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Mariano y yo

El ritual.
El ritual.

RAJOY Y YO somos almas gemelas. En este momento de zozobra general, en este día preciso en el que ambos miramos al abismo con miedo a que el abismo nos devuelva la mirada, seguramente compartimos la sensación de la compresa, ocupando el mejor sitio en el peor momento, a un solo paso de un poder que quema como la determinación de un bonzo rociado de desesperanza.

Reconozco que lo suyo es mucho peor, porque había deseo. Solo que se le va a cumplir cuando menos gracia le hace, a desgana. Después de dos derrotas sonoras como dos bofetadas y de ocho años tratando de cimentar, con éxito relativo, la imagen de líder, la venganza le va a llegar en un plato tan frío que no hay manera de masticarla, y así no hay estómago que digiera nada. Supongo que lo primero que hará mañana será coger un avión a Berlín para presentar credenciales y pedir permiso e instrucciones. Un poder acabestrado.

Yo lo comprendo, al pobre. Hoy aspiro a presidente con una aspiración abúlica, inapetente. Como a Rajoy la crisis, a mí un sorteo me ha situado al borde de la máxima cota de poder a la que nunca podrá acceder alguien de condiciones tan limitadas: la presidencia de una mesa electoral. Vale, solo como suplente, pero suplente primero, que aún hay clases.

El papelito en el que la Junta Electoral de Zona me anunciaba mi suerte llegó acompañado de un completo manual de instrucciones, como una de esas cartas que las autoridades económicas europeas enviaban a Zapatero. Que si un acta por aquí, que si un interventor por allí, lo que más me atrajo de la idea fue comprobar las extraordinarias potestades que la ley electoral otorga a un presidente de mesa: sí, es solo momentáneo, pero en esas horas el presidente es el puto amo, con un poder omnímodo que para sí quisiera el Banco Central Europeo.

Mi capítulo favorito es el dedicado al orden público «dentro del local electoral, e incluso en los alrededores», con «autoridad exclusiva respecto del mantenimiento del orden público». Para imponer su voluntad, el presidente puede incluso dar órdenes a los policías o guardias civiles, «quienes prestarán el auxilio que se les requiera». Tengo que preguntar si esto también incluye la posibilidad de mandar fusilar dentro de la cabina a alguien si te toca especialmente las narices, pero hasta sin este pequeño detalle la autoridad que detenta el presidente es bien golosa.

El problema es que no hay sistemas perfectos, ni siquiera éste. Ya ven, alguien que va a disponer de semejante responsabilidad es elegido por un sorteo, que lo mismo señala a una bellísima persona que a un desastre en potencia como yo. Un amigo con años de experiencia en elecciones me contaba el otro día el caso de un presidente de mesa que, en pleno verano, mantenía a la pareja de la Guardia Civil bajo un sol de justicia a la entrada del local electoral, climatizado. «Es que las normas dicen que nadie puede entrar con armas ni instrumentos que puedan ser usados como tales», respondió cargado de razón cuando le preguntaron por el motivo de que dos agentes estuvieran al borde de la hospitalización por golpe de calor. Interpretación restrictiva, sí, pero cualquiera le dice nada.

Aunque, llegados a este punto, tampoco estoy muy convencido de que el método de una persona, un voto sea ya exactamente lo que esperábamos de él. En Grecia o en Italia, por ejemplo, no gobiernan en estos momentos quienes fueron elegidos por sus pueblos, sino dos presidentes de mesa electoral cuyo poder omnímodo emana de una entelequia que llamamos mercados y que solo rinden cuentas ante sí mismos. Visto así, lo del sorteo tampoco parece un mal método, al menos le puede tocar a cualquiera.

No creo, pese a todo, que hoy llegue la sangre a la urna. Lo más normal es que el presidente titular acuda a la constitución de la mesa electoral y yo a las ocho y media de la mañana esté de regreso a mi casa con los periódicos, el pan y unos cruasanes calientes, después de ver como el poder con mayúsculas se me escapa de las manos sin apenas haber llegado a rozarlo, como si fuera Rajoy en la próxima cumbre de la UE.

Pero, por si acaso, van avisados: si hoy tienen que acercarse por la mesa electoral U -la situada en el Pabellón de los Deportes-, «o incluso por los alrededores», sepan que alguien como yo puede estar vigilándoles; compórtense y no provoquen, porque a mí a demócrata no me gana nadie.

Mariano y yo
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