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EICHMANN EN JERUSALÉN

La obligación de pensar

Si alguna vez ha contemplado cómo se han sacado conclusiones peregrinas de una obra seleccionando hechos aislados, entenderá que lo que le ocurrió a Hannah Arendt es más actual que nunca

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COMO ACABA de ocurrir con Michael Karcok, identificado en Minneapolis hace apenas un par de meses, también Adolf Eichmann fue localizado bajo otro nombre, llevando una vida sencilla en un país que no era el suyo. El 20 de mayo de 1960 fue secuestrado por agentes del Mossad al bajarse de un autobús en Buenos Aires y trasladado a Israel para ser juzgado, convirtiéndose en el único oficial de las SS que se sentó jamás ante un tribunal de Jerusalén.

Hannah Arendt, filósofa que se resistía a ser llamada así, se ofreció a cubrir el juicio para The New Yorker. La revista publicó los artículos de Arendt en cinco números en 1963, y, aunque después se reunieron en un libro, seguramente el formato en entregas fue clave para favorecer la ola de indignación que provocaron. Es muy probable que mucha más gente leyera el primer artículo que el quinto. Se convirtió en una especie de medalla de moralina jactarse de no haberlo leído, de tanto que se despreciaba, para acto seguido seguir hablando de él, despellejándolo. Lo cierto es que Arendt se sintió enseguida malinterpretada y, casi con seguridad, solo hizo falta ese primer número porque en él ya aparecen las dos razones para el enorme rapapolvo intelectual y popular que recibió: el papel de los Consejos Judíos en el aprisionamiento de los suyos, y la descripción de Eichmann como un burócrata, con poca ideología antisemita pero mucha pasión por medrar.

Arendt no fue la primera en exponer que, de no haber sido por la colaboración de los cargos judíos, las muertes habrían sido muchísimas menos. Le parecía casi una ingenuidad no dar por sentado que, si ellos no hubieran entregado a los nazis los listados de nombres y direcciones, si no hubieran hecho por tanto una preselección de quién sí o quien no, los traslados en masa a los campos de concentración no se hubieran podido producir con la eficiencia con la que lo hicieron. Fueron los representantes del pueblo judío los que, tanto en Alemania, como Polonia, Hungría u Holanda elaboraban las listas, recaudaban de los selecionados el dinero para su deportación y exterminio, actualizaban el registro de viviendas que quedaban libres, instaban a la policía judía a colaborar con los nazis para detención y embarque en trenes de otros judíos, vendían la estrella amarilla —lo que llegó a ser un gran negocio, como siempre lo son los uniformes— y entregaban a los oficiales los números de cuenta de los detenidos para que pudieran ser confiscadas.

Arendt no fue la primera en exponer que, de no haber sido por la colaboración de los cargos judíos, las muertes habrían sido muchísimas menos


La inclusión de esos detalles, que salpican con todo su espanto el texto entero, acabaron desvirtuando el objetivo del libro. Arendt insistió, años y años después, que su intención había sido hacer "un informe" de un juicio, recogiendo lo que allí pasaba, lo que se decía y las preguntas que propiciaba. No importó. Lo que muchos interpretaron fue que deseaba ser el dedo acusador que, desde cierta posición de superioridad moral, critica el papel de los suyos. Como si mencionar ese papel equivaliese a olvidar a los verdaderos responsables del Holocausto, el más terrible mal nunca visto. Y que fuera precisamente ella, una judía apátrida que había logrado huir de Alemania y, tras pasar un tiempo en un campo de internamiento francés, recalar sana y salva en Estados Unidos la que insistiera en tal cosa. Si incluso el fiscal en los autos del juicio eludió incluir algún libro, del que no dudaba de su veracidad, porque daba fe de esos comportamientos que debilitaban la postura de la acusación. En fin, Arendt no fue la primera en informar sobre esos hechos pero sí en hacerlo en una revista tan leída.

En ese mismo espacio, Arendt extrajo a Eichmann de una categoría en la que muchos quisieron encajarlo: la de monstruo. Creer que solo un monstruo podía hacer lo que hizo es, ahora lo sabemos, desconocer la naturaleza humana. Ese empeño por separarse del asesino es, en realidad, puro miedo, pero no al otro, sino a nosotros, a lo que somos capaces de hacer.

Si se lee el libro de cabo a rabo, se comprueba que Arendt dibuja un perfil realmente demoledor de Eichmann y que prepara al lector desde el principio para el deleznable hombrecillo que lo protagoniza. Ya en el primer artículo, la autora deja claro lo que pasa: Eichmann es incapaz de pensar por si mismo y, por descontado, ponerse en el lugar de los demás. Aunque muchos se convencieron de que fingía precisamente para buscar benevolencia, Arendt vio enseguida que Eichmann era el epítome del burócrata gris, que jamás cuestiona una orden, que hace de cumplirlas el motivo de su existencia, que solo habla con clichés, con las frases hechas que los que mandan idearon para no llamar a las cosas terribles por su nombre, que se ve impelido a obedecer porque debe seguir la ley, no cabe otra opción. Él, que se encargó de organizar el traslado de millones de judíos a los campos de concentración y a una muerte segura, declaró que no odiaba a los judíos, ni había matado o dado órdenes de matar a ninguno. Eran las órdenes lo que le movían. Confesó que si Hitler le hubiera mandado matar a su padre lo hubiera hecho sin vacilar.

Pero una cosa es que Arendt asuma el carácter de abeja obrera de Eichmann, con su software del perfecto nazi que no se cuestiona nada instalado, y otra cosa muy distinta es que lo entendiera, que no lo considerara responsable de sus actos o que lo contemplara con clemencia, como algunos quisieron dar a entender. Eichmann sabía lo que hacía y él mismo cuenta en el juicio el espanto con el que contempló el gaseamiento de un grupo de judíos en un camión y su posterior depósito en una fosa común donde un trabajador del campo les arrancaba los dientes de oro con unos alicates. La escena le dejó sin aire. Cuando le explicaron que Hitler había ordenado el exterminio de los judíos, dice que perdió "la alegría en el trabajo" (sic), pese a lo cual siguió ejerciéndolo con toda entrega.

Ron Jones, un profesor de instituto de Palo Alto se propuso demostrar a sus alumnos que un régimen como el III Reich podía volver a suceder


Arendt ni defendió ni justificó a Eichmann, no lo intentó presentar como un hombre corriente que no sabía lo que hacía sino que lo describió como un hombre corriente que, sabiendo lo que hacía, solo contemplaba seguir haciéndolo porque lo creía su obligación. Muchos, incluso amigos que la conocían bien, lo interpretaron de otra manera. Se ve bien en la película Hannah Arendt (Margarethe von Trotta, 2012), que narra qué supuso la cobertura del juicio para ella y para su carrera, y también en sus cartas, donde cuenta lo que sucede, en el calor del momento, con admirable y certera distancia. En varias de las que intercambia con la escritora Mary McCarthy (Entre amigas, Lumen, 1998) asegura que no va a rebatir lo que críticos, historiadores, periodistas o intelectuales dicen de Eichmann en Jerusalén (DeBolsillo, 2017) porque todas las críticas están dirigidas a 'una imagen' del libro, no al libro en si, y esa 'imagen' sustituye al libro. Si ella hablabla de esa imagen daba pábulo a su existencia, la reconocía . Era como si hubiera escrito lo que otros decían que había escrito y ella sabía que no: una defensa de Eichmann.

Uno de los motivos por los que seguramente algunos hicieron una lectura tan retorcida de la obra fue por la denominación "banalidad del mal", como si el término banalidad se refiriese a una característica del mal, a una especie de ligereza inconsecuente, sin importancia, cuando en realidad aludía a la incapacidad de pensar de Eichmann, a su absoluta ausencia de reflexión. "Únicamente la pura y simple irreflexión —que en modo alguno podemos equiparar con la estupidez— fue lo que le predispuso a convertirse en el mayor criminal de su tiempo... En realidad, una de las lecciones que nos dio el proceso de Jerusalén fue que tal alejamiento de la realidad y tal irreflexión pueden causar más daño que todos los malos instintos inherentes, quizá, a la naturaleza humana", escribió. Es decir ese mal es banal en el sentido que se hace sin análisis, como si efectivamente fuese una cosa ligera, una rutina, una tareíta de nada.

El terror que supone percatarse de que solo contemplándolas como una rutina, como el cumplimiento de una obligación, permitió a cientos de personas cumplir con empresas terribles día tras día fue difícil de asumir. Quizás conocer los resultados de experimentos que se realizaron en los mismos años en los que Eichmann en Jerusalén vio la luz hubiese ayudado. Stanley Milgram publicó, también en 1963, su artículo Estudio sobre el comportamiento de la obediencia, en el que medía la disposición a acatar órdenes de una autoridad, aún cuando estas entran en contradicción con la conciencia personal. En ese experimento se pedía que los participantes aplicaran descargas eléctricas supuestamente dolorosas cuando alguien se equivocaba con una serie de respuestas. Las recibían actores que fingían dolor creciente a medida que aumentaba el voltaje y estaba presente alguien que representaba una especie de investigador, una autoridad, que instaba a los participantes que dudaban a seguir aplicándolas. El resultado, ya conocido, es demoledor: el 65% de los participantes aplicaron la descarga máxima. Muchos dudaron ante los gritos y súplicas de los receptores de las descargas, pero cuando la autoridad les decía que debían continuar, lo hacían.

Cuatro años después, Ron Jones, un profesor de instituto de Palo Alto se propuso demostrar a sus alumnos que un régimen como el III Reich podía volver a suceder, que ninguna sociedad, por libre que fuera, era completamente inmune al atractivo de una dictadura. Creó un movimiento, al que llamó La Tercera Ola, y cuyas reglas fue aplicando de forma paulatina: desde sentarse en silencio en clase y encabezar las preguntas con un 'señor Jones' hasta una tarjeta de pertenencia al grupo. Al tercer día, los seguidores habían pasado de los 30 alumnos del aula a 200 de todo el instituto. En esa misma jornada, muchos empezaron a delatar a otros que no cumplían las normas. El experimento se detuvo al quinto día porque Jones se percató de que se le estaba yendo de las manos. En la película inspirada en el mismo (La Ola, Dennis Gansel; 2008) se modifica el final por razones narrativas y, efectivamente, se le va de las manos.

Es doloroso percatarse de lo maleables que somos, lo gregarios, lo fácilmente que abandonamos el pensamiento activo, el diálogo interno con nosotros mismos, el enjuiciamiento propio y constante que exige la vida consciente, en favor de una especie de reflexión subrogada, que dejamos hacer a otros. Por eso nos revolvemos contra quien nos lo señala y por eso se hizo una interpretación tan injusta del libro de Arendt, de quien el Nouvel Observateur llegó a preguntarse en portada si no sería ella una nazi.

Arendt —a quien muchos no leyeron y otros no entendieron— solo nos recordó que, incluso en los tiempos más oscuros, hay otra opción, pero exige trabajo, exige un pensamiento entrenado a diario, afilado para poder cuestionar y cuestionarnos. Si nos dejamos ir, solo queda el abismo.

La obligación de pensar
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