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''La fusión no se inventó anteayer; viene de la noche de los tiempos''

JORGE PARDO ha hecho un sudoku con su agenda para estar este martes en Lugo. El lunes estaba en Argelia, el jueves toca en Vilagarcía y desde allí partirá para actuar en Nueva York. «Consecuencia del oficio y del pequeño monstruo que me he creado». Él deja claro que, no es «su» espectáculo, sino el de tres músicos. Pardo comparte escenario con el pianista de jazz asturiano Isaac Turienzo, distinguido por la fundación Autor, y el guitarrista clásico Armando Orbón, que se ha subido a escenarios de 70 países. El ‘show’ que se verá esta noche en Lugo ha pasado ya por Arabia Saudí y Omán.

¿Cómo nació este espectáculo?
Tengo que decir que fue una idea de Isaac Turienzo, que ya tenía contacto con Armando Orbón, un guitarrista de repertorio clásico español, y que me invitó a mí a tomar parte del espectáculo. La historia es aunar fuerzas entre tres músicos procedentes de mundos diferentes y unidos por el gusto por la música.

Cogerán elementos del jazz, el flamenco y la clásica. Hace décadas que se encontraron el jazz y el flamenco, pero parece que ahora la clásica entra con fuerza en la escena jazz...
Puede ser verdad. No es más que fusión. La fusión parece que se ha inventado anteayer, pero está en la música desde la noche de los tiempos. Todo es fusionado. Y,
aunque hay quien diga lo contrario, el jazz no es una música pura, como tampoco lo es el flamenco o la música clásica. ¿Quién puede decir que Beethoven no aprovechó las músicas populares, las coplas, de su tiempo?

El lenguaje y el material son los mismos; son siete notas...
Doce, si contamos las cromáticas. El material es el sonido y la ausencia del sonido, que es el silencio. Y las emociones. ‘La raspa’ es tan música y tan válida como una sinfonía de Mahler. Y a lo mejor, por la noche, el día de tu cumpleaños, te apetece más ‘La raspa’ que Mahler. Cuando se tabica las músicas se cierran puertas, y acaba perdiendo uno mismo.

¿Qué se van a encontrar los lucenses frente al Jorge Pardo que ya han visto en Lugo otras veces?
Pues un músico con miles de kilómetros más en la espalda, con canas y arrugas... y algunas cosas más por enseñar. Además, éste no es un ‘show’ mío; somos tres.

¿Tocarán juntos, separados, revueltos...?
En efecto. Habrá de todo, piezas originales para este espectáculos, temas clásicos y también estándares del jazz, alguna cosa de Piazzola, del repertorio de cada uno...

En su discografía hay títulos evocadores como ‘Las cigarras son quizá sordas’ o ‘Veloz hacia su sino’. ¿Dónde nacen?
Me gustan los interrogantes más que las evidencias y me gusta que leer el título de un disco no deje indiferente y que favorezca la creación de imágenes mentales. Es una forma sugerente y creativa, lejos de lo obvio, de determinar lo que es un poco cada uno.

En su caso, además de los logros y reconocimientos en solitario, ha tomado parte de trabajos históricos de la música popular como ‘La leyenda del tiempo’, de Camarón, o ‘Sólo quiero caminar’, de Paco de Lucía. ¿Fue consciente en aquel momento? ¿Cómo lo ve con la perspectiva de los años?
Todo aquello lo viví como un trabajo más. Fue interesante, emocionante, como tantas otras cosas que he hecho, pero en el momento no tienes consciencia de que tal o cual trabajo puedan tener una trascendencia futura. Y ahora, casi tampoco. La gente que se dedica a hacer listas, clasificaciones, recopilaciones le da esa trascendencia a los discos y lo va poniendo en boca de la gente. Sinceramente, es una anécdota que haya ocurrido así. Y, además, es mentira.

¿El qué?
Que ‘La leyenda del tiempo’ sea un disco tan trascendente. No creo que haya 50.000 españoles que tengan el disco en sus casas. ¿Cuántos tienen discos de El Koala? Sigue siendo muy de minorías. Y no lo digo como algo peyorativo. Es algo que me agrada. A veces es más creativo trabajar para 50 personas que para cinco millones. Y la historia ha puesto a Camarón como un icono del flamenco y, sin embargo, vendió muy poquitos discos. Algo parecido pasó también con Astor Piazzola, con todo el prestigio que tiene.

Pero también participó en el ‘Descanso dominical’ de Mecano, que sí que fue masivo...
¡Es verdad! (Risas). Fue fruto de la casualidad. Estaba en el momento M, a la hora H en el sitio S y apareció por allí José María Cano. Necesitaba un solo de saxo y yo andaba por allí. Salió y se hizo. Y lo hice con el mismo cariño que cualquier otro trabajo. Y luego resultó ser una de las canciones más carismáticas del repertorio de Mecano, que es bastante amplio.

Y con esa nómina de colaboraciones, de Paco de Lucía a Chick Corea o a Chano Domínguez, ¿hay alguien con quien todavía no haya tocado y a quien tenga ganas?
Mi intención es siempre hacer un bonito trabajo, aprender. Ganar dinero no es lo primero que tengo en mente —si se gana, mejor—. No quiero parecer un ‘desaborío’ —que dicen los andaluces—, pero los grandes nombres no son un objetivo. Y no porque estime que son mejores o peores músicos. He buscado lo que he tenido a mi alcance: algunos los conocen veinte; a otros, diez; a otros, ni Dios, casi. No me motiva el hecho de trabajar con éste o aquél caprichosamente. Y pienso seguir trabajando así, sin excluir músicas ni plegarme sólo a nombres bien conocidos.

¿Escoger entre la flauta y el saxo es para usted como elegir entre papá y mamá? ¿Con cuál se queda?
Es exactamente así. Cada momento te pide un instrumento. La flauta es un instrumento más íntimo, que puedes tocar más para ti; es más suave y más dulce. El saxofón, por el contrario, es voluminoso y estridente. Cada uno tiene un cometido muy concreto y yo sería incapaz de elegir. Me quedo con los dos.

''La fusión no se inventó anteayer; viene de la noche de los tiempos''
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