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La fiebre no es una enfermedad

Cuando acabo cada capítulo me dan ganas de salir a arreglar el mundo

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VUELVO A hablar de Sorkin, Aaron Sorkin, el mejor guionista del mundo. Solo el final de El Ala Oeste me dejó más huérfano que el final de The Wire, y para superarlo acabo de ver otra genialidad: The Newsroom. Pero también la he acabado, y he tenido que volver al Ala Oeste, porque no encuentro nada a su altura. Aunque otra serie suya, Studio 60 on the Sunset Strip, promete.

Las series de Sorkin tienen dos características comunes: todos sus personajes son inteligentísimos —como ya he dicho aquí antes— y sus argumentos son la excusa para plantear continuos problemas éticos que ellos, lógicamente, no solo inteligentes sino decentes y dotados de fe en la Humanidad, deben afrontar y afrontan bien. Ah, no, y tienen otra característica más: le hacen sentir a uno que su vida —al menos su vida profesional; claro que las profesiones de sus películas ocupan las vidas enteras de sus personajes— es una completa medianía...

Pero inspiran. A lo mejor es que soy ingenuo, como me dijeron en mi defensa de tesis —yo me defendí diciendo que era idealista, que no era lo mismo: era consciente de las dificultades pero creía que se podían superar—, pero cuando acabo cada capítulo me dan ganas de salir a arreglar el mundo.

Y permítanme que de este modo tan frívolo me acerque al tema que, lógicamente, me estremece estos días. Y ya va haciendo demasiado tiempo que es así. Tanto que el miedo inmediato va dejando sitio a un miedo a largo plazo en realidad más preocupante.

Frívolo, tal vez, pero no tan tonto como para pretender decir en estas líneas algo que aporte algo. Como mucho, dos cosas que serían de perogrullo si entre nosotros hubiese algo que lo fuese, si hubiese algún tema, por obvio que parezca, que no atesore su cuota de discrepancia. Y esas dos cosas tienen que ver con el horizonte temporal de nuestro temor, pues una llama a la defensa urgente y la otra a acabar con las causas. Una es un problema de seguridad, un problema de violencia material contra el que protegerse materialmente; y la otra es el fondo de la cuestión, lo que la hace posible, lo que la alimenta, lo que hace que la locura parezca no tener fin, y contra la que poco o nada puede hacer la fuerza.

Nunca nada nos salvará de un loco dispuesto a todo. Y siempre habrá alguno. Como lo ha habido siempre. El problema es que ahora esa locura es un síntoma claro —por mucha manipulación que haya detrás, por muy espurios que sean los discursos que la legitiman— de otra enfermedad mucho mayor.

Cuando ustedes tienen fiebre no se limitan a tomar algo para bajarla, aunque eso siempre sea siempre lo primero en atajar: al mismo tiempo, localizan su origen y luchan contra el mal que la provoca. Pónganle ustedes nombre; el enfermo es el mundo.

La fiebre no es una enfermedad
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