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Misión: proteger al Generalísimo

Documentos y croquis de los dispositivos de protección a Franco. (Foto: Tejero)
Documentos y croquis de los dispositivos de protección a Franco. (Foto: Tejero)

Las visitas y desplazamientos por la provincia del exjefe del Estado Francisco Franco obligaban a la Benemérita a establecer grandes dispositivos, en los que era habitual movilizar entre 200 y 300 agentes.

garantizar La seguridad de Franco exigía un control milimétrico del recorrido de la caravana automovilística del dictador cada vez que atravesaba la provincia hacia el pazo de Meirás, en sus visitas a Lugo o Ribadeo, por la arribada del yate Azor a la ría de Viveiro o cuando pescaba salmones en el río Eo. Estos viajes obligaban a la movilización de numerosos guardias civiles, en ocasiones más de 200 o 300, según se detalla en las memorias y gráficos de vigilancia y protección de los itinerarios que se elaboraban por la Comandancia de Lugo. «Nos situábamos en lugares donde dominábamos el terreno circundante, casi siempre de forma que pudiésemos ver al otro compañero de pareja», comenta un guardia jubilado.

Los lucenses de cierta edad recuerdan a las fuerzas de la Benemérita apostadas en las carreteras y los sucesivos controles de Tráfico. Este despliegue era fruto de un pormenorizado estudio del terreno, como reflejan los documentos y planos del instituto armado de finales de los 60 y principios de los 70, muchos de ellos con el sello de secreto.

Luis López Díaz-Pallín, expolítico lucense que asistió a varios actos presididos por Franco, considera que la vigilancia policial «no era exagerada». Recuerda una visita del exjefe del Estado a Lugo para inaugurar el Palacio de Justicia. Pallín aguardaba con el abad de Samos y otras autoridades la llegada de la caravana oficial. «El caudillo se bajó del coche en la avenida de Os Tilos y caminó con nosotros. Había policías, pero era una escolta normal. Se podía acercar todo el mundo», comenta. En 1958, Franco visitó la feria exposición instalada en el parque Rosalía de Castro. Pallín también acudió a una visita del general para inaugurar la reconstrucción del monasterio de Samos tras un incendio, «por el que te podías mover una vez que te autorizaban la entrada». Asistió a la inauguración del salto de Belesar, en Chantada, y al posterior banquete, «en el que Franco ocupó la cabecera de la mesa, cerca de los demás comensales».

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