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No es racismo, es marginalidad

Actividad informativa de Secretariado Gitano, este verano en la Praza Maior. XESÚS PONTE/AEP
Actividad informativa de Secretariado Gitano, este verano en la Praza Maior. XESÚS PONTE/AEP

HABLAR de gitanos casi siempre supone meterse en un charco. Para empezar, por el empleo del término, en muchos ámbitos vetado por las connotaciones que, queramos o no, ha adquirido. O que entre todos le hemos dado, más bien. Pero gitano es, conviene recordar, un individuo de un pueblo originario de la India que se ha extendido por diversos países, por lo que permítanme utilizar la palabra. Hablar de gitanos también suele ser un problema porque, como sucede con muchas otras cosas, a menudo se hace por motivos negativos. Aunque no siempre. Este diario ha recogido en muchas ocasiones iniciativas positivas de la comunidad gitana, como de otros colectivos. Pero a riesgo de encender un fuego del que lo más fácil es salir quemada, voy a hablar de gitanos. por el convencimiento cada vez mayor de que no hacerlo, pasar por encima de las dificultades que padecen y de los conflictos en que se ven envueltos, no está ayudando a mejorar las cosas. Ni a ellos, ni al resto de la sociedad, que sigue mirándolos con recelo, por duro que suene decirlo.

Hace unos días volvieron a ser noticia algunos de los gitanos que viven en el barrio de A Ponte. Los vecinos no los señalaron, por miedo a ser acusados de racistas, pero tienen en el punto de mira a algunos individuos de esa comunidad por los robos que llevan meses sufriendo en vehículos, viviendas y negocios. Evidentemente, el pro blema no está en que la gente que presuntamente comete esas acciones sea gitana. Si sospecharan de un payo, la indignación sería exactamente la misma. Pero la rea-lidad es que en la promoción de viviendas sociales de Fermín Rivera, como en otras, hay esos y otros problemas derivados de la presencia de algunas familias gitanas. ¿La causa es que sean gitanas? Por supuesto que no. O al menos no todos. Si acaso, alguna dificultad menor que se deriva de las diferencias culturales. Es una realidad que gran parte de las familias gitanas son más numerosas, tienen unos lazos más estrechos y se reúnen más. Y donde hay gente hay ruido. Es inevitable.

El fondo del problema es que son casi todas familias procedentes de un poblado, el de O Carqueixo, y parten de una situación de desventaja y exclusión social. En general tienen pocos recursos, carecen de formación y de empleo y mantienen tradiciones y modos de vida que dificultan su empleabilidad y la convivencia con ciudadanos de otras culturas. Aunque el principal problema es la marginalidad. Según datos de la Fundación Secretariado Gitano, el 4% de la población gitana española vive en chabolas y núcleos segregados y el 12%, en infraviviendas. ¿No tendríamos usted o yo los mismos problemas para residir en una comunidad de vecinos si lleváramos toda una vida en una chabola y subsistiendo de la mendicidad y las ayudas públicas? ¿Seríamos capaces de conseguir un empleo sin formación y sin hábito? ¿O acabaríamos enganchados a la teta pública? ¿Acaso un chaval payo objetaría por quedarse en casa, si le dejaran, en vez de ir al instituto?

La cuestión es quién es el responsable de esas situaciones, de la marginalidad de la que proceden y en la que muchos siguen instalados, y si se está trabajando en la línea adecuada para su integración y promoción social. La experiencia ha demostrado que el sistema de erradicación del chabolismo y realojo en bloques de viviendas sociales no funciona. No funciona porque, si lo que se intenta es que se integren con el resto de culturas, que respeten los derechos y asuman las obligaciones que, para bien o para mal, la sociedad ha pactado, no se conseguirá si se les agrupa otra vez y no se les da la oportunidad de convivir con otra gente

Claro que, de la misma manera que todos somos corresponsables de lo que sucede a nuestro alrededor, seguramente todo individuo tiene una cuota de responsabilidad en su destino. Hay personas a las que nunca la vida les ha dado una oportunidad, pero es una realidad también que hay quien, por las razones que sea, no las ve o las deja pasar. Resulta difícil de entender que, si una persona subsiste con ayudas públicas de emergencia social, las emplee en un teléfono de última generación. Es solo un ejemplo, verídico, de un usuario de los servicios sociales del Concello de Lugo. Es difícil de asumir ese comportamiento, pero también que no haya un control más riguroso del reparto. En este país hay medios para hacerlo, otra cosa es que no estén donde tienen que estar o que no se empleen. Si hay una una entidad que pelea por formar y emplear a una persona que carece de recursos no parece lógico que un monitor tenga que ir a diario a su casa para llevarla al centro porque de lo contrario se quedará durmiendo. Y eso ha sucedido también en Lugo. ¿Es un problema de motivación? ¿De falta de confianza en que ese esfuerzo le va a valer para algo? Puede que sí, pero puede que también haya una pizca de irresponsabilidad.

Son situaciones que por supuesto no solo se dan en la comunidad gitana. Sucede que quizás en ella son más visibles. ¿Por qué? Seguramente tiene mucho que ver el hecho de que, si en el resto de la población,el nivel de exclusión (económica, social, educativa...) es del 23% a nivel nacional, el del pueblo gitano supera el 72%, según el último informe de la Fundación Foessa (Cáritas), del 2013. Y no solo eso. En seis años, el porcentaje de gitanos que sufren exclusión severa pasó del 26 al 54%. Es la demostración de que, cuando vienen mal dadas, quienes primero las pagan son los más débiles. Porcentualmente, hay más gitanos que payos en situación marginal y, eso, junto a algunos rasgos culturales, hace que sus problemas se vean más.

(Publicado en la edición impresa el 28 de diciembre de 2014)

No es racismo, es marginalidad
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