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Mallas

Si por un lado los avances tecnológicos supusieron progresos que hacen más llevadera la vida en el campo, también es cierto que se cargaron casi todo el abanico de oficios y faenas que conformaban las tradiciones rurales. Menos mal que a alguien se le ocurrió resucitar las mallas, aunque solo sea como actividad recreativa, lejos, claro, de tener el encanto de las prehistóricas. Meira prepara ya su veintitrés edición, Castro de Rei la celebró ayer, a la que antecedió la finca Galea, en Alfoz, entre otras. De todos los quehaceres agrícolas, la malla era la única que exigía la participación colectiva del vecindario, en duras sesiones, todo hay que decirlo; contribuían a confraternizar los pueblos, a la vez que eran soporte de jolgorio y sana barahúnda difícil de concebir en cualquier otra manifestación rural. Encubrían, además, verdaderas orgías gastronómicas, siempre al final de cada sesión. Y permitía también, como no, lucirse a quienes urdían los palleiros, a modo de pallozas, verdaderas obras de arte, para lo cual no todos los parroquianos estaban dotados.

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