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La cena, mejor cruda

Krahe -a la derecha-.
Krahe -a la derecha-.

COINCIDÍ UN PAR de veces con Javier Krahe en el Clavi, en esas oportunidades especiales que te regala de vez en cuando una profesión tan descastada como esta. Cuando has machacado en el casete del coche la cinta de La Mandrágora tantas veces como yo, se agradecen estos ratos. Por la tarde iba a entrevistarlo; por la noche, a escucharlo, y por la barra, a vivirlo. Es un tipo enjuto, canalla y socarrón, de ingenio largo, como el vaso de tubo en el que le gusta beber, con una dedicación vocacional, el güisqui a palo seco. Y suele fumar un hachís muy rico, comprado casi recién desembarcado en Zahara de los Atunes, donde tenía un refugio.

Javier Krahe será juzgado el próximo 28 de mayo. No será ni por mal cantante ni por buen vividor, ni será en un programa de televisión con Risto Meijide y Coto Matamoros en el jurado, sino como supuesto delincuente y en el juzgado de lo Penal número 8 de Madrid, con su juez, su fiscal, su secretario judicial y todo el copón. Deberá responder por un vídeo de menos de un minuto de duración que ayudó a crear en 1978, una pieza tan sarcástica como simplona en la que se enseñaba la receta para cocinar un cristo. Nada elaborado, tipo deconstrucción con espárragos caramelizados, aromas del Jordán y cocción lenta sobre lecho de hierbas del Monte de los Olivos; algo más de la España de la época, de lentejas y un huevo frito: desenclavar de la cruz, lavar, tocino para los estigmas, una mano de mantequilla y para el horno, del que saldría por sí mismo a los tres días, en su punto.

Un programa de televisión lo emitió de forma circunstancial en 2004, lo que enfureció a una organización ultracatólica llamada Centro Jurídico Tomás Moro, que presentó una denuncia por escarnio de las creencias religiosas. Luego, la Justicia de nuestro país dio otro ejemplo más de su sentido común: primero sobresee la denuncia, luego decide reabrirla y ahora ordena juicio oral, en otra constatación de la variedad de ideologías y creencias personales de nuestra judicatura y de su plena disposición a aplicarlas según cuadre.

El Centro Moro aplaudió esta elegía al ridículo patrio como la primera vez que se aplica el artículo 525.1 del Código Penal, ese que se supone que recoge el listado de delitos, como el asesinato, la violación, el robo y cosas así. «Incurrirán en la pena de multa de ocho a doce meses», dice ese artículo, «los que, para ofender los sentimientos de una confesión religiosa, hagan públicamente, de palabra, por escrito o mediante cualquier tipo de documento, escarnio de sus dogmas, creencias, ritos o ceremonias, o vejen, también públicamente, a quienes los profesan o practican».

Lo juro, no me he inventado ni una coma. Este texto figura tal cual en el Código Penal de un país aconfesional y democrático en pleno siglo XXI. Lo que los juristas del Moro callaron es el punto siguiente de ese mismo artículo 525: «En las mismas penas incurrirán los que hagan públicamente escarnio, de palabra o por escrito, de quienes no profesan religión o creencia alguna».

No me quiero ni imaginar el día en que alguien decida dar curso por vía penal a las constantes manifestaciones públicas en las que los homosexuales son presentados como animales por el simple hecho de serlo; o se llama asesinos a quienes se atreven a pensar que un embrión no es una persona ni aunque lo vistas de perlé con el Photoshop; o se reprocha su mala bilis a quien ose defender que un pederasta lo es aunque lleve alzacuellos y que su castigo sí debe ser de este mundo; o se somete a escarnio a quien considere que un cadáver de tres días es solo un cuerpo en descomposición, y que la idea de dios, sea el que sea, ha provocado más muertes en la historia de la Humanidad que los cuatro jinetes del Apocalipsis.

El vídeo por el que Krahe va a ser juzgado admite mejor una sentencia artística que una teológica o, desde luego, una judicial. Por no ir más allá, cada eucaristía reproduce el rito de la última cena: «Comed y bebed todos de él», ofrece el sacerdote a los fieles. ¿Qué pasa, que si es crudo no es pecado ni ofensa? ¿Dónde está el delito del vídeo, en el tocino de la receta?

No tengo nada en contra de quien piensa diferente a mí, siempre que yo reciba el mismo respeto y no una citación judicial. Pero en caso de que sea necesaria una condena, yo, como Krahe, también prefiero la hoguera, la hoguera, la hoguera.

La cena, mejor cruda
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