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La vida después de un ictus

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Sentado y sin hablar, nadie dice que Félix ha sufrido un ictus. Fue hace cuatro años —«fainos o 20 do mes que vén», concreta—, cuando tenía 47, y su grado de recuperación fue tal que hoy es una persona autónoma «practicamente ao cen por cen», explica. Una hemiplejia y una levísima dificultad en el habla son las únicas secuelas que tiene actualmente, algo que no es casual sino que responde a dos factores que han sido clave: la rápida atención médica y el empeño que puso en la rehabilitación. «Hai que tomalo con ganas. Un non se pode pechar en si mesmo, é o que lle diría a calquera que teña esta enfermidade», afirma.

Félix, técnico de mantenimiento hasta que sufrió el ictus, estaba trabajando cuando empezó a sentirse mal. «Estaba subido nunha escaleira a uns dous metros reparando unha máquina e sentín que se me desconectaba a parte dereita do corpo —describe muy gráficamente—, pero deume tempo a baixar antes de perder o equilibrio». En ese momento estaba solo, pero tuvo la fortuna de que sus compañeros entraron en esa parte del edificio cuando no habían pasado ni cinco minutos y, aunque Félix no podía hablar, enseguida se percataron de lo que sucedía y llamaron al 061.

En realidad la fortuna fue doble, puesto que otro elemento clave fue que el centro de trabajo estaba muy cerca del hospital. «Nesta enfermidade a rapidez é primordial», explica este meirense, que como los buenos pacientes se ha preocupado de conocer su enfermedad en profundidad y de hacer todo lo posible para controlarla. Porque, efectivamente, Félix está en lo cierto, la atención médica inmediata es clave para evitar la muerte y reducir las secuelas posteriores.

Félix tuvo mucha suerte porque sufrió el ictus por la mañana y eso implicó que le pudiera atender un neurólogo. Si le hubiera sucedido a partir de las tres de la tarde, no sería visto por un especialista hasta la mañana siguiente y el tratamiento le sería administrado por otro médico, ya que en el Xeral no se hacen guardias de Neurología, al igual que ocurre en el resto de Galicia, a excepción de Santiago.

Pero más grave todavía es que el hospital cuenta con el equipamiento necesario para montar una unidad específica de ictus —adquirido gracias a la inversión privada que lograron captar los facultativos— y ésta no funciona porque necesita un permiso. La nueva gerencia del complejo manifestó en julio que la unidad entraría en funcionamiento, aunque desde entonces no se ha vuelto a saber nada. Y eso a pesar de que se producen una media aproximada de tres ingresos al día a causa de un ictus.

Recuperación
En el caso de Félix por fortuna todo salió bien. Al día siguiente ya empezó a hablar y poco a poco fue recuperando el equilibrio. «Ao principio non era capaz de aguantarme sentado e non podía andar», recuerda. En esos quince días ya empezó a recibir sesiones de fisioterapia, que continuó luego varios meses combinadas con terapia ocupacional y logopedia.

La evolución fue tan buena que en menos de un año ya le habían dado el alta médica. Sin embargo, Félix creía que podía mejorar y buscó ayuda por su cuenta. La encontró en la asociación de daño cerebral de A Coruña, puesto que en esa época todavía no se había creado la de Lugo, de la que es vocal actualmente. Durante casi dos años acudió un par de días a la ciudad herculina para recibir sesiones de fisioterapia, terapia ocupacional y logopedia. Y el resultado está a la vista. Hoy conduce, cuida de su nieta Daniela, de poco más de dos años, y tiene una intensa vida social.

Su vida dio un giro radical con 47 años, sí, pero ha sabido buscarle el lado positivo y hoy es feliz. «Pasei de levantarme ás cinco da mañá, ás dez, que che cambia un pouco, e hoxe o meu traballo é levar á netiña á gardería. O ictus penso que é como unha lotería, se che toca, tócache, porque eu era unha persoa sana, fixérame uns análises e déranme ben, sempre fun delgado... Iso si, fumaba», reconoce, a la vez que invita a ser lo más positivo que uno pueda si, por desgracia, esa lotería toca.

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