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Morir de pie

"Aunque suene pomposo, prefiero morir de pie que vivir arrodillado" decía en Le Monde hace un par de años Stéphane Charbonnier, alias Charb, dibujante y director de Charlie Hebdo, que ayer fue asesinado en París porque unos fanáticos decidieron vengar al profeta. El atentado contra la libertad de expresión llega cuando Europa se debate entre la islamofobia que florece con manifestaciones en la calle, sobre todo en Alemania, y la defensa y necesidad de reafirmarse frente al riesgo de racismo de nuevo en Europa; con la polémica en Francia ante la nueva novela del siempre provocador Houellebecq y la incapacidad para un debate sereno sobre las condiciones que implica la integración de la inmigración con creencias religiosas que generean intolerancia y a las que se alimenta en esa dirección, y la alerta generalizada ante los riegos reales de acciones criminales del terrorismo islamista en suelo europeo que, en el temor, puede generar formas de racismo e intolerancia frente al diferente. El atentado contra el semanario satírico Chalie Hebdo es un ataque a las sociedades libres. Va directo a un principio nuclear que define las sociedades occidentales: la libertad de expresión. Pedir prudencia a los medios, satíricos o no, frente a la amenaza terrorista yihadista equivaldría a la autoimposición del Estado de excepción. Quien se sienta ofendido en sus creencias, quien entienda que se violan derechos, en un país como Francia o España, tiene la vía de los tribunales de justicia para defenderse. No hay creencia política ni religiosa, no hay figura política ni religiosa que se sitúe por encima del principio de libertad de expresión. Los límites los marca la ley y los tribunales de justicia, pero no los sentimientos, las creencias o las ideas de quienes se sienten ofendidos. El respeto a la diversidad cultural y religiosa dentro de Europa pasa necesariamente por el acatamiento de la legislación que regula principios como la libertad de expresión. Todos hemos de decir "je suis Charlie".

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