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Las dificultades reflexivas

ENTREVISTAN al filósofo Byung-Chul Han para Babelia y, tras la primera pregunta, dice que para responder necesitaría pensar un par de semanas. Imagínense. Sudores fríos del entrevistador: «Ay madre que esto no lo entrego a tiempo». La gente reflexiva es maravillosa de leer y complicada de entrevistar, a no ser que sean meditadores veloces, algo que es casi un oxímoron. Es decir, a no ser que vengan pensados de casa.

Con más personas necesitadas de los tiempos del coreano no habría quién hiciera un periódico, no hablemos ya de de un telediario y mucho menos de una web. Estaríamos en la redacción mirando el teléfono, aguardando que nos respondiesen a una segunda pregunta, con el anhelo de quinceañeras enamoriscadas. Patéticos seres que contarían batallitas de aquella entrevista que consiguieron acabar en un solo mes. Hazañitas del sector. ¿Creen que la justicia es lenta? Ja! Esperen a conocer la del mundo conquistado por los reflexivos, con esos interrogatorios llenos de pausas introspectivas. «No es que no quiera contestar señor juez, es que quiero pensarlo bien. Deme unas horas. O días». Los magistrados asumirían un par de casos o tres en sus carreras, como mucho. Pilar de Lara no sería la jueza de la Pokemon porque fuese su caso más mediático sino porque sería el único.

En realidad, el periodismo seguiría teniendo sentido porque las ideas reflexionadas, a no ser que sean una completa estupidez (en cuyo caso poco importa lo que hayan macerado), tienen más eco, son más longevas, duran más. Lo que se piensa bien, es más válido durante más tiempo, sus efectos reverberan y se pueden seguir tirando de esas conclusiones una y otra vez. Sacaríamos un periódico a la semana como mucho, pero ¡qué periódicos! Lo que se dijera el lunes se mantendría el sábado y se podría seguir leyendo como fresco. Habría una reducción al mínimo de ese fenómeno conocido como ‘tanto te digo una co como te digo la o’ y conoceríamos, al fin, los placeres de una opinión sostenida en el tiempo, de la consistencia del pensamiento.

En semejante panorama resurgiría un arte que un artículo reciente daba por perdido: el de las cartas de enfado no enviadas. Recordaba su autora, Maria Konnikova, que era una práctica habitual de Licoln o Mark Twain la de escribir a alguien una misiva con la clara intención de abroncarle, descargar la ira y dejarla ahí. El primero no hacía esa reflexión a posteriori, sino que el ejercicio de redactar esa carta ya tenía ese objetivo claro, de forma que las acababa con un: no enviar nunca, no firmar nunca. Como el tiempo no es benevolente con los espíritus discretos, ahora conocemos su contenido. El segundo defendía que era ese un fantástico ejercicio de «fanqueza y libertad no permitida». En realidad, Twain se tomó muchísimas libertades y fue muy franco expresando sus opiniones en escritos que sí hizo públicos. En los que entonces no se conocieron pero ahora sí figuran perlas como su creencia de que los rusos fueron unos tibios frente a los abusos de los zares, como si no pudieran soportar «perder un infierno completo y solo quisieran que se bajara un poquito la temperatura».

De todos los ejemplos citados, mi favorito es el extracto de la carta no enviada del presidente Truman a su secretario del Tesoro: «No creo que ni el asesor financiero del mismísimo Dios fuera capaz de entender la situación financiera de los Estados Unidos a través de la lectura de su informe».

Todas esas cartas permanecieron en la bandeja de no enviadas y se conocen ahora, tantos años después, cuando ya no pueden hacer daño. No son estos los tiempos en los que no se comparten cosas así, todo lo contrario. El artículo lo incluye y su lectura lo evoca irremediablemente: qué maldición suponen las rápidas conexiones para los ánimos poco tendentes a la reflexión, en un segundo has mandado un whatsapp y has empezado a liarla, un twitter que emponzoña la actividad pública tres días, unas declaraciones que siguen dando que hablar un mes después.

Ni escribir un correo electrónico largo que guardes en la carpeta de borradores se puede equiparar en efectos a las cartas enfurruñadas que Lincoln redactaba cuidadosamente para no enviar jamás. En el proceso de escribir a mano, pensar y escribir, repensar y volver a escribir, se va diluyendo el enfado y, sobre todo, aquello que Felipe González decía querer evitar a toda costa: la acritud. Puede quedar al acabar el poso de cierta molestia que se ha de transmitir: esto se hizo mal, es mejor no repetirlo. Pero no el deseo de meter el dedo en la llaga que sería lo primero que se hubiese hecho de no haber mediado la carta.

Aquí y ahora, todo es acelerado y un tanto irreflexivo. Así nos va.

(Publicado en la edición impresa el 5 de abril de 2014)

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