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Nunca fuimos ángeles

El de la parte inferior derecha, aunque no lo parezca, soy yo.
El de la parte inferior derecha, aunque no lo parezca, soy yo.

EN LA SALA de profesores del Colegio Nacional de Campolongo aún se conserva una vitrina en la que se exponen los trofeos que los alumnos del centro han conquistado a lo largo de su historia. En un lugar prominente destaca el más hermoso de todos; un adoquín calcáreo, coronado por una metopa metálica de la que emerge la cabeza de un caballo bañada en plata. En la inscripción se puede leer: ‘Campeonato Provincial de Ajedrez’.

A inicios de los 80 algunas cosas empezaban a cambiar en nuestro colegio. Las niñas seguían colocando fotos de artistas en las carpetas con las que de forma seductora tapaban sus incipientes pechos, en un gesto muy femenino y coqueto que siempre nos cautivó. Lo que ya intuimos que estaba cambiando eran sus gustos, y más que el chico rudo que se pasaba el día jugando al fútbol empezaba a llamar la atención otro tipo de chaval, más sensible, con otras inquietudes. Así pues, unos se apuntaron al grupo de teatro y otros nos inscribimos en el torneo de ajedrez que organizaba el Colegio de Ciegos Santiago Apóstol.

Con unas nociones mínimas y bastante osadía reunimos un equipo de cuatro titulares y dos suplentes. Era una Liga con dos equipos imbatibles, el de Bueu y los anfitriones, que hasta apuntaban los movimientos de cada partida para analizarlos luego con sus monitores. Imaginen.

Sería cosa de la suerte que acompaña a los osados, pero lo cierto es que nos colamos en la última jornada empatados a puntos en la tercera plaza con otro equipo, cuyo nombre ya he olvidado, pero como tenían dos victorias más en el cómputo general se llevarían aquel trofeo y la medalla de bronce. Todo sucedió muy rápido. Mientras entrábamos en la sala de partidas se me ocurrió una jugada tan genial como inmoral.

Verán. El ajedrez es un juego de caballeros, y las normas no escritas obligaban en este caso a emparejar a los cabezas de serie de cada equipo, luego los dos segundos y así sucesivamente. Había un punto de orgullo. Era la tradición que los mejores jugasen entre sí.

Sin comentar nada a la organización enviamos a nuestro jugador más flojo a enfrentarse con el mejor de ellos -ganarle era un imposible- y así reservamos a nuestro ‘Karpov’ para intentar la hazaña de arañar algo ante el último de los rivales. Entiendan la canallada. Los ciegos no se darían cuenta del cambiazo. Éramos unos niños. Confío en que nos perdonen.

Los jugadores del Santiago Apóstol en realidad no eran totalmente invidentes, pero para reconocer como transcurría la partida iban palpando las fichas, sujetas a las cuadrículas con unos anclajes metálicos en la base de cada pieza. Nuestro rival por el tercer puesto había perdido ya con el colegio de Bueu sus cuatro partidas y nosotros las tres primeras. Solo restaba la última, y nos bastaba con medio punto. Por eso, cuando nuestro adversario hizo un movimiento erróneo tras palpar una torre y pudimos forzar las tablas, saltamos todos a una como si estuviéramos en el Fondo Norte de Pasarón, para indignación del académico público allí reunido. Al día siguiente salimos en una foto publicada por el Diario de Pontevedra posando con el trofeo. Nos convertimos en héroes. Hasta el director del colegio se inclinaba cada vez que entraba en el aula.

Sí. Ya sé que no nos comportamos como caballeros, que rompimos normas no escritas, que no respetamos ni la moral, ni la ética, ni las buenas costumbres, y todo lo ustedes quieran; pero a la moral, a la ética y a las buenas costumbres se las manda a paseo cuando te mira de reojo la chica más guapa de Octavo B, mientras abraza contra el pecho una libreta de anillas adornada con una foto de Los Pecos.

Esta foto es un milagro

Esta foto es a un tiempo la prueba del ‘delito’ y un milagro. Hace unos días le pedí a Ramón Rozas, responsable del archivo del Diario, una foto de aquellos viejos torneos de ajedrez y resulta que encontró la misma que se publicó hace 34 años y que lo más probable es que se hubiese perdido. Cuando me la envío sentí un escalofrío. En la foto estoy todo chulito posando con el trofeo, a la derecha, encima Jaime Blanco y el resto del equipo desperdigado; Montenegro, Posada, Márquez y Ricardo. Ellos ni se acuerdan de aquella historia. Seguro que fue cosa mía.

(Publicado en la edición impresa el 15 de septiembre de 2014)

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