podría ser fatal, no se puede permitir".

Pero no todos los casos son iguales. Aunque el acontecido en la parroquia de Sambreixo, en Palas de Rei, coincidiendo en el tiempo con los dos anteriores ha sido uno de los que han tenido más repercusión mediática por tener como protagonista a un niño de tan sólo cuatro años, el padre del pequeño no quiere dramatizar la historia. Raúl Llamosas asegura que su hijo "se encuentra ya de maravilla", pese a que a principios de mes tuvo que ser hospitalizado tras sufrir mordeduras en la cabeza al ser atacado por un perro palleiro vagabundo mientras él y su hermano gemelo jugaban cerca del animal. Raúl explica que "no hemos puesto denuncia porque creo de verdad que no fue un ataque, sino un lamentable accidente. He trabajado muchos años con perros como peluquero y también de auxiliar en una clínica veterinaria y creo que sé distinguir bien ambas cosas", cuenta.

Este vecino de Sambreixo dice que no quiere buscar culpables, al entender que el animal "debió sentirse molesto por algo que hicieron los niños y por eso le mordió, ya que me dejó coger al niño enseguida y luego se mostró acobardado, si hubiera atacado con premeditación no lo hubiera soltado y lo hubiera destrozado. Creo que la verdad hay que decirla, aunque esté recibiendo muchas críticas por ello", acaba. El palleiro pasó a la tutela del Ayuntamiento y después a la perrera de Lugo, en donde le han encontrado un amo.

Un animal muy similar, en este caso propiedad de un vecino, fue el responsable en 2001 del grave ataque que sufrió un niño que entonces tenía siete años en Sobrado do Picato, en Baralla. Su madre recuerda que la agresión respondió "a una irresponsabilidad total de sus dueños, ya que lo tenía suelto y además lo azuzaron". El resultado fueron tres mordeduras en la cabeza del pequeño que precisaron de medio centenar de puntos y que le han dejado importantes cicatrices. "Ahora son secuelas físicas, pero durante mucho tiempo fue mucho más que eso. El niño estuvo yendo un año al psicólogo, padeció terrores nocturnos y hoy en día es un adolescente y está bastante acomplejado por las cicatrices", cuenta. Aunque hubo juicio y el resultado fue favorable para el agredido, que recibió una indemnización, su madre dice con amargura que "el dinero es sucio, nosotros no denunciamos para cobrar sino para intentar que estos casos no se repitieran. Aunque estamos satisfechos con que en nuestro caso se hiciera justicia, el sufrimiento que pasamos entonces —y que en cierto modo aún arrastramos— no se compensa ni con todo el oro del mundo", concluye.

¡Ojo con el chucho!
Comentarios