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A Montaña cuelga el cartel de abierto por vacaciones

Ceferino de Moreira, ante el monte que oculta su aldea, de la que este hombre es uno de los escasos habitantes durante todo el año; Moreira duplica su población en agosto (Foto: Froilán Calderón)
Ceferino de Moreira, ante el monte que oculta su aldea, de la que este hombre es uno de los escasos habitantes durante todo el año; Moreira duplica su población en agosto (Foto: Froilán Calderón)

HUELE A CERRADO y a húmedo. La madera vieja cruje debajo de los pies al andar y la puerta chirría cuando Leo la empuja tras cuatro meses del más absoluto silencio. Ante él, el hogar que lo vio nacer en O Pando de Donís (Cervantes) espera como cada año, impertérrito, a que regrese desde Barcelona.

O Pando es una de las muchas aldeas lucenses que antes presumían de lozanas tierras y que hoy luchan contra el hambre voraz del monte y el acecho implacable del óxido en su cartel de bienvenida. Las aldeas como O Pando, abandonadas durante el invierno, recobran vida con la llegada de sus emigrantes cada verano.

Dice Quino a través de Mafalda: «¿No será que la vida moderna tiene más de moderna que de vida?» Esta idea no está muy lejos del pensamiento de aquellos que, cada año - como la ‘anduriña nova’ de Juan Pardo - vuelven a sus nidos de la infancia en verano. Son los emigrantes gallegos de la oleada europea de los sesenta y de la peninsular de los setenta y los ochenta, que tuvieron que abandonar sus tierras en pos de un futuro «prometedor».

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