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La luz es la superación

Ángeles Míguelez, con restos de huesos de una ballena en el Museo do Mar, en San Cibrao. ANTONIO LÓPEZ
Ángeles Míguelez, con restos de huesos de una ballena en el Museo do Mar, en San Cibrao. ANTONIO LÓPEZ

la autonomía personal es una meta constante en la vida de la lucense Ángeles Míguelez desde que se quedó ciega con tan sólo 16 años de edad, a raíz de un tumor cerebral. El apoyo familiar fue decisivo para afrontar la nueva situación, que le obligó a aprender de nuevo cómo desenvolverse por sí misma. Su afán de superación y la ayuda de la Once hicieron el resto. Ahora inicia una nueva etapa, que le permite su integración laboral, al lograr el puesto temporal de vigilante guía en el Museo do Mar de San Cibrao, ofertado dentro del Lugo Emprega de la Diputación, institución a la que se muestra muy agradecida.

Una amiga la animó a presentarse a una de las plazas reservadas para personas con discapacidad. Tras superar la prueba, está «encantada, moi feliz. Estou en período de adaptación, xa andei tanteando co bastón, que nos espacios interiores non uso cando xa os teño controlados, e tanto Amelia como José me axudan a identificar os puntos cos que podo chocar», explica antes de agregar que en más de una ocasión se llevó un buen topetazo.

Su misión será detallar a los visitantes qué piezas pueden ver en el museo y contarles la historia de éste, «creado polo pobo, que foi quen aportou a maioría das pezas».

Ángeles Míguelez, que ahora tiene 39 años, asegura que se adaptó bien a la nueva situación, aunque reconoce que «os primeiros días son traumáticos», subraya que «sobre todo meus pais pasárono mal, pero nunca foron persoas que se derrubasen e sempre me dixeron que tiña que seguir adiante, a pesar de que era difícil».

El otro pilar que tuvo fue su hermana, tres años menor, quien le leyó muchos apuntes que ella pedía a sus compañeros. «Levaba os cursos por adiantado, antes de que lle tocasen. Tamén me ten lido apuntes de dereito».

La lucense confiesa que se encuentra a gusto en San Cibrao, porque «o pobo é pequeno e malo será que me perda, ademais a xente é moi amable e todos cooperan conmigo». Ángeles alquiló un piso para su estancia en la villa marinera, lo que también supone un cambio respecto a su vida cotidiana, pues hasta ahora siempre residió con sus padres.

En casa
La mujer recalca que se vale por sí misma. «Fago de comer, lavo a roupa, plancho... Na casa xa facía todo aquilo no que podía colaborar con miña nai», apunta, antes de reconocer que lo que peor lleva es barrer. «Dáseme mal», apunta.

Hasta tal punto se maneja que «non me daría medo enfrontarme á vida sen eles, pois penso que me podo valer por min mesma». Sin embargo, prefiere no pensar en que algún día le falten, ya que produce tristeza. La joven sabe que en ese caso «sempre tería o apoio da miña irmá e dos meus curmáns», pues forma parte de una familia bastante amplia.

A Ángeles también le produce incomodidad ir al supermercado, sobre todo cuando su tamaño no +es muy grande, dado que «necesito pedirlle a algún empregado que me axude, pero cando son poucos paréceme que estorbo». Sin embargo, para efectuar compras de ropa prefiere una tienda pequeña, en la que un dependiente le facilite lo que necesita.

Otra dificultad diaria se produce cuando acude a un restaurante a comer, ya que prefiere aquellos en que le leen la carta o el menú se lo facilitan en braille para que pueda elegir la comida y se la sirvan. Por eso, también descarta los buffets libres. Otro obstáculo que encuentra son las dificultades para acceder a determinadas páginas de internet, que son incompatibles con el programa informático que les facilita la Once.

No todos son impedimientos, porque las nuevas tecnologías permiten que las personas con deficiencia visual bajen libros de internet o lean el periódico.

Ángeles Míguelez considera que las personas con ceguera están muy apoyadas por dicha organización y añade que «hai moitos avances e enseguida che ensinan o que necesitas». En este sentido, recalca que los invidentes conservan la capacidad de sociabilidad.

Dependencia
Para la lucense, la limitación más grave que sufren es la referida a la movilidad, sobre todo cuando se trata de desplazarse a distancias largas, dado que «dependemos de que haxa un medio de transporte. A xente que quedou cega de maior lamenta moito iso».

Míguélez defiende que las administraciones den pasos para la adaptación e integración de las personas con diferentes discapacidades y que por detrás de ellas, actúen también de igual modo las empresas.

Está a punto de acabar la carrera de Derecho
La nueva trabajadora del museo está a punto de acabar derecho, dado que se examinará en septiembre de la asignatura de procesal, la última que le queda. Casi toda la carrera la cursó en A Coruña, aunque ahora está matriculada por la Uned en Lugo. Ángeles Míguelez comenta que «de nena quería ser xuíz, porque vía que para impartir xustiza había que ser unha persoa importante e ter poder. Agora xa non podería selo, nin tampouco notario, porque non podo dar fe».

Sentidos
La joven resalta que la pérdida de la visión provocó que se le desarrollasen otros sentidos, sobre todo el oído y el olfato, que le permiten identificar personas por los pasos o incluso saber quien estuvo en un lugar por los olores. Cada día lucha por saborear la vida.

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